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Fin del colecho y destete

21 Feb

camaTengo que decir que no siempre fuimos felices durmiendo juntos. Cuando Elisa era pequeñita sí que lo fuimos, yo la verdad es que cantaba aquella canción de Luis Miguel “dormir contigo” y me fascinaba sintiendo el calor, el olor, y gozando de la respiración de mi bebé. Pero un día, comenzaron las patadas, y la lucha por el espacio en la cual, la madre o el padre doman todos sus instintos territorialistas y sorprenden por su capacidad para dormir prácticamente en un decímetro de colchón. Esto resulta insostenible al paso de algunas noches. No descansamos, nos duele la espalda, nos quedamos sin almohada pero… ¿quién sale de la cama? ¿nuestros hijos? ¿es tiempo de sacarlos?

En nuestro caso hicimos algo de trampa pero creo que retrata bien una gran verdad, cada familia hace su propio circo.

Así nosotros tendimos un colchón a lado de la cama y ahí nos turnábamos, a veces Elisa y yo, a veces Javier. Elisa y yo siempre juntas pues seguíamos con la teta. Esto tuvo sus ventajas: dormimos mejor, pero sus desventajas: el cuarto estaba tomado por un colchón y el espacio se volvió un lugar más bien incómodo de día pues aunque el colchón estuviera de pie el cuarto ya nunca fue lo de antes.

Pues bien, un día comencé a sentir que mi cuerpo me pedía que dejara de dar la teta. Lo identifiqué como un cúmulo de cansancio pero además como un deseo de volver a mi biorritmo, a mi química, de hecho, comencé a sentir cierta nostalgia por la menstruación –casi tres años sin ella, JA- . Mi pregunta era, ¿cómo destetar a Elisa? ¿cómo finalmente sucedería esa separación? ¿qué técnica, qué estrategia? ¿seré capaz? ¿tendré corazón?

Lo primero que hice fue hablar con Elisa. Le expliqué que mi cuerpo estaba cansado y que ahora sólo tendríamos teta por la noche. Así, suspendí todas las tomas del día y Elisa lo entendió muy bien. Nunca más me pidió.

Las tomas de la noche eran más complicadas de quitar porque había una relación instalada entre el sueño y la teta. Elisa se quedaba dormida mamando y luego sólo recuperaba el sueño con teta. Si no la tenía gritaba hasta despertar a todo el edificio.

Sin embargo, yo sentía que ya era tiempo para mi de dormir toda la noche de un tirón. Javier estaba más que de acuerdo con este deseo. Hablamos con Elisa. La fuimos preparando con palabras. Ella todavía no hablaba, apenas decía justamente “teta”, y otras tiernas palabritas, pero los bebés entienden muy bien cuando les hablamos concentrados en ellos, y cuando les hablamos de corazón. En eso creo.

Pero volvimos hacer trampa, jaja. Tenía un curso de cuatro días en París y decidimos que sería el mejor momento para el destete. Al regreso del curso nos cambiamos de casa, y Elisa tendría su cuarto y su cama propia.

Y sucedió todo de un jalón.

Me despedí de mi cachorra –y estuve en París con una congestión láctea marca AY güey- y cuando regresé tuvimos las primeras noches completas. Quienes enfrentaron el destete fueron Elisa y Javier ( y los vecinos, jaja) pero según me dice Javier no fue tan grave, especialmente porque yo no estaba. Al no estar la teta, el deseo de ella no es tan agudo. Elisa tomó agua en lugar de leche y con eso se consoló las primeras veces. Después simplemente no necesitó nada.

Al día siguiente de que regresé de mi curso nos mudamos a esta casa. Cuando Elisa regresó de la Creche –su escuelita- se encontró a sus muñecos sobre su nueva cama y entendió que se trataba de su nuevo espacio. Esto fue mágico porque se sintió muy orgullosa y feliz de tener su cama. Parecía que estaba esperando esta conquista de independencia desde hacía tiempo.

Ahora no le gusta dormir con nosotros, le choca de hecho, sólo pide venir a la cama con sus papás cuando se siente enfermita y entonces papá y mamá sacan sus alitas y la apapachan y volvemos a dormir como antes, una familia apretada, calientita, querendona.

Supongo que la moraleja es: hacer trampa, encontrar tú forma y comunicar cómo estás y qué necesitas.

Hagamos más café

27 Ago

vapor_de_agua_producido_cuando_se_calienta_el_agua

Esta mañana me esforcé en ver qué del vapor es lo que llama tanto la atención de Elisa. Desde que nos acompaña en la cocina sentada en su periquera parece fascinarse cuando de la olla en donde hierve pasta, aceite y sal se desprende un cuerpo extraño, sin color, que sube con fuerza y se integra luego al todo o a la nada que flota en la cocina. Esta mañana puse otra carga de café para dos. Estaba sola y así pude escuchar el sonido del acero sobre el fuego y luego el palpitar de las moléculas del agua quemándose hasta para perder su peso y volar. Cuando el vapor comenzó a salir de la boca de la cafetera presté atención al fenómeno que cautiva a los ojos de mi amada niña. Vi sólo vapor para desgracia mía. Vi sólo una columna de humedad elevándose hacia la campana de la estufa. ¿Qué ves aquí Elisa?, ¿por qué te olvidas de la existencia de todo lo demás cuando el café está listo?  Entonces, como si se me corriera una cortina pude ver. Aparecieron lenguas, madejas, espirales infinitas como olas de mar volcándose sobre sí mismas, figuras invisibles que viven en el aire, palabras no dichas. Vi todo un universo levantándose frente a mi y no pude más que prestar al espectáculo toda mi atención. Cuando éste terminó quedé yo misma suspendida como gota de vapor. Sólo pude bajar a mi cuerpo con ese suspiro con el que Elisa festeja los grandes acontecimientos.

Fuego Nuevo

10 May

Preámbulo

1254261608_850215_0000000000_sumario_normalNo se si es tiempo de contar sobre mis partos. Ya había percibido en algunas mujeres lo difícil que es abrir esa cicatriz. Y ahora estoy aquí. No sé si estoy lista o quiero estarlo. Llevo varias noches preguntándome si debería comenzar este texto pero me siento seca. Tengo, de hecho, muchos pájaros revoloteando en mi cabeza y aunque con cada uno entablo un diálogo distinto, un diálogo fértil, revitalizante, al bajar la vista al teclado no tengo nada qué decir. Estoy observando mi ignorancia.

Me cuesta trabajo despertar del sueño de las certezas para enfrentarme a una mañana sin horas. Ya no importan el montón de cosas que antes llevaba amarradas a los dedos. Ahora vivo sin saber. Voy dentro de un vagón a oscuras, con rumbo desconocido, pero llevo abrazada a mi cachorra y busco a tientas a mi compañero para guarecerme. Atrás voy dejando lo que fui. Me lleva la vida a una tierra nueva, en donde el lenguaje se construye distinto. Y así voy dejando con cautela sobre el piso mis palabras, mis ideas, los pedazos de certezas todavía palpitantes.

Antes de parir sabía mucho más sobre los partos. Cuando regresamos del hospital con Elisa en brazos las certezas que se habían adherido a las paredes de este espacio habían desaparecido. No quedo ni una y de desde entonces no he recibido su visita. Dudo de todo, incluso de lo que me parece más cierto. (13 de Marzo de 2013)

Es tiempo

original

Hoy es 10 de Mayo. Han pasado casi cuatro meses desde que nació Elisa y me siento mucho más lista para contar la historia que por siempre me unirá a mi tierna niña. Ya las heridas están cauterizadas.

En uno de los momentos más difíciles de la labor de parto maldije esta bitácora y todas las ilusiones que tejí en este teclado. Me sentí tan extraviada como nunca en los laberintos que yo misma me diseñé. ¿Que no dolía? ¿qué sólo debía relajarme, abrir mi cuerpo? ¿dejar que el fruto cayera de su árbol? Bañada en mi sudor, exhausta y desesperada por llevar más de cuarenta horas en labor, me sentí timada por mi activismo. ¿Por qué me vuelvo activista de mis ilusiones? Me pregunté camino al hospital con la voluntad partida en dos.

