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El mejor viaje de mi vida

17 Ene

Otra mirada al mismo viaje, la mirada de Javier.

Te doy una canción

Hace algunos años, mi amiga Miriam me regaló un librito titulado ¿Cuál es mi canción? (de los hermanos Dennis y Mathew Linn). Este cuento narra la historia de una comunidad africana que “bautiza” a todos sus integrantes con una melodía que se compone el día en que la madre desea por primera vez quedar embarazada. Recuerdo que al leer esto quedé pasmada: ¿sabré identificar ese momento?, ¿seré algún día “tocada” por ese anhelo?  Pasaron los años y, en efecto, un día me asaltó por primera vez una ilusión nunca acariciada. No podría decir que de pronto quise ser madre, pero sí puedo identificar que un día mi manera de entender la “vida” se transformó. Y en adelante, la maternidad tomó muy otros significados. Luego, por primera vez, anhelé algún día convertirme en mamá de otro ser humano. Entendí la experiencia más como un convivio con el milagro de la vida que como una serie de exigencias por palomear. Antes, cuando pensaba en ser mamá me invadía un vértigo de no ser capaz de cuidar, enseñar, ¡entrenar! para sobrevivir en el rudísimo mundo: aprende inglés, baja los pies, no pierdas el tiempo, ¡revisemos tus aspiraciones una y otra vez hasta que memorices lo importante, anda! Todo esto me ponía de nervios y, francamente, ya tenía yo suficientes pelotitas en el aire como para desear un gigantesco balón sobre mi espinazo. Ahora siento todo menos nervios ante el porvenir. Mi ilusión por descubrir quién será mi hija tranquiliza cualquier temblor de inseguridad: ¿seré capaz de disfrutar compartir con ella y con su papá el milagro de la vida? ¡claro que seré capaz!

Esta radical transformación de mi concepto de mamá tuvo mucho que ver con tres episodios que compartí con Javier, quien ahora también se convierte en papá.  Todos acontecieron en tierra oaxaqueña.

El canto de los niñitos

Al cumplir yo treinta años llegamos a San José del Pacífico, antes San José de las Flores, el punto más alto de la sierra oaxaqueña. Llegamos de noche a refugiarnos bajo todas las cobijas que encontramos al alcance. Al día siguiente descubrimos que habíamos llegado a un lugar repleto de flores, desde donde es posible ver que, cruzando el majestuoso sistema de cañones y montañas, se asoma el mismo mar pacífico. Nuestra cabaña estaba enclavada en la ladera de uno de estos cañones así que desde su pequeña terraza podíamos contemplar las tonalidades verdes y doradas de un bosque íntegro, lleno de salud, que decidimos ir a visitar bajando por una vereda.  Los siguientes cuatro días los pasamos ahí adentro. Nos perdimos en el tiempo e ignoramos por completo cualquier concepto geopolítico; ya no estábamos en México, nadie nos gobernaba. Nos encontrábamos conviviendo con la Tierra. Todo lo que nuestros ojos podían contemplar estaba hecho de la misma materia que nuestros cuerpos. El día que muramos nuestro cuerpo se degradará igual que las miles de capas de hojas secas sobre las que caminamos. Así me hice consciente de mi mortalidad. Nos tendimos largas horas sobre una cobijita rosa que llevé desde Monterrey. Una de esas tardes, un águila se posó sobre una rama a penas a unos metros de nosotros. Recuerdo que esa mañana había leído algunas páginas de “Budismo zen y psicoanálisis” (un diálogo entre E. Fromm y D.T Suzuki, editado por el Fondo de Cultura Económica). Suzuki comentaba sobre la diferencia de miradas entre Occidente y Oriente, mientras que los occidentales cuando admiramos una flor la arrancamos, los occidentales “se sienten flor”. Así yo intenté “ser esa águila” que gozaba del consuelo del sol en la temperatura fresca del invierno y se acicalaba con paciencia, inocente de la belleza que irradiaba. Sentí su peso y su calor; intenté percibir su realidad y quedé profundamente agradecida por el regalo de hacernos sentir parte de ese bosque, no invasores, ni depredadores.

