Amor espacial -diario de tésis-

3 Mar

Dejar Ciudad del Carmen y llegar a Monterrey fue una de las etapas más traumáticas de mi vida. Ahora, veinticuatro años después (what?!) lo advierto. Me arrancaron de un espacio total, en donde no faltaba absolutamente nada, y me arrojaron a una realidad que yo no construí, que ya estaba ahí.

Entonces tenía diez años pero la experiencia del espacio siempre es igual de intensa, no importa que acabes de nacer o que tengas ochenta años. Por espacio no me refiero sólo a lo levantado, a las paredes, los concretos, los trazos, sino a toda una red de signos, identidades, relaciones, creencias y temores, que proyectamos en un lugar pero que se desprenden del terreno y van con nosotros a todas partes. Constantino Cavafis lo dijo en verso: “No hallarás otra tierra ni otro mar. La ciudad irá en ti siempre”.

De niña cerraba mis ojos para no olvidar. Viajaba a la isla, caminaba por mi calle con charcos, siempre encharcada, el sol lo abarcaba todo, iluminado el pavimento, la fachada de la panadería Marisol. El camino a la escuela en el Tsuru rojo. Había cierto placer en recorrerlo con los ojos cerrados sintiendo el camino, reconociendo los baches, las sombras de los árboles, hasta los cambios de velocidad del motor. Jugaba a conocer el espacio. Abría los ojos y ahí estaba, tal como lo figuraba, mi universo: novedades Andrea a la izquierda, la casa de Rubén Ramón a la derecha, la barda blanca de los Re Bo, la plaza de los almendros, el golfito; luego parábamos en uno de los pocos semáforos de la isla y dábamos vuelta hacia la izquierda, entonces el pavimento adquiría una textura extraña, como corrugada, esa vibración era el anuncio de que cruzábamos por la iglesia de Fátima, y que en seguida estaba mi escuela. Durante mi primer año en Monterrey visité durante largas horas a mi añorada Ciudad del Carmen. Aquellos fueron auténticos viajes hacia un amor vivido con autonomía. Yo decidía en dónde comenzar el recorrido, a dónde ir, qué lugar re-visitar, cuánto tiempo me quedaba contemplando aquella entrada a la cantina Las Camelias. Ahora puedo sentir la certeza de que mis papás y mi hermana también hacían estos viajes solitarios. La familia entera se enfermó de nostalgia durante el largo, larguísimo aterrizaje a la Ciudad de Monterrey. Ya en la casa de octava avenida, mi papá al piano y yo de pie junto a él cantábamos: “Isla del Sol, tierra querida, jirón de Patria que me vio nacer, hoy te canto, con toda mi vida, Ciudad del Carmen, quiero volverte a ver …”.

El espacio es un sensación total.

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Cuando llegamos a Coimbra, hace dos años y medio, nos trajimos a Monterrey. Ocupa nuestra mente como un recipiente de discusiones, como un laboratorio de análisis, pero éste es apenas la forma más obvia, más fácil de explicar. Volví a sufrir la dolorosa pérdida del espacio. Quedé fuera de él.  Recitaba como mantra por las noches: Arteaga, Salazar, Treviño, Isaac Garza, Tapia… Me consolaba viajando en mi imaginación: ir en bici sobre M. M del Llano, dar vuelta a la izquierda en Zaragoza… atar mi bici al poste del Nuevo Brasil, saludar a Moani. O voy hacia casa de Pulido, cruzo en una tarde fresca, no, en una tarde de intenso calor, arden los muros, el paseo en bici me atempera, voy gozando lo que veo, sea lo que sea… o camino con Víctor por las estrechísimas banquetas de la calle Guerrero en donde el ruido de los camiones no nos deja escucharnos. Me detengo. En este momento me siento jaloneada por Monterrey, el espacio favorito de mi ensueño. Mis dedos no pueden capturar tanta información emocional. Llegaron todos mis amores a volcarse sobre mi en este momento. Mi Monterrey más entrañable, el del cuarto de mis papás, la mesa del comedor de mi hermana, luego mis emociones cartografían una ciudad que no existe pero que siento totalmente viva. Seis de la tarde, atasco en Morones Prieto,  miro al Cerro de la Silla y pienso en cómo lo vería si dejara de llamarse así.

Y finalmente, hoy, que ya puedo contar los meses que me quedan en Coimbra recorro sus recovecos con la conciencia de que alimento mi amor espacial. “Coimbra de Choupal, ainda es capital do amor em Portugal, ainda”… Y soñaré, se que lo haré, con el musgo que nace entre sus piedras, con los cambios de temperamento del río Mondego, con la vecina de balcón que cariña a sus flores, con el dolor de piernas al subir las quebra costas, o con el amor que me reservo para las señoras del mercado que me llaman filhia. Viajaré al mágico jardín Sereia, que nunca es el mismo ni se visita por segunda vez. Sospecho que la única forma de sentir saudade es soñando con Portugal.

El amor espacial es una de las emociones más fuertes y menos explicables que me constituyen como persona. Soy efecto y causa de ese amor. El espacio me produce y el espacio es una producción mía. No puedo dividirme de él. No puedo describir sino a mi espacio, aunque lo desconozca. La mayor parte de mi amor espacial es inconsciente, está oculto, ha quedado enterrado en las profundidades de una caverna. Es todo lo que tengo. Es todo lo que soy. Es todo lo que haré.

La diferencia entre espacio y lugar, ahora lo comprendo, es que podemos hacer mapas de los lugares pero lo espacios no permiten ser dominados. Apenas podemos cartografiar nuestros diarios exploratorios, pero nada más. El espacio se aleja, nuestras redes emocionales sólo alcanzan a hacer conciente lo que ya no existe.

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3 comentarios to “Amor espacial -diario de tésis-”

  1. tecoloteloco marzo 3, 2015 a 4:56 pm #

    Un poema de amor a la tierra que pisas. Me conmovió, gracias por este regalo directo al corazón

  2. Diana marzo 3, 2015 a 5:16 pm #

    Me hizo llorar el piano y el canto de Isla del Sol… la transplantación duele y luego inspira. Gracias por este texto.

  3. Carlos Morales julio 8, 2015 a 5:30 pm #

    Qué hermoso. Gracias.

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