Tuve el parto que más temí. Vi a mi alrededor cómo los elementos que más me horrorizaban iban apareciendo uno detrás de otro. La lámpara de luz blanca, las enfermeras rodeándome con órdenes: “¡colocar o pé aqui e outro aqui!”. Luego la segunda episiotomía. Mis gritos. Mis patadas. La doctora gritándome. Una enfermera me saltó encima de la barriga . Me gritaron que pujara.  Grité su nombre: ¡Elisa! Y por fin escuché su llanto. Lloró como un gatito, me la pusieron apenas sobre el suéter rosa con el que cinco minutos antes había dejado el departamento. Le dije: “¡Mi amor! ¡Ya pasó todo, mi amor!”. Enseguida cortaron el cordón: clac. Y se la llevaron. Repentinamente resurgí del desmayo y vi todo con un nitidez distinta. Quisieron sacar mi placenta a estirones del cordón pero no me dejé. No se con qué energía exigí que dejaran a mi placenta nacer. La doctora me puso una cara de: vienes en emergencia y encima te pones tus moños, pero respetó mi decisión. Mi Javier, pálido, demacrado, entró a la sala de emergencias. En ese momento, al vernos, nos convertimos en algo más: ¡es preciosa, tiene la boca muy grande! dije yo.

Pero por suerte no sólo tuve ese parto.

La historia de nuestro nacimiento es nuestra mejor historia. Durante un tiempo me dolió no haber tenido el parto para el cual estaba, según yo, plenamente preparada, pero luego comprendí esto: que la llegada de los niños y las niñas siempre es hermosa. Si es cesárea o parto natural no tiene importancia frente a la grandeza de un nacimiento.

HelixNB3RWeb2_goldmanAunque preparamos todo para que Elisa naciera en casa la terminamos recibiendo en una maternidad. Tuve casi cincuenta horas de labor en casa pero caímos en una emergencia que nos llevó al hospital. Me lo dijeron muchas veces. Me hablaron de lo peligroso, del riesgo, de la “irresponsabilidad” que intentar un parto en casa significaba, pero yo lo volvería a decidir igual. El problema que tuvimos fue básicamente de administración de energía. Monitoreando bien este asunto Elisa, lo sigo creyendo, hubiera nacido en su casa, a su tiempo.

A las dos de la mañana del jueves comenzaron las contracciones. Javier y yo no lo podíamos creer. Nos sentíamos plenos, llenos de emociones. Al día siguiente salimos a pasear al Jardim de Sereia. Estábamos como hechizados, deseando conectar con la Naturaleza con todo nuestro corazón. Abrazamos un árbol. Yo le pedí que me compartiera su sabiduría. Recogimos naranjas de más allá. Me comí un par, bien agradecida.  Más tarde le llamé a mi doula y a la partera. Ya estábamos llegando a la regla de dos horas de contracciones cada cinco minutos. ¡Todo iba viento en popa! Un rato después llegaron Ana Sofia y Mary. Pero las contracciones comenzaron a espaciarse. Quedamos entonces de vernos al día siguiente. Yo no pude conciliar el sueño. Las contracciones eran dolorosas pero sobre todo estaba demasiado emocionada. Y entonces cometimos algunos errores en cascada que quiero compartir: comenzamos a utilizar a la piscina (con agüita caliente) como un analgésico para las contracciones, lo cual interrumpía la precipitación de la siguiente etapa en la labor de parto: la transición.  Además, de los nervios no pude comer. Comí algo de fruta pero desordenadamente, lo que fue mermando mis energías. Unos buenos jugos de frutas hubieran hecho toda la diferencia. Todo el día lo pasamos idéntico al anterior. Monitoreando contracciones y disfrutando la llegada de cada una de éstas. Sí, son como olas. Son muy ricas también, aunque dolorosas. Esa tarde tuve un momento muy mágico. Mientras Javier me hacía piojito y Ana me acariciaba la espalda tuve un sueño. Algo así me cuentan sucede cuando comes hongos alucinógenos o peyote: escuché una voz. Una voz clara, ni masculina ni femenina, que me dijo: te será concedida una niña, vas a poder entrar pero antes debes dejar tus armas en la puerta. ¿Qué armas? Pregunté yo. La voz me dijo: tus armas son tus palabras y tus ideas. Lo acepté. Luego me dijo, tendrás una guía. No sueltes su mano. Cuando vi a la guía me conmoví muchísimo, se trataba de una changa embarazada que daría a luz por primera vez. Vi como nuestras manos se entrelazaban y me sentí muy segura.

Así que también tuve ese parto lleno de luz. Cumplí mi sueño al compartir todas esas horas con Javier. Clavé mis ojos en los de él y así fuimos superando el paso de las horas y de las olas, sin que Elisa anunciara por fin su aterrizaje.

Afuera comenzó a soplar un viento huracanado y a llover. Se acercaba la media noche del viernes. Mary, la partera, llegó. Nos contó que las carreteras estaban inundadas, que caía una tormenta demencial. Pero nosotros estábamos muy dentro de nuestro gusano de tiempo. Las horas se fueron acumulando. Las contracciones se espaciaban  y duraban cada vez menos. Cuando amaneció el sábado comencé a desesperarme. La tormenta se convirtió en temporal. Vocalizábamos las contracciones: aaahhh, mientras los relámpagos iluminaban el cuarto, la luz de los focos titubeaba y el cielo tronaba. A las 11 de la mañana del sábado, Mary habló con nosotros. Yo ya tenía 10 cms de dilatación pero Elisa estaba demorando y quizá necesitaba un poco de ayuda. Me sugirió romper mis membranas. Lo acepté. Las contracciones eran muy intensas pero breves. Me sugirió usar un poco de occitocina sintética. Me inyectó. Pero nada. Bañada en mi sudor, con Ana Sofía deteniendo mi mano, Javier monitoreando los latidos del corazón de Elisa y Mary sosteniéndome las rodillas pujé, y pujé y pujé. Creo que entre contracción y contracción me desmayaba. El dolor de la siguiente me despertaba y yo sentía que la pesadilla no terminaba. Esas fueron las horas más duras. Creo que perdí la fe pero permanecí fiel. Dejé de creer en mi, dejé de creer en todas y cada una de mis palabras, pero no dejé de intentarlo. Me partí en dos. Se rompió una Ximena, emergió otra. Ahora recuerdo esas áridas imágenes como mi verdadero entrenamiento para ser mamá. La coronilla de Elisa se asomaba, me gritaban: ¡ya casi, ya casi! Javier se llenaba de luz, me gritaba: ¡estoy viendo su cabello! Pero al irse la contracción la cabeza de Elisa volvía hacia adentro. Mary me habló entonces de realizarme una episiotomía. Acepté. Lo intentamos muchas veces más pero no avanzábamos. Tomamos la decisión de ir al hospital; el corazón de Elisa no se escuchó más.

No podía creer lo que nos estaba ocurriendo. Íbamos al hospital. Habíamos llegado a una emergencia. ¿Dios? ¿existes, Dios? ¡Cuídanos, protégenos! Hablé conmigo como pocas veces lo hago: debía ser muy fuerte, caminar sin desmayarme, había que dar esos pasos. No eran más que cien metros. ¡Quiero una cesárea! Le dije a Mary casi sollozando mientras esperábamos que el elevador se abriera. Es tarde para eso, me contestó.

Elisa, sol de mi tormenta

Cuando por fin entramos Elisa y yo al que sería nuestro cuarto por los siguientes dos días vi una luz dorada, exquisita, entrar por la ventana. El cielo nos premiaba con un sol tiernito a las dos de la tarde. Desde el cuarto piso de la maternidad Bisaya Barreto era posible ver la destrucción que había dejado la tormenta. Faltaban muchos árboles en pie. Luego descubriríamos que aquel que abrazamos fue arrancado de raíz por los enfurecidos vientos.

***

diosaQuiero decir que comprendo el miedo al dolor y a la inseguridad de no saber parir. La labor de parto es esperar en un muelle a que las olas nos dejen cruzar. No sabemos nadar. No sabemos flotar. Pero en su momento habremos de saltar. Saltar y confiar. Después de esta experiencia no puedo sino repetir: no se pierdan de sus partos, hermosas mujeres. Cada parto es infinito. Cada hijo es una oportunidad para vivir esta experiencia insospechada, para arrojarse al abismo por él o por ella. Es un regalo de inconmensurable generosidad reservado sólo para las mujeres. No abandonemos este poder. No apaguemos este fuego, por el contrario, alumbremos con él nuestro camino.