Hermana ballena

Luego, al cuarto día, abordamos una camioneta colectiva rumbo a Pochutla. No teníamos claro qué playa queríamos conocer, pero íbamos en busca del mar. En una callejuela oscura, entre turistas extranjeros y mis muchas ganas de hacer pipí, decidimos que iríamos a Mazunte. Fue una decisión intuitiva y práctica, pues ya dos chicas francesas se encontraban dispuestas a compartir con nosotros un taxi. Llegamos preguntando por algún hostal y afortunadamente dimos con el Ziga, que es lo suficientemente cómodo y su precio no nos dejaría en la ruina. De esa noche recuerdo el estruendo de las olas. Aunque no podíamos verlo, la presencia del poder del mar se imponía rotunda, como la gran soberana del lugar. A la mañana siguiente nos descubrimos en una pequeña bahía cercada entre lomas, una de ellas, Punta Cometa, el punto geográfico más al sur de todo México. Mazunte tiene dos espectáculos naturales prodigiosos, una es la bravura de sus olas que tiene un efecto hipnótico sobre el espectador y el otro es esta formación rocosa, Punta Cometa. Si estás sentado en la arena de Mazunte puedo asegurar que, o estás viendo las olas, o estás contemplando Punta Cometa. Nada compite con estas dos atracciones. Pasé horas frente a ese mar, largas y ahora añoradas horas, gozando de la puntual perpetuidad del oleaje.  En más de una ocasión rompí en aplausos, como vil público, frente a la caída sólida de una larga y perfecta cortina de agua azul.

Dos días después, muy temprano, Guadalupe tocó a la puerta de nuestro cuarto para indicarnos que era hora de salir al tour en lancha. Salimos modorros, pero ilusionados de conocer altamar. Apenas me trepé en la lancha supe que ya quería que el viaje terminara. Todo el trayecto estuve cierta de que ahora sí vomitaría. Intenté no hacer muy patente mi incomodidad para no pasar por “la chava dramas” de Monterrey.  Así que apreté la mano de Javier e intenté respirar profundo, como lo aconseja mi mamá ante cualquier eventualidad pero especialmente para sobrevivir a los mareos. La verdad es que iba con los ojos cerrados. Ya no me interesaba NA-DA ver ni el mar, ni las tortugas, ni las gaviotas. Yo lo que quería era regresar a tierra cuanto antes, cosa que sería imposible tomando en cuenta que no me mandaba sola. Otras cuatro parejas iban en la lancha tomando fotos y gozando de lo lindo. Pero en eso ocurrió un evento que, ahora puedo decirlo, se robó algo mío y me dejó algo más en su lugar. Nos encontramos una ballena gris. Una enorme ballena gris. La lancha se detuvo. Me puse de pie. ¡Dios mío, qué importante es ver de frente a un animal tan superior! Me conmovió muchísimo su tamaño. Era tan hermosa, me hacía sentir tan pequeña y tan frágil… y en eso, ¡splash! apareció su cría de un salto: ¡Estoy feliz, mamá!, casi lo escuché. Sus lomos se hundían y a los pocos segundos emergían frente a nosotros como dos seres compartiéndonos una imagen tan conocida: madre e hijo, una mañana cualquiera. No puedo comunicar lo que esa imagen desprogramó en mi. Algo se derrumbó como plomo y de ese desgarramiento surgió un llanto estremecedor.  La discreción que quise guardar antes quedó absolutamente perdida con ese lloriqueo desasosegado. No pude explicar nada, hasta mucho tiempo después. Pero a Javier y a mi nos quedó claro que algo había sucedido. Ahora es la primera vez que cuento esto así, sin sostenerme en alguna mirada.

Rompiste en mi corazón

Regresamos a Monterrey vibrantes de mar y de verdor. Decidimos que queríamos pasar “una temporada” en Mazunte. Así que meses después compramos un boleto para pasar un mes por allá, aunque luego la experiencia se alargó hasta dos meses para mi, y tres para Javier. Yo llegué con una caja de libros. Javier con su computadora. Nos instalamos en La vieja sirena, ideal para temporadas de más de una semana. Ocupamos el último bungaló con techo de palma y ventanas de miriñaque, o tela metálica, como le dicen en Monterrey. No había más que un teléfono satelital en el pueblo, desde el cual recibí tristes noticias sobre la pérdida de La Pastora, y desde donde le llamaba a mi familia los domingos. Por las madrugadas nos despertaba el escándalo de las aves que anunciaban diario con idéntico asombro la salida del sol. Fuimos felices todos y cada uno de los días que ahí compartimos. Leí todo lo que pude. Comimos pescado fresquísimo. Practiqué yoga. Tuvimos la fortuna de ser recibidos con mucho amor por los habitantes de esta posada pizzería y recibimos la sorpresiva visita de nuestro amigo Claudio un viernes cualquiera de aquella mágica temporada mazunteña. Pero sobre todo, creamos una relación con ese mar. Nunca imaginé sentir por el mar la cercanía que hoy siento. Es una relación de autoridad, pero nada autoritaria. El mar es una presencia viva, digna y dispuesta a divertirse con nosotros. Pero no puede negar su vocación de maestro.

Una tarde corrimos al mar a jugar. Quizá eran las cinco de la tarde. Todavía teníamos, al menos, dos horas de luz. Llevábamos pocos días en Mazunte. No pasábamos a la categoría de “residentes”, -todavía el barquillo de helado de coco nos los cobraban a precio turista, luego pagaríamos sólo la mitad.  Por lo tanto, tampoco conocíamos los ritmos, ni los temperamentos del mar. Sin darme cuenta me fui adentrando detrás de las olas, que burlaba por debajo o por arriba, según su talante. Javier, un poco más cauto al principio, mantenía su distancia de la playa. Entonces apareció la ola que rompería en mi corazón. Soy por naturaleza exagerada, pero creo que nunca volví a ver una tan gigantesca como esa. La vi crecer como una montaña. Supe que no había nada qué decidir. No podía evitar lo que estaba por ocurrirme. No podía correr. Ni desaparecer. Aquella montaña se derrumbaría íntegra sobre de mi.

Tomé aire y me llené de miedo. Bajé todo lo que pude al ras del suelo, quise asirme a la arena pero sólo me llené los puños de mar. Cuando sentí la cortina caer creí que la experiencia sería mucho menos grave de lo que pensé. Pero luego despertaron impetuosas las corrientes. No pude ofrecer resistencia. Perdí la orientación. Era imposible salir a la superficie. Me ahogaba. Cuando el mar decidió soltar mi cuerpo y  logré salir, vi que otras olas venían en camino. Papá, ven a rescatarme, pensé. Voltee hacia atrás buscando a Javier llena de terror,  y me quise poner a llorar como una niña perdida. Una vez puesta sobre la playa, escupiendo arena y agua salada, recibiendo toda clase de consuelos de mi hoy esposo, reproché al mar su maltrato. ¿Por qué lo hiciste?, ¿por qué así? Nos fuimos a la cabaña envueltos en desconcierto. Mi cuerpo siguió temblando varios días después y en las noches la misma ola me visitaba en sueños y pesadillas. La gente de la localidad nos dijo que las descargas energéticas de revolcadas semejantes suelen provocar cambios emocionales en las personas. Ahora, a más de un año de distancia agradezco haber coincidido con esa ola en ese instante imborrable. Trato de imaginar la historia de su vida y el trayecto que ambas trazamos para encontrarnos y me quedo maravillada imaginando que esa ola y yo estábamos destinadas a toparnos.

Así comenzó la aventura…  Javier y yo caminamos por un muelle de nueve meses para zarpar definitivamente a un viaje que transformará nuestras vidas.

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La fascinación ante la vida

16 Oct

VII

A unos días de dejar este retiro me siento a escribir una despedida a Mazunte. Si tuviera que escoger uno entre todos los regalos que me trajo el mar, diría que el más valioso  es la recuperación de la fascinación ante la vida.