Dar el pecho

23 Abr

Cuando recién nació, Elisa buscó mi pecho.  No pidió permiso, ni esperó a que yo la acomodara. Hizo lo que tenía que hacer: comer. Yo estaba estupefacta. Experimentaba el máximo asombro de mi vida no sólo porque al fin estaba conIMG_0966ociendo a mi hija, sino porque además ella se estaba alimentando de mi con absoluta confianza. Por azares del hermoso destino mi hija nació en hospital y no en casa como lo teníamos previsto –esa historia ya la contaré- por eso Elisa y yo estuvimos solas durante largas  horas de los primeros dos días –en esta maternidad el papá es una visita más que debe apegarse a los horarios exclusivos-.  Así que quien me explicó cómo dar de mamar fue mi hija misma. Recuerdo nítidamente la primera noche en la que su llanto era una especie de maullido felino. Yo le pedía paciencia. Calma, Elisa, calma. Los primeros días el dolor en mis pezones era casi insoportable. Ofrecerle el pecho era un acto de abnegación por el que tuve que pasar.  Pude haber pensado que algo estaba definitivamente mal no sólo por el dolor sino porque Elisa quería comer a todas las benditas horas –por algo se ganó el mote de la “devoradora Koblenz”-.  De no haber contado con el consejo de mi doula que para mi suerte también es consejera de amamantamiento, y si no contara con el apoyo total de mi esposo, quizá hubiera abandonado la misión, como casi todas las mamás mexicanas. En México, el 85 por ciento de los bebés toman leche de fórmula. Un poco más de la mitad de las madres (el 56 por ciento) abandona la lactancia al tercer día de nacido su hijo o hija. Es claro que estamos ante el abuso de “un mal necesario” atendible en casos en los que la sobrevivencia del bebé está comprometida. Dar de mamar se ha vuelto de enorme dificultad aunque durante miles de años fue la cosa más sencilla.

Ahora que disfruto tanto alimentar a mi hija con mi cuerpo, ahora que por las madrugadas escucho su llanto como una invitación a encontrarnos, es que me duele de distinta forma la suerte de tantos bebitos que no conocen la piel de su madre ni mucho menos saborean su olor y su sabor. Antes sólo me preocupaban las deficiencias alimenticias de la leche de fórmula frente a la leche humana. Fue la preocupación por las alergias, las enfermedades gastro intIMG_1034estinales, el reflujo y la propensión a la obesidad infantil lo que me mantuvo firme en mi convicción de amamantar durante el primer mes y medio, que es digamos la primera “gran pared”. También lo hice por los beneficios para mi salud: así estimularía la contracción de mi útero y mis órganos se acomodarían más rápido en su sitio habitual. Además, al amamantar baja uno de peso muy rápido. En la primer semana padecí una congestión dolorosísima en uno de mis pechos que tuvo que ser tratada con inmersiones de agua caliente y vil ordeña manual.IMG_1054  Esto por no hablar de las desveladas sin parangón, del cansancio llevado al límite por no poder conciliar el sueño durante tres horas seguidas. La siguiente prueba fue el uso del sacaleches. Esta fue la más difícil de superar. El aparato me generaba una tremenda repulsión. ¿Conectar mi pecho a esa cosa? Todavía no me recuperaba del impacto de alimentar a un cachorro humano cuando debía prestar mi seno a una máquina. Pero no tenía más remedio, las clases estaban por comenzar y tenía que dejarle a Javier la leche de Elisa. Aquí estaba de visita mi amiga Marisol cuando me conecté el sacaleches por primera vez. Fue horrible. Además de dolorosísimo apenas y pude sacar un chorrito.  De haber podido hubiera pateado el aparatejo pero sabía que tenía que volver a intentarlo pues no tenía otra alternativa.  Con esto, quiero decir que entiendo perfectamente que las mamás abandonen la lactancia. Esto por no mencionar la complicadísima maniobra de regresar a trabajar ¡a los cuarenta días de parida! –lo cual es doblemente cruel cuando la madre ni siquiera se entera del dolor que esto produce-. En la enorme mayoría de los casos, regresar a trabajar es abandonar definitivamente la lactancia materna. Pero además las cosas se complican cuando la pareja en lugar de apoyar desincentiva los esfuerzos o,  cuando el doctor, la suegra o las amigas promueven el uso de la leche de formula como una alternativa para solucionar cualquiera de estas crisis, o la absolutamente incomprobable teoría de que “tu leche no es buena”, o todas juntas.  Por todo esto, vuelvo a subrayar, comprendo la deserción. Pero además, por si esto no fuera poco amamantar es un acto que obliga al escondite. Por alguna razón que ya no tiene lógica, las mamás se apartan, se esconden, se privan para dar de comer a sus hijos. Sacar la teta en público para alimentar al bebé está mal visto. Se cree que es un acto barbárico.  Es decir, la madre queda presa con su hijo o hija en casa. No puede salir con sus amigos, ni con la familia de paseo porque ¿dónde podría esconderse? Por esta razón también es difícil practicar la lactancia prolongada de libre demanda.  Es decir, sobran razones para que en México, sólo el 14.4 por ciento de los bebés entre 0 y 5 meses de edad se alimenten de su madre. Esta situación no sólo tiene su inminente perjuicio en la salud física de los bebés –y futuros adultos- sino en la falta de apego. Esto es,  la suspensión del tipo de alimentación afectiva que sólo provee el pecho.

La mayoría de las madres que suspendieron la lactancia lo hicieron en una etapa complicada que parecía justificar plenamente el reemplazo del pecho por la leche en polvo.  Parecía que no había más remedio.  La decisión se toma con muy poco pesar pues en los primeros días, como lo he dicho, dar de mamar es doloroso y es más un sacrificio que un acto placentero. Es decir, alrededor del 85 por ciento de las mamás mexicanas no disfrutaron amamantar pues esta etapa casi siempre es posterior a las primeras semanas. Quizá por eso  es que no se sienten agraviadas cuando son obligadas por las circunstancias a destetar a su bebé.  O prefieren creer a ciegas el veredicto de un doctor que dice que el bebé se está quedando con hambre y que debe “complementar” su alimentación con polvos químicos. Ahora está comprobado que al dejar de amamantar menguamos la salud de nuestros hijos.  La mayoría pasa por una difícil etapa de estrés para adaptarse a la leche industrial.  Así comenzaron los problemas digestivos, los cólicos, el reflujo, las alergias y el desfile de virus. Sin embargo, la afrenta al bienestar físico no es irreparable.  Se puede ser un niño o una niña relativamente sana si los papás están atentos y procuran una alimentación balanceada.  El principal problema que hasta ahora reconozco de destetar a los bebés tan inconscientemente es que al hacerlo la madre y el hijo o hija se pierden de un enorme placer.  No lo digo para, como se dice, echarle limón a la herida, especialmente a las mujeres que se incorporaron al trabajo con enorme tristeza por dejar de amamantar. Lo digo porque me importa que advirtamos el disparate que hemos acordado al abandonar la crianza de nuestros hijos a “la mano invisible” que todo lo regularía en beneficio nuestro.

IMG_8454Llevo tres meses alimentando a Elisa. Vi cómo un día se le volvieron los cachetes de algodón de azúcar, vi sus piernitas volverse de bombón y su barriguita crecerse como un lindo bodoquito. Sus ojos se abrieron. Sus sonrisas comenzaron a asomarse. Pero, ay, el día en que mamando comenzó a verme a los ojos y a sonreír, … el día en que interrumpió la toma para decirme quién sabe cuántas palabritas tiernas, yo caí en una suerte de enamoramiento brutal. Cuando Elisa calma su desasosiego con mi pecho, cuando me abraza por la espalda, cuando se queda dormida mamando y veo su carita llena de paz y de confort me siento afortunada por haber tenido todos los apoyos que tuve para alimentarla.  Me hubiera perdido una experiencia que me ha hecho entenderme distinto, que me ha cambiado la forma en que entiendo lo humano.  Me hubiera privado de unos de los privilegios de haber nacido mujer. Estoy consciente de que si no tuviera la suerte de trabajo que tengo, que me permite trabajar desde casa, me hubiera perdido de esta comunicación. Ella se hubiera perdido de sentir a su madre tan cerca, y yo me hubiera privado de sentir su calorcito, de caer de pronto dormida igual que ella para encontrarnos, casi lo creo, en el mismo sueño.  Entiendo ahora tan claro que mamar y amamantar son un derecho que no discrimino lugares ni compañías. Doy de comer mientras camino, mientras escucho mi clase, mientras espero en la fila. A diferencia de hace tres meses, ofrecer el pecho me parece lo más práctico. Cuando en el camión calmo el llanto de Elisa con el poder mi cuerpo me pregunto cómo le harán las mamás para preparar un biberón de polvo si son sorprendidas en idénticas circunstancias…