Primero fueron los mosquitos. Mosquitos por todos lados, debajo de la mesa en donde escribo, acurrucados en sus esquinas, esperando la hora para salir. ¡Cómo olvidar las primeras mañanas en las que éramos muchos más de dos dentro del pabellón! Luego sucedió la gran masacre. Un camión apareció rociando por todos los rincones su veneno y a la siguiente mañana aparecieron muertas miles de cucarachas y mosquitos en el pueblo. El día de la Gran Masacre no sólo amanecimos con mosquitos dentro de nuestro pabellón, sino con decenas de cucarachas que despavoridas cruzaron ciertas fronteras que considerábamos insalvables. No voy a olvidar mi tremenda confusión al despertar y verme rodeada de cadáveres de insectos por doquier. Lo más conmovedor de esta historia es que me sentí más cerca que nunca de las señoras cucas y de los señoritos moscos. Su fragilidad, su persistencia, algo de ellos muy hondo se me coló dentro.

Hola, hermosa.

Cada amanecer en Mazunte se escucha, muy fuerte, la orquesta matutina de gallos y aves de la más extensa variedad, a la que se unen algunos perros de fondo. Es tan fuerte esta algarabía que acaba despertándome, casi siempre alrededor de las cinco de la mañana. A esas horas me he preguntado un montón de veces por qué los humanos no podemos entendernos con las aves. ¡Qué diera por entender lo que dice el estruendoso canto de las cinco de la mañana! Me figuro que los gallos gritan ¡vivo! ¡vivo! y las aves secundan: ¡el sol! ¡nuestro fiel sol! ¡ya viene!

No he podido ver a todas las aves que escucho cantar. Cantan casi a todas horas, pero especialmente al amanecer y al atardecer. Hay uno entre todos que me sobrecogió desde el primer momento que lo escuché y que, por fortuna, he podido conocer. Este es el pájaro libre más bonito que mis ojos hayan visto. Su canto es largo y rítimico, como un alegre mantra. Él es amarillo eléctrico con detalles negros. Cuando lo caché entre las ramas de un árbol sentí ese vuelco que sucede cuando uno se encuentra a un querido amigo de sorpresa.

Un día que estaba aquí mismo, trabajando, llegó Javier cargando a una cuijita bebé en agonía. Al parecer había caído de una de las palapas y el golpe la estaba matando. Se me ocurrió calentarla con mi aliento, así que la guardé entre mis manos recordando que de niña vi cómo mi papá salvó unos huevitos de cuija haciéndolos madurar con el  calor de un foco. La pequeña cuija estaba muriendo, sus patas se estaban engarrotando. La pusimos sobre una hoja y la acercamos al calor de un foco, como incubadora, pero murió. Me impresionó comprobar el cambio de color y de textura en su piel una vez muerta. La enterramos.

Otro día descubrimos a una gallina que entraba y salía del jardín de la posada en donde nos quedamos. Esta gallina literalmente tomaba vuelo para saltar una cerca y regresar, suponemos, a su casa familiar. Así descubrimos a qué se debía tanto ir y venir: en una jardinera la gallina empollaba cinco huevos que a los pocos días se convirtieron en pollitos. Tres güeros y dos negros, a quienes hemos visto aprender de la pata de su madre la laboriosa faena para hacerse de un gusano, o la técnica para acicalarse las plumas. He tenido la enorme tentación de recoger alguno para verlo de cerca y chulearle el hijo a la doña, pero hasta ahora no me ha parecido justo espantar a alguno de esa manera. Los miro saltar sobre la madre, rascar la tierra, saltar sobre sus patas. Van de un lado a otro, como una pequeña orquesta de gitanos exploradores.

Mazunte es el pueblo de los perros. Quizá es el primer rasgo que uno nota de este sitio. Los turistas enloquecen ante la presencia querendona de perros que parecen adoptarte como su pareja favorita, o como su mejor amigo –por el tiempo que dure la vacación-. Estos perros te escoltan de la playa hacia tu hotel o posada. Son como los edecanes de Mazunte y siempre están listos para jugar. Hay uno que roba la ropa a los bañistas. Oficialmente se llama Veloz, pero esto sólo lo supe por muy afortunadas coincidencias. Veloz roba para jugar y efectivamente cree que el turista está jugando con él, aunque lo esté maldiciendo entre dientes. Es muy divertido ver estas escenas del perro con los pantalones, la chancla o la playera en el hocico. A mi nunca me ha robado las cosas, pero sí le gusta darme pequeñas mordiditas en los chamorros. Hay perros muy elegantes, perros actores, perros muy viejos. Perros por todos lados. Cuando de noche todos duermen, se quedan a cargo del pueblo. Parecen pandillas de gamberros que cuidan de sus cuadras. Y ustedes no quieren tener problemas con nosotros. Así nos van entregando, entre ladridos, a la siguiente pandilla de perros, todo bien organizado, como por jurisdicciones.

Una tarde que caminábamos por la playa vimos flotando el cadáver de una tortuga golfina. Por un momento pensé, despistada de familia, que era un peluche de tortuga flotando entre las aguas. Luego se instaló la cruel imagen de una hermosa tortuga muerta, con la cabeza flácida y el caparazón destrozado por la embestida de una lancha de pescadores.

¿qué tal, muchachxs?

La palmera de fuera de nuestra cabaña y la ardilla come cocos nos regalaron  un coco fresco y ya con la tapa removida. Esta fue una de las mejores bienvenidas que recibimos de Mazunte. Pum, se escuchó afuera. Y ahí estaba el coco, abierto, listo para refrescarnos del calor.

La playa está llena de cangrejos bebés que se mueven más rápido que la vista. Un día, sin embargo, me tomé la libertad de perseguir uno hasta levantarlo sobre la palma de mi mano. ¡Uf! No era más grande que una almendra, su cuerpo era transparente, con pequeñas rayas color rojo, naranja y negro, gracias a las cuales se camuflaba sobre la arena. Ay, era tan hermoso el cangrejito que me regaló la oportunidad de admirarlo.

Casi invariablemente cuando estoy leyendo caen sobre las hojas del libro hormigas diminutas. En una ocasión cayeron cinco; hasta lo escribí al margen del libro: “han caído cinco hormigas mientras leo estas páginas”. Las hormigas están siempre y en todos lados. Son las que mantienen el orden en Mazunte; las más pequeñas pero las más grandes, porque están en todos lados. No se desaniman, vuelven a comenzar siempre.

Me siento muy acompañada por todos estos animales.

Reconozco que la vida no me fascinaba antes como ahora.

VI

4 Oct

 

 

Contemplar es una acción de resistencia. Lo mismo que hacer el amor. Quien contempla no sólo se detiene y descansa, lo cual tenemos prohibido, sino que descubre motivos para percibirse existiendo de forma diferente. Frente a las venas de unos pétalos de flor se pueden disparar miles de ideas sin retorno. Bajo las estrellas o a ras de mesa, observando la fragilidad y fortaleza de una hormiga, uno puede advertirse parte de un universo expansivo y transformar para siempre su estar en esta experiencia pasajera. El ser humano no suele mostrar debilidad ante otros seres vivos, mucho menos se atreve a aceptarse fascinado ante su propia especie. Ignoramos lo esencial y nos llenamos la cabeza de datos que, acumulados en desorden, nos generan una sensación de saber pero no de entender. Somos capaces de crear inteligencias artificiales, pero no podemos más que balbucear sobre lo humano. Hanna Arendt escribe: “Resulta muy improbable que nosotros, que podemos saber, determinar, definir las esencias naturales de todas las cosas que nos rodean, seamos capaces de hacer lo mismo con nosotros, ya que eso supondría saltar de nuestra propia sombra” . Así construimos una identidad narrativa con remedos inverosímiles que devienen en estupidez. La misma Arendt apunta: “El totalitarismo busca, no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos”.

Contemplar es abstraerse del mundo que creemos habitar para adentrarnos en otro que da la impresión de crearse frente a nuestro absorto. Cuando esto sucede abandonamos el tiempo de los relojes y regresamos a un ritmo natal. Recuperamos nuestra singularidad como el tesoro que regresa a casa.