Lo más extraño es que nosotros los seres humanos escribimos las mismas reglas que nos hacen daño. Parece que nuestra pulsión autodestructiva es la autora de la legislación absurda que, como si fuera una graciosa concesión, permite una crianza de cuarenta días. ¿No es absurdo que la Organización Mundial de la Salud promueve una lactancia de al menos seis meses y las leyes mexicanas sólo “garantizan” a la madre una permanencia de cuarenta días?  Como está planteado, el sistema no tiene al ser humano en el centro. Giramos todos en torno al capital. Ofrendamos nuestro sentido común para obedecer las reglas que le procuran protección.  ¿Y si lo pensamos otra vez? ¿No vale la pena ejercer este derecho? ¿nos resignamos? Se que algunas madres me pueden decir que ellas agradecen volver al trabajo a los cuarenta días. En esos casos me pregunto si la pareja asume una corresponsabilidad en la crianza o si todo descansa sobre la mujer.  Porque criar a un hijo sola es una tarea épica.  Las mamás que tuvieron a sus hijos solas o que en la práctica se encargan de ellos sin ayuda merecen que el Estado les procure protección y que la sociedad reconozca su valor.  Ser mamá es un orgullo que ha quedado un tanto pisoteado por las reglas del mercado. Por otro lado, tener hijos, criarlos con amor, acompañarlos en su crecimiento, es un privilegio que muchos están asumiendo como chocante obligación. Hay que dar mucha comprensión a esos casos de papás que ven a sus hijos como una carga, como una condena. Hay que ser empáticos con quienes se devoran libros para callar llantos y obligar a dormir. Su sentimiento de frustración es una falla del sistema.  Lo urgente es advertir que no es que seamos malos padres –aunque también existe el cinismo- sino que estamos criando a nuestros hijos en las más adversas condiciones. Condiciones que creamos, que acordamos y que seguimos apoyando.

Así suceden las grandes luchas reivindicatorias de derechos humanos.  El siglo XXI debe ser un siglo en que advirtamos la crianza de nuestros hijos, el amamantamiento, el descanso, el ocio, la información, como una nueva carta de derechos por conquistar.

Mis días con la cachorra

26 Mar

la foto(5)No es que no la sienta mi hija pero en estos días prefiero verla como un bebé humano, un ser dotado de la información que nunca compartimos con palabras porque cuando aprendemos a hablar ya lo hemos olvidado todo. Por eso gozo tanto ver a una cachorra en mi hija de dos meses. Me gusta observarla como lo que es: un ser íntegro de naturaleza, desprovisto de cualquier carga cultural. Y aunque esta intención parece difícil, intentarlo me hace contemplar distinto su crianza.

Se que algún día dejará de ser esta cachorrita que gruñe, patalea, llora porque no entiende, quiere que la carguemos en brazos para sentir nuestro calor. En unos meses podrá decir que tiene hambre, pero por lo pronto grita para exigir su leche. Hoy duerme cuando tiene que hacerlo, y duerme mejor junto a nosotros. Mañana quizá será necesario convencerla. Respira aceleradamente como un lobezno. Habla en su propio lenguaje. Dice palabras muy tiernas que comunican a un nivel desconocido. No tiene control sobre sus movimientos. Su comodidad depende absolutamente de nosotros, sus cuidadores. Elisa todavía no puede buscar una posición cómoda para dormir, no puede ponerse de ladito, ni voltearse. Necesita que adivinemos cómo estaría mejor. Después será distinto, ella se procurará el confort y construirá de forma más complejas sus deseos.

Mi cachorra sueña. No sé qué encuentra allá adentro, en su memoria, pero la escucho agitarse y a veces la veo sonreír mientras duerme. ¿Qué sueñan los cachorros? ¿Con qué soñaba yo cuando tenía dos meses? ¿Qué escenarios se revisitan? ¿Qué sensaciones oníricas construye nuestra memoria?

la foto(6)Mientras escribo estas líneas, por cierto, mi cachorra duerme sobre mi regazo. Escucho su respiración y veo su rostro plácido y sus regordetes dedos relajados. Entonces la veo como si fuera la primera vez. Es mi hija. No sólo es una bebé humana con la que comparto mi vida, tengo la fortuna de que esta pequeña es mi cría. Yo soy su mamá humana. Olfateo su cabeza y me lleno del perfume más exquisito. Soy la madre de esta cachorra al verla comer de mi cuerpo. Sus mejillas chorreadas de leche dulce me contagian una tranquilidad que antes no conocía. No es parecido a sentir el deber cumplido; es una sensación mucho más abrasadora, de gozo y agradecimiento. Le agradezco el recuerdo de lo soy, de lo que somos todos los humanos. Elisa ha llegado desde “la cueva de los sueños olvidados” ha recordarme una hermosa historia. La historia que me une a ella. La historia que me une a su padre. La historia que me une contigo, que lees estas líneas.

El mejor viaje de mi vida

17 Ene

Otra mirada al mismo viaje, la mirada de Javier.

Te doy una canción

Hace algunos años, mi amiga Miriam me regaló un librito titulado ¿Cuál es mi canción? (de los hermanos Dennis y Mathew Linn). Este cuento narra la historia de una comunidad africana que “bautiza” a todos sus integrantes con una melodía que se compone el día en que la madre desea por primera vez quedar embarazada. Recuerdo que al leer esto quedé pasmada: ¿sabré identificar ese momento?, ¿seré algún día “tocada” por ese anhelo?  Pasaron los años y, en efecto, un día me asaltó por primera vez una ilusión nunca acariciada. No podría decir que de pronto quise ser madre, pero sí puedo identificar que un día mi manera de entender la “vida” se transformó. Y en adelante, la maternidad tomó muy otros significados. Luego, por primera vez, anhelé algún día convertirme en mamá de otro ser humano. Entendí la experiencia más como un convivio con el milagro de la vida que como una serie de exigencias por palomear. Antes, cuando pensaba en ser mamá me invadía un vértigo de no ser capaz de cuidar, enseñar, ¡entrenar! para sobrevivir en el rudísimo mundo: aprende inglés, baja los pies, no pierdas el tiempo, ¡revisemos tus aspiraciones una y otra vez hasta que memorices lo importante, anda! Todo esto me ponía de nervios y, francamente, ya tenía yo suficientes pelotitas en el aire como para desear un gigantesco balón sobre mi espinazo. Ahora siento todo menos nervios ante el porvenir. Mi ilusión por descubrir quién será mi hija tranquiliza cualquier temblor de inseguridad: ¿seré capaz de disfrutar compartir con ella y con su papá el milagro de la vida? ¡claro que seré capaz!

Esta radical transformación de mi concepto de mamá tuvo mucho que ver con tres episodios que compartí con Javier, quien ahora también se convierte en papá.  Todos acontecieron en tierra oaxaqueña.

El canto de los niñitos

Al cumplir yo treinta años llegamos a San José del Pacífico, antes San José de las Flores, el punto más alto de la sierra oaxaqueña. Llegamos de noche a refugiarnos bajo todas las cobijas que encontramos al alcance. Al día siguiente descubrimos que habíamos llegado a un lugar repleto de flores, desde donde es posible ver que, cruzando el majestuoso sistema de cañones y montañas, se asoma el mismo mar pacífico. Nuestra cabaña estaba enclavada en la ladera de uno de estos cañones así que desde su pequeña terraza podíamos contemplar las tonalidades verdes y doradas de un bosque íntegro, lleno de salud, que decidimos ir a visitar bajando por una vereda.  Los siguientes cuatro días los pasamos ahí adentro. Nos perdimos en el tiempo e ignoramos por completo cualquier concepto geopolítico; ya no estábamos en México, nadie nos gobernaba. Nos encontrábamos conviviendo con la Tierra. Todo lo que nuestros ojos podían contemplar estaba hecho de la misma materia que nuestros cuerpos. El día que muramos nuestro cuerpo se degradará igual que las miles de capas de hojas secas sobre las que caminamos. Así me hice consciente de mi mortalidad. Nos tendimos largas horas sobre una cobijita rosa que llevé desde Monterrey. Una de esas tardes, un águila se posó sobre una rama a penas a unos metros de nosotros. Recuerdo que esa mañana había leído algunas páginas de “Budismo zen y psicoanálisis” (un diálogo entre E. Fromm y D.T Suzuki, editado por el Fondo de Cultura Económica). Suzuki comentaba sobre la diferencia de miradas entre Occidente y Oriente, mientras que los occidentales cuando admiramos una flor la arrancamos, los occidentales “se sienten flor”. Así yo intenté “ser esa águila” que gozaba del consuelo del sol en la temperatura fresca del invierno y se acicalaba con paciencia, inocente de la belleza que irradiaba. Sentí su peso y su calor; intenté percibir su realidad y quedé profundamente agradecida por el regalo de hacernos sentir parte de ese bosque, no invasores, ni depredadores.

Hermana ballena

Luego, al cuarto día, abordamos una camioneta colectiva rumbo a Pochutla. No teníamos claro qué playa queríamos conocer, pero íbamos en busca del mar. En una callejuela oscura, entre turistas extranjeros y mis muchas ganas de hacer pipí, decidimos que iríamos a Mazunte. Fue una decisión intuitiva y práctica, pues ya dos chicas francesas se encontraban dispuestas a compartir con nosotros un taxi. Llegamos preguntando por algún hostal y afortunadamente dimos con el Ziga, que es lo suficientemente cómodo y su precio no nos dejaría en la ruina. De esa noche recuerdo el estruendo de las olas. Aunque no podíamos verlo, la presencia del poder del mar se imponía rotunda, como la gran soberana del lugar. A la mañana siguiente nos descubrimos en una pequeña bahía cercada entre lomas, una de ellas, Punta Cometa, el punto geográfico más al sur de todo México. Mazunte tiene dos espectáculos naturales prodigiosos, una es la bravura de sus olas que tiene un efecto hipnótico sobre el espectador y el otro es esta formación rocosa, Punta Cometa. Si estás sentado en la arena de Mazunte puedo asegurar que, o estás viendo las olas, o estás contemplando Punta Cometa. Nada compite con estas dos atracciones. Pasé horas frente a ese mar, largas y ahora añoradas horas, gozando de la puntual perpetuidad del oleaje.  En más de una ocasión rompí en aplausos, como vil público, frente a la caída sólida de una larga y perfecta cortina de agua azul.

Dos días después, muy temprano, Guadalupe tocó a la puerta de nuestro cuarto para indicarnos que era hora de salir al tour en lancha. Salimos modorros, pero ilusionados de conocer altamar. Apenas me trepé en la lancha supe que ya quería que el viaje terminara. Todo el trayecto estuve cierta de que ahora sí vomitaría. Intenté no hacer muy patente mi incomodidad para no pasar por “la chava dramas” de Monterrey.  Así que apreté la mano de Javier e intenté respirar profundo, como lo aconseja mi mamá ante cualquier eventualidad pero especialmente para sobrevivir a los mareos. La verdad es que iba con los ojos cerrados. Ya no me interesaba NA-DA ver ni el mar, ni las tortugas, ni las gaviotas. Yo lo que quería era regresar a tierra cuanto antes, cosa que sería imposible tomando en cuenta que no me mandaba sola. Otras cuatro parejas iban en la lancha tomando fotos y gozando de lo lindo. Pero en eso ocurrió un evento que, ahora puedo decirlo, se robó algo mío y me dejó algo más en su lugar. Nos encontramos una ballena gris. Una enorme ballena gris. La lancha se detuvo. Me puse de pie. ¡Dios mío, qué importante es ver de frente a un animal tan superior! Me conmovió muchísimo su tamaño. Era tan hermosa, me hacía sentir tan pequeña y tan frágil… y en eso, ¡splash! apareció su cría de un salto: ¡Estoy feliz, mamá!, casi lo escuché. Sus lomos se hundían y a los pocos segundos emergían frente a nosotros como dos seres compartiéndonos una imagen tan conocida: madre e hijo, una mañana cualquiera. No puedo comunicar lo que esa imagen desprogramó en mi. Algo se derrumbó como plomo y de ese desgarramiento surgió un llanto estremecedor.  La discreción que quise guardar antes quedó absolutamente perdida con ese lloriqueo desasosegado. No pude explicar nada, hasta mucho tiempo después. Pero a Javier y a mi nos quedó claro que algo había sucedido. Ahora es la primera vez que cuento esto así, sin sostenerme en alguna mirada.

Rompiste en mi corazón

Regresamos a Monterrey vibrantes de mar y de verdor. Decidimos que queríamos pasar “una temporada” en Mazunte. Así que meses después compramos un boleto para pasar un mes por allá, aunque luego la experiencia se alargó hasta dos meses para mi, y tres para Javier. Yo llegué con una caja de libros. Javier con su computadora. Nos instalamos en La vieja sirena, ideal para temporadas de más de una semana. Ocupamos el último bungaló con techo de palma y ventanas de miriñaque, o tela metálica, como le dicen en Monterrey. No había más que un teléfono satelital en el pueblo, desde el cual recibí tristes noticias sobre la pérdida de La Pastora, y desde donde le llamaba a mi familia los domingos. Por las madrugadas nos despertaba el escándalo de las aves que anunciaban diario con idéntico asombro la salida del sol. Fuimos felices todos y cada uno de los días que ahí compartimos. Leí todo lo que pude. Comimos pescado fresquísimo. Practiqué yoga. Tuvimos la fortuna de ser recibidos con mucho amor por los habitantes de esta posada pizzería y recibimos la sorpresiva visita de nuestro amigo Claudio un viernes cualquiera de aquella mágica temporada mazunteña. Pero sobre todo, creamos una relación con ese mar. Nunca imaginé sentir por el mar la cercanía que hoy siento. Es una relación de autoridad, pero nada autoritaria. El mar es una presencia viva, digna y dispuesta a divertirse con nosotros. Pero no puede negar su vocación de maestro.

Una tarde corrimos al mar a jugar. Quizá eran las cinco de la tarde. Todavía teníamos, al menos, dos horas de luz. Llevábamos pocos días en Mazunte. No pasábamos a la categoría de “residentes”, -todavía el barquillo de helado de coco nos los cobraban a precio turista, luego pagaríamos sólo la mitad.  Por lo tanto, tampoco conocíamos los ritmos, ni los temperamentos del mar. Sin darme cuenta me fui adentrando detrás de las olas, que burlaba por debajo o por arriba, según su talante. Javier, un poco más cauto al principio, mantenía su distancia de la playa. Entonces apareció la ola que rompería en mi corazón. Soy por naturaleza exagerada, pero creo que nunca volví a ver una tan gigantesca como esa. La vi crecer como una montaña. Supe que no había nada qué decidir. No podía evitar lo que estaba por ocurrirme. No podía correr. Ni desaparecer. Aquella montaña se derrumbaría íntegra sobre de mi.

Tomé aire y me llené de miedo. Bajé todo lo que pude al ras del suelo, quise asirme a la arena pero sólo me llené los puños de mar. Cuando sentí la cortina caer creí que la experiencia sería mucho menos grave de lo que pensé. Pero luego despertaron impetuosas las corrientes. No pude ofrecer resistencia. Perdí la orientación. Era imposible salir a la superficie. Me ahogaba. Cuando el mar decidió soltar mi cuerpo y  logré salir, vi que otras olas venían en camino. Papá, ven a rescatarme, pensé. Voltee hacia atrás buscando a Javier llena de terror,  y me quise poner a llorar como una niña perdida. Una vez puesta sobre la playa, escupiendo arena y agua salada, recibiendo toda clase de consuelos de mi hoy esposo, reproché al mar su maltrato. ¿Por qué lo hiciste?, ¿por qué así? Nos fuimos a la cabaña envueltos en desconcierto. Mi cuerpo siguió temblando varios días después y en las noches la misma ola me visitaba en sueños y pesadillas. La gente de la localidad nos dijo que las descargas energéticas de revolcadas semejantes suelen provocar cambios emocionales en las personas. Ahora, a más de un año de distancia agradezco haber coincidido con esa ola en ese instante imborrable. Trato de imaginar la historia de su vida y el trayecto que ambas trazamos para encontrarnos y me quedo maravillada imaginando que esa ola y yo estábamos destinadas a toparnos.

Así comenzó la aventura…  Javier y yo caminamos por un muelle de nueve meses para zarpar definitivamente a un viaje que transformará nuestras vidas.

Dejar parir al cuerpo IDEO]

9 Ene



“Sois el arco desde el que vuestros hijos son disparados

como flechas vivientes hacia lo lejos”, Gibrán Khalil Gibrán

Este video es una pieza artística. En apariencia podríamos pensar que se trata de un recuerdo familiar, uno más de los miles de videos home-made subidos a la red, pero detrás de toda esta fachada –amen de la mala calidad de la imagen- encontramos el irrefutable poder del arte que transforma lo que toca. Tiene algunas características técnicas en contra (el título, la duración y como lo he dicho, la calidad de la imagen) pero estos detalles la convierten en una pieza “afectiva” más allá de cualquier pretensión “efectiva”. Por lo tanto, también es un testimonio de resistencia a la liquidez de los “tiempos modernos”, tal como lo es un largo trabajo de parto.

El recogimiento, la sensualidad y la paz del parto que nos comparte esta familia, contradice radicalmente al concepto hegemónico del  “parto mediatizado”: el de los alaridos de una mujer acostada obligada a quedarse quieta con las piernas abiertas, rodeada de una decena de desconocidos dándole órdenes: ¡puja! ¡puja más fuerte! ¡más fuerte!

Pero quizá lo más asombroso de este video es la expuesta mamiferización de la mujer en parto. “Cuerpo mío, amigo fiel, infunde en mi los sonidos que te hacen abrirte. Espíritu mío, protégeme de las dudas y del temor”. ¿Quién podría saber mejor qué hacer que el mismo cuerpo que formó al bebé? Esta es una de las escenas más delirantes del video pues no reconoce ni al médico, ni a la partera sino a su cuerpo, portador de una sabiduría que su mente desconoce. Parir es “dejarse”, desprenderse del ego para convertirse en un canal para ser atravesado por la dulce energía del hijo. En este testimonio no hay gritos, ni lamentos, hay una firme comunicación con el cuerpo, hay un extraordinario trabajo mental y físico en equilibrio.

“Hijo mío, tesoro mío, no tengas miedo y sígueme, déjate guiar por el sentido de la ola”.

Casi al final del video aparece el padre, como una presencia dulce y protectora. Juntos reciben a su hija, la acogen con palabras tiernas y la madre la lleva a su pecho. No somos los únicos cautivados ante el desenlace; un gato ha estado acompañando el esfuerzo de estas dos mujeres, la que se convierte en flecha y la que se convierte en arco.  Cuánto consuelo y cuánta compañía habrá representado la presencia de ese gato a la mujer…

Me fascina vivir en un tiempo en el que personas desconocidas alimentan de esta forma mi espíritu. Presento mi agradecimiento a esta familia y a quien realizó los trabajos de producción y edición.

El tránsito del miedo

7 Ene

Gustav-Klimt-Hope1El miedo ha sido alimento vital en mis meses de embarazo. Con una puntualidad de oro se iba uno y llegaba el siguiente temor, algunos tocaron suavemente a mi puerta pero otros me asaltaron por la espalda. Se mantenían al pie de la cama durante las largas noches de insomnio, mirándome. No podría pedir, sin embargo, ser eximida  de alguno de esos miedos. Los agradezco y honro, porque, como escribió Spinoza, “cuando el hombre percibe su poder, se alegra”, y después del miedo vino siempre la alegría.

Las mujeres embarazadas estamos programadas para temer. Si bien esto puede ser un rasgo del instinto de sobrevivencia y de protección a la cría, hay un incalculable número de terrores que acechan a las madres hoy en día y que en nada amenazan su sobrevivencia. Son temores culturales, productos del software en el que operamos y que, por lo tanto, pueden ser modificados. Mi embarazo me ha hecho consciente de lo miedosa que puedo ser, pero también me obligó a aprender a paladear mis temores, a conocer algo de su consistencia, sus códigos, su origen.

Hice una pequeña lista de mis miedos más significativos con la ilusión de que el espejo pueda ser de utilidad para alguien más.

A no estar haciendo lo que debería. Desde que me enteré que estaba embarazada tuve un impulso por investigar lo que tendría que comer, que estudiar y que hacer. Comprendí mi embarazo como una transformación en mis hábitos de consumo. Sin quererlo me fui adentrando en una ansiedad por no estar leyendo, ni comiendo lo que debería, todavía peor, por no estar disfrutando como debería. Temí que el embarazo me estuviera pasando de noche, quise aferrarme a las horas y a los días que irremediablemente me dejaban atrás.   La posibilidad de que algo esté mal es un disparador muy eficaz del tirano miedo.

José Antonio Marina en su libro Anatomía del miedo (Ed. Anagrama, 2006), expone algunas fuentes de angustia, como la responsabilidad exacerbada y el perfeccionismo. Yo sufro de las dos, lo cual no quiere decir ni que sea muy responsable, ni que me esfuerce en la perfección; sólo soy especialista en echarme a perder buenos momentos por andar buscando los errores o bien, me afecta gravemente no sentirme con las situaciones bajo control y dueña de mi ánimo.

Creo que el tema se resuelve muy fácil si aprendemos a confiar en lo que nuestro cuerpo nos pide. Hace poco leí una frase que me resultó clara y concisa: lo que es bueno para la mamá, es bueno para el bebé. Podríamos ignorar confiadamente en que nuestro cuerpo sabrá guiarnos por el buen sendero del bien estar, sin embargo, hoy en día hay tanto ruido alrededor del embarazo, tantos libros, tanto consejo contradictorio, que es fácil llenarnos de ansiedad. Dime a qué cultura perteneces y te diré qué tienes prohibido comer o beber durante tu embarazo.  Algunas mamás, como yo, se preguntarán por el tema del alcohol. Yo no soy cervecera pero sí me gusta el vino. Las investigaciones que encontré sobre la ingesta moderada de vino no fueron concluyentes sobre efectos negativos en el feto pues al parecer pesan otras variables más importantes sobre su desarrollo como la alimentación balanceada, la salud, el ejercicio, el descanso, la información y, en general, la armonía con que se espera al bebé. Hoy en día tenemos acceso a investigaciones muy interesantes, pero creo que lo fundamental es aprender a escuchar al cuerpo. El cuerpo nos va regulando. Aquí pongo un texto que analiza tres investigaciones recientes sobre la ingesta de alcohol durante el embarazo (en inglés)

A que me falte información me da un poco de vergüenza haber sabido tan poco sobre el nacimiento de los seres humanos. Creo que me quedé con las lecciones de sexto de primaria sobre reproducción humana. Nunca me regalé el tiempo para estudiar las etapas de la concepción y el desarrollo de la vida intrauterina; tampoco me interesó estudiar el embarazo. Una de las mejores decisiones que tomamos y que, por desgracia, no está al alcance de todos los futuros papás, es el curso que imparten en Monterrey en la organización Nacer y Crecer. En este centro recibimos la información necesaria para que comenzara a dolernos la ignorancia. Puede sonar un tanto soberbio pero cuando advertí la violencia a la que sometemos a los recién nacidos, o la serie de negligencias médicas que son tomadas con entera normalidad (como programar cesáreas electivas, o practicar episiotomías por rutina), temí que nunca estuviéramos realmente preparados.

Al hospital. Son lugares fríos, con muchos enfermos, con dolor, con rutinas de trabajo extenuantes que no siempre ayudan a que el personal sea amable y profesional. Cuando uno entra a un hospital se abandona en las manos de desconocidos y para mi esa sensación es insoportable. La tensa cortesía que identifica al cuerpo médico no facilita que nos sintamos en libertad para preguntar o para manifestar con toda confianza nuestros temores.  Los hospitales me tullen porque, además, uno debe esforzarse por caerle bien a la enfermera para evitarse peores ratos.

Por supuesto que, como diría Epicteto, no tememos a las cosas sino a las ideas que tenemos de ellas, es decir, que mi miedo es muy personal. Habrá personas que se sientan mucho más confiadas en un hospital, pero ese no es mi caso.   El concepto de parto industrializado, ese que se induce con hormonas artificiales y que utiliza drogas por rutina, o el de las cesáreas electivas,  me parecía violencia inevitable en casi cualquier hospital de la ciudad de Monterrey, por cierto, capital mundial de cesáreas. Aquí pongo una investigación comparativa que posiciona a Nuevo León, y especialmente a sus clínicas privadas, como las de mayor porcentaje de cesáreas electivas por nacimiento (72 por ciento de sus partos).

Es probable que algunas de las personas que lean esto puedan identificarse con el miedo pero, por desgracia, no conozcan otro tipo de alternativas al hospital. Mi recomendación es que se acerquen a organizaciones pro parto humanizado en donde pueden recibir información no sólo sobre parteras y partos en casa, sino sobre doctores no intervencionistas, es decir, doctores que acompañen el proceso natural del parto en hospitales. En Monterrey este “nuevo” paradigma de nacimiento es incipiente pero ya es posible accederse a él y los costos se asemejan a los de cualquier parto “de paquete”. También es posible tener un parto humanizado en el servicio hospitalario público si se cuenta con información y si la madre es acompañada por su pareja o por su doula, quien resulta una excelente conciliadora entre la madre y el cuerpo médico. Los honorarios de una doula varían, pero en México rondan los 4000 pesos. Nosotros hemos optamos por un parto en casa, con asistencia médica de partera y con apoyo de una doula. Tendremos una pequeña piscina para recibir a nuestra hija en la sala de nuestro apartamento.

CAL-F-005675-0000A la cesárea.  No todas las cesáreas son evitables, pero definitivamente estoy haciendo todo lo posible por alejar la posibilidad. Las hormónas pueden ser las mejores aliadas o las boicoteadoras del evento. Aunque estamos preparados para parir en casa sin ningún tipo medicina, es posible que sobrevenga cualquier complicación y que terminemos todos en el hospital y que a mi me tengan que practicar una cesárea.  Estamos abiertos a todas las posibilidades. Mi miedo más bien está relcionado con terminar en una cesárea inducida por mi propio estrés.  Es muy sencillo de explicar, pero recomiendo que se investigue el trabajo de Michel Odent, el médico francés que aprendió siendo director de una maternidad en París a respetar las necesidades mamíferas de la madre al parir: silencio, no luz, no intromisión, paciencia. Aquí pongo una entervista breve traducida al español en la cual Odent explica por qué muchos partos sin complicaciones terminan en cesárea sólo por estar en un ambiente hospitalario. Todas las mamíferas secretamos un cocktail hormonal para facilitar el parto. La más importante de estas hormonas es la oxitocina que provoca las contracciones, el borramiento del cuello del útero y la apertura del cérvix. La oxotocina, sin embargo, tiene una hormona antagónica: la adrenalina que secretamos cuando estamos alertas o cuando intentamos parir con el neocórtex, es decir, con nuestro lado racional. Parir en un ambiente desconocido, con frío, con decenas de personas desconocidas alrededor o recibiendo interrupciones constantes con preguntas o con tactos vaginales, puede interrumpir un adecuado trabajo de parto. La adrenalina bloquea el proceso y entonces es necesario suministrar oxitocina sintética, que provoca contracciones tan intensas y dolorosas que las madres piden a gritos la epidural -y es entendible-. Con la anestesia epidural la mujer deja de sentir de la cintura para abajo, así que su cuerpo pierde el tono muscular necesario para que su bebé siga avanzando hacia afuera, por eso casi todas las mujeres que reciben epdiural terminan con una rajada en el perineo llamada episiotomía. El ciclo es: adrenalina- oxitocina sintética – epidural- episiotomía. Este, en el mejor de los casos. En el peor, terminamos en cesárea porque el parto se dilata mucho más y el bebé comienza a sufrir falta de oxígeno, entre otras razones. Así muchas mujeres que llegaron sin ningún tipo de complicación al hospital terminan en cesárea. Aquí una partera explica el ciclo del intervencionismo (en inglés).

La anestesia epidural quedó totalmente descartada luego de investigar sobre los efectos secundarios sobre los recién nacidos.  La investigadora Siranda Torvaldsen ha comprobado que los bebés pierden su estado de alerta y más bien nacen aletargados, por lo que pierden su instinto de succión. Luego, la leche materna tarda más en bajar, el bebé se desespera y caemos en el segundo error: la leche de fórmula. Pero además, existen riesgos que pocas familias conocen sobre el uso de la epidural. Los partos con analgésicos son un alivio momentáneo para la madre y una comodidad para el cuerpo hospitalario pero son una agresión contra el recién nacido, quien recibe una carga de droga que lo aletarga en sus esfuerzos y en sus primeros minutos de vida.    Aquí más información científica sobre los efectos en el recién nacido. La recuperación post-parto es mucho más tardada. Los dolores de espalda y de cabeza son muy comunes y algunas mujeres reportan que no pueden levantarse de la cama, ni abrazar a sus hijos por tener su cuerpo anestesiado. Esto entorpece el apego, que consiste en presentarnos con nuestros hijos, en abrazarlos, olerlos, besarlos y mirarlos fijamente a sus ojos para que nos reconozcan y se sientan bienvenidos. Aquí un testimonio de una madre -y de su divertida pareja- que compara su experiencia pariendo con analgésicos (en su primer parto)  y sin la epidural en su segundo parto  (en inglés).

Y a todo esto, habrá quien se lo pregunte, ¿por qué tanto miedo a la cesárea si es una operación tan común? Mi respuesta es bien sencilla: deseo vivir un parto; deseo acompañar a mi hija en su primer gran viaje; deseo confiar en mi cuerpo y en la sabiduría milenaria que posee; deseo disfrutar al máximo cada contracción que nos acerque a conocerla; además, quiero que al llegar Elisa reciba la más cálida bienvenida de su papá y mía sin que nadie nos interrumpa. Por si fuera poco, deseo estar físicamente óptima para lo que sigue una vez que tenga a mi hija en brazos, no quiero sentirme adormilada, ni nauseabunda, ni con dolor de cabeza ni de espalda; quiero ponerme de pie para brindar por Elisa

Comprenderse respirando y visualizar escenarios favorables de trabajo de parto es un excelente entrenador contra la eventual traición del miedo.

Al dolor Este es un miedo de varias estaciones. Me ha revisitado durante todo mi embarazo con algunas variaciones. No conocer el dolor de parto y saber que marcho hacia éste me sigue generando algún tipo de ansiedad. Temo que mi mente le otorgue tanta importancia que lo transforme en sufrimiento; pero además temo a mi capacidad de resistencia. No es lo mismo que duela mucho pero poco, a que las horas terminen venciendo los esfuerzos.  Platicando sobre esto con mi amigo David Pulido me compartió algunas de sus estrategias para “romper la pared mental” en los maratones que ha corrido. Encuentro paralelismos interesantes entre correr una distancia tan larga y parir por primera vez: la mente acecha, envía mensajes muy convincentes para darnos por vencidos: detente, es suficiente; el dolor se convierte en una presencia abrasadora y es entonces cuando toca anclarnos a la meta y concentrarse en el ritmo de la respiración. A los maratonistas nadie los desanima cuando evidencian su cansancio, todo lo contrario, les aplaudimos, les echamos porras, les recordamos la alegría que sentirán cuando al fin crucen la meta. A las mujeres en parto, por el contrario, solemos desanimarlas o les recordamos a cada momento que pueden accederse a drogas para “sentir menos”.

Estoy consciente, sin embargo, de que mi miedo al dolor está relacionado con la idea cultural que tenemos de parir como un acto esencialmente doloroso (¿por qué no celebrativo?) y con todos esos partos que hemos visto suceder en películas, series de televisión, telenovelas, en donde la mujer está histérica y maldiciendo de dolor y más bien dan ganas de sacarla de esa cámara de tortura.

 A la apertura de mi cuerpo. Es así, el cuerpo se abrirá como nunca, no sólo mi vagina, sino mis huesos pélvicos. Después de leer Nuestro primer viaje, del paleontólogo Juan Luis Arsuaga quedé advertida de la perfección de la biotecnología humana. Las hormonas relaxina y oxitocina que mi cuerpo segrega naturalmente especialmente durante el embarazo y el parto, me darán la elasticidad que necesito para que el cuerpo de mi hija me traspase.  Sin embargo, el nivel de realismo de algunos videos que he visto sobre parto natural siempre me regresa a la primer casilla del temor: ¿cómo voy a abrirme tanto?

El cuerpo de las mujeres ha sido entendido en los últimos siglos como un cuerpo-objeto para placer de los hombres, lo cual no me parece necesariamente condenable. Pero por desgracia esta perspectiva sumió a las otras definiciones de nuestro cuerpo y arremetió duramente en contra de nuestra relación con la fertilidad y nuestro lado mamífero. La sensualidad enlatada que nos venden en cualquier mercado sustituye el lado intuitivo por una sofisticada sobreactuación: habrá que ponerse, que quitarse, que maquillarse, que perfumarse. Las mujeres vivimos acechadas por una exigencia absurda por parecer alguien más. Hemos perdido el control de nuestros cuerpos con los cuales entablamos relaciones violentas, de desprecio o de vergüenza. Todo esto lo resumo para entender la repulsión o la resistencia que podemos presentar ante la idea de que nuestra vagina y nuestros senos se transformen en conductores de La Vida.

A amamantar. Esta parece ser la última de mis estaciones. Conozco a pocas mujeres a quienes, como a mi, la idea de producir leche resulta perturbadora. Me costaba trabajo aceptar que mis pechos serán herramientas para alimentar a mi hija. Superé este temor con varios apoyos, el primero fue de Javier, a quien he compartido todos los temores relacionados con mi embarazo y quien tiene siempre ideas reconfortantes. Así me hice consciente del “miedo cultural” a ver mi cuerpo comportarse como el cuerpo de cualquiera animal mamífera.  Ya con esta nueva visión me puse a investigar, a leer y a disfrutar los testimonios de muchísimas madres que gozan plenamente compartirse de esa forma con sus hijos. Sobre esto último aquí comparto un texto que me voló la cabeza.

amamantar

El perfume de nuestros hijos.

El miedo ha sido el mejor maestro en estos meses de gestación. Todos estos visitantes me han tomado de la mano y me han hecho transitar por senderos de autoconocimiento y disfrute. Temer no es malo, no atender los temores es lo que puede devenir en desastre. En su libro Anatomía del miedo, José Antonio Marina cita a Rainer Maria Rilke: “Temo que al expulsar mis demonios, puedan abandonarme mis ángeles”. A menudo sucede que preferimos soportar un temor antes que abrir la puerta del clóset para conocer a qué le tememos. Sugiero que hablemos abiertamente sobre nuestros miedos pues es una buena forma de conocer sus verdaderas dimensiones.

25 de Diciembre: feliz nacimiento

25 Dic

Birth_of_Jesus

Contemplando la escena replicada decenas de veces en el aparador que teníamos enfrente, caímos en cuenta de que el 25 de Diciembre también podría ser considerado como el día internacional del “parto en familia”. Entre bueyes y borregos, sobre la paja, en un establo, dice la tradición, parió María a su bebé. Quizá sin advertirlo, cada Navidad recordamos también un nacimiento sin más testigos que las mansas miradas de los bueyes; celebramos la sabiduría del cuerpo femenino y conmemoramos la sencillez con la que todos los seremos humanos nacemos.

Ahora entiendo mi embarazo como un viaje a lo largo de varias estaciones: algunas de increíble plenitud, otras de angustia. He cruzado paisajes rebosantes de fertilidad, pero también planicies de espinosas dudas.  Ahora mismo me encuentro en las últimas estaciones. Me acerco al día del nacimiento de Elisa. Esto me lo dice no sólo el tamaño fascinante de mi barriga, sino mi estado anímico. Me se distinta. Traigo en mi cuerpo el camino que he andado. Durante estos ocho meses he librado batallas sin tiempo. He comprendido los límites de mi mente; he bajado mi cabeza para escuchar a mi cuerpo. No ha sido fácil. Tuve que desatar muchos de los nudos que me asían a la realidad del “hacer” y del “pensar”. Pero las células se fecundaron, se multiplicaron, tomaron forma de bebé, ocuparon su espacio y cambiaron por completo mi mundo sin que yo hiciera conscientemente nada: na-da. No fue preciso pensar, ni sumar, ni restar. El milagro no precisó de mis afanes intelectuales. Así caí en cuenta de que mi cuerpo sabe mucho más de lo que mi mente podía y aún puede reconocer. Había pues que cederle las riendas de este viaje.  Mi mente, tan adicta a la confusión y a la angustia, me llevaría al precipicio, mi cuerpo me enseñaría nuevos caminos.

Dice Javier que así como los bebé se acomodan con la cabeza hacia abajo para nacer, las mamás también vamos mudando nuestra posición ante la vida para parir. Me preparo para ello sólo que, a diferencia de Elisa quien sabe perfectamente qué hacer, mis años han ocultado la sabiduría de mi instinto. Olvidé lo que mis Abuelas conocían de sobra. Así que el mío ha sido un proceso de levantar capas y de tirar paredes para encontrar lo que alguna vez supe. Por fortuna la información está en mi sangre y no me abandona.

¿Habrá sentido dolor María al parir en aquel establo? Sin duda, pero no la imagino gritando despavorida.

El parto puede ser un evento silencioso y serenísimo, si se ha cultivado la paciencia para contemplar a un fruto desprenderse de su árbol.

El dolor no es un castigo, sino un instructor que puede guiar nuestras posturas para facilitar al bebé su nacimiento. Las escenas de parturientas al borde del colapso existen porque el parto se desconoce, porque el temor tensa al cuerpo y entonces el cuerpo responde con dolor.  El dolor existe cuando a la madre la presionan para parir y la llenan de miedos absurdos “ya te tardaste mucho”, “no has dilatado lo suficiente”. No es la madre la protagonista del evento; teniendo esto en mente puede ser mucho más sencillo comprender todo lo demás.  De hecho, el parto natural necesita que el ego de la madre se extravíe entre una poderosa danza de hormonas. A esto le llaman aquí en Portugal “partolandia”, que es un espacio que tengo enorme ilusión por transitar, en donde me olvidaré de mi nombre y de mi pasado para convertirme en un canal abierto para que nuestra hermanita Elisa llegue con su familia, la humanidad.

Me pregunto cómo hubiera sido mi proceso de no estarme preparando para un parto en casa, sin drogas ni intervenciones quirúrgicas.  Quizá si desde las primeras estaciones hubiera optado por la anestesia epidural, no habría tenido la oportunidad de reconstruir el significado del dolor, ni me habría hecho consciente de que la verdadera protagonista del parto es mi hija; quizá si hubiera programado mi cesárea –por “lo práctico y para evitar el dolor”-, no me hubiera percatado del privilegio de acompañar a mi hija en su primer viaje.

Los médicos y los hospitales representan un logro para la humanidad, sin duda, además han salvado muchas vidas de madres y de recién nacidos. Si mi embarazo tuviera alguna complicación no dudaría en ir a atender mi patología, pero he corrido con la gran fortuna de sentirme sana y fuerte, por lo tanto entiendo que no debo ir al lugar en donde los enfermos se curan, es decir, a los hospitales. Mi hija está lista para nacer, no es un embarazo de alto riesgo, por lo tanto, no preciso de la compañía de un médico, ni de equipo hospitalario.  Preciso, sí, de la compañía del padre de mi hija y, aunque esa sola me bastaría –como a María bastó la asistencia de José-, celebro haber encontrado a Mary Zwart y a Ana Sofía Reis, nuestra partera y doula, y que mis padres estén por realizar un largo viaje para recibir a su tercera nieta.

parto en agua

Fotografía ganadora según el sitio http://www.mygoodbirth.com en el 2012

La información está despertando muchas conciencias. Cada vez es más frecuente entrar en un duelo tardío por el parto que no se tuvo. Pero en estas últimas estaciones del viaje también he recogido la certeza de que lo único que importa al nacer es ser recibido con amor. No importa si es cesárea, parto con analgésicos o parto natural, si éste sucede en casa o en hospital. Todo esto es en verdad intrascendente cuando se espera con amor a los hijos.

El Nacimiento de Jesús, que hoy celebra la tradición cristiana occidental, es una escena absolutamente conmovedora cuyo poder radica en la sencillez.  El pequeño hijo de María y José fue puesto sobre un pesebre y ahí mismo fue contemplado por sus absortos padres. Nada les faltó.

Árbol de Mandarinas I

13 Dic

Refugiada bajo mi paraguas vi llover a los árboles. 

Así como el laudero crea instrumentos musicales yo hago letras, escribo. Ese es mi oficio. Comparto mis textos porque es lo que puedo dar.  Me esmero como el panadero artesanal: quito comas, reemplazo adjetivos, inyecto fuerza o dulzura a las líneas de palabras. Al final el texto existe. Hay días en que la masa no se infla, qué se yo, el ambiente, el calor de mis manos, mi corazón apachurrado; hay otros en los que siento estremecerse cada palabra que voy engarzando. Pero no hay placer más grande en mi oficio que sentir que he tejido un lazo que me une a alguien más; desconocido, conocido, es igual, me hace feliz la sensación de saber que fui tan sincera en mi esfuerzo que alguien, al fin, pudo sentirme.

Celo mi oficio. No puedo negarlo. Así como el sommelier es capaz de arrebatar una botella de buen vino al bárbaro que la empina sin disfrute, yo guardo algunas de mis palabras más emocionales para mi círculo más cercano.  He tenido temporadas en las que abro mis ventanas y dejo que salgan mis suspiros y mis gritos más hondos –mi humanidad-; pero es difícil sostenerse asida de los postigos de la libertad y de la humildad para compartir lo que uno va siendo sin pretensiones.

Por eso luego de revisar una y otra vez mis motivos, de acomodar mis miedos, de contemplar enternecida los temblores de mi ego, he decidido compartir lo que soy y voy siendo, los descubrimientos, los retrocesos y las alegrías más insospechadas de sentir que alguien mora en la cueva de mi vientre.

Soy nieta de Las Abuelas que han dado a luz por millones de años. No hay nada de especial en mi embarazo excepto para mi y quienes me aman, y en esto estriba una de las mejores partes de mi experiencia: mi cuerpo es idéntico al de mi hermana la Mujer. Me sucede un milagro nada excepcional, y por ello absolutamente conmovedor. Nunca había amado tanto a mi especie como hasta ahora que siento a mi hija crecer dentro de mi. Me siento por primera vez una mamífera más; hermana de las ballenas y de las ratonas. Y tengo la certeza de que para mi también está abierta la sabiduría de sus hermosos partos. Hermana leona, hermana elefanta, hermana ardilla, recíbanme en el grupo de madres primerizas y confíenme sus secretos.

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