 

Sócrates planteó la vida política como la razón de la existencia, sólo mucho después estamos enterándonos que relacionarnos con la polis como ciudadanos no proporciona los sentimientos más elevados a los que podríamos tener acceso. Hay algo más. Los contratos que nos atan a una sola forma de vivir son hechos por el hombre, luego finitos, falibles y, por supuesto, superables. Los griegos y luego los romanos figuraron las bases de esta civilización que con el paso de los años ha perdido sentido. Llevamos más de dos mil quinientos años entendiendo nuestra existencia desde lo público, como seres que se construyen hacia afuera.  “El hombre es un animal político” se convirtió en un axioma incuestionable, que a veces se comprueba de forma tersa pero otras queda gravemente en entredicho.  Finalmente, creer que se puede definir en algún sentido lo humano es sumamente pretencioso y ahora sabemos, comprobable sólo mediante un acto de fe. “El totalitarismo se aplica con tanta saña a suprimir la individualidad, porque con la pérdida de la individualidad se pierde también toda posible espontaneidad o capacidad para empezar algo nuevo: desaparece cualquier sombra de iniciativa en el mundo”.  La vida en estos, los restos de la Ciudad-Estado, parece ser una experiencia comprometida por acuerdos que no podemos cuestionar ni romper.  Parece que llegamos de la nada para hacer un montón de cosas preestablecidas para luego volver a la nada. Este breve viaje ha dejado de parecer lo fascinante que es. Los seres contemporáneos se creen la fantasía de que la vida es así, olvidando, tontos, que el homo sapiens lleva por lo menos 12 mil años viviendo sobre este planeta, planteándose preguntas, ficcionalizando su realidad, construyéndose así mismo y construyendo su entorno.

 

Así que sí, tenemos miles de cosas por resolver hoy en el 2011. Hay motivos para protestar, y motivos para defenderse de las protestas. Hay razones para reformar leyes, pero intereses para no hacerlo. Todo esto se queda en plano de utilería, en intentos infructíferos si antes no soltamos amarras y navegamos por un rato en las aguas de la contemplación para entendernos a todos y a todas unidos por el mismo aliento de vida. Teniendo esto en mente será más fácil plantearse lo que sigue.

 

 

Diario de Mazunte

22 Sep

V

 

A los tres días de llegados nos abrieron nuestro crédito. Ser sujeto de crédito en este pueblo significa que puedes participar del tráfico de deudas bien habidas. Quedas a deber tres, cuatro pesos, y lo pagas “a la vuelta”. Esto aplica no sólo cuando a uno le falta, sino cuando el dependiente no tiene cambio y prefiere fiarlo. Además de su practicidad, esto genera un sentimiento de pertenencia y mutua confianza. La primera vez que pagamos nuestra deuda sentimos cómo nuestro crédito creció. Ahora ya sabemos que si de pasadita se nos antoja algo podemos pedirlo y pagarlo a la vuelta. Nuestra última deuda ascendió a diecisiete pesos. ¡Toda una línea de crédito en expansión!

 

Hay sociedades, en cambio, cuyo crédito es tan mínimo que dependen de relaciones contractuales: papelito habla. Para evitarnos molestias, dicen los más amables caballeros, pongamos las cosas por escrito. Así te proteges tú y me protejo yo. Seguramente, cuando este modelo jurídico se inventó resolvió muchos problemas desatados por los conchudos, pero también pensemos en que a alguien se le ocurrió la idea de prestar dinero llevándose a cambio una pequeña cuota por mantener la deuda. La usura fue la forma en que las recién estrenadas sociedades civiles reemplazaron el acuerdo de mutua confianza: nada de que pasas a deberme, consigue el dinero y débele a alguien más. La usura comenzó a volverse gran negocio y en paralelo los bancos comenzaron a imprimir papeles en representación del oro que uno dejaba bajo resguardo. Al principio, el señor banquero fue cuidadoso de no dar más billetes de los que podría comprobar con oro, pero luego, se dio cuenta que a la gente ya no le importaba si el billete efectivamente podía ser validado por oro, con que lo representara era más que suficiente. Así surge el poder y la magia del dinero, cuya fórmula secreta sólo conocen muy pocas manos en el planeta. Manos irresponsables, hay que decirlo, pues el sistema financiero mundial está a punto de reventarse como la gigantesca burbuja de ilusión que es. Hoy el dinero depende de un acuerdo de confianza. Y aquí está la gran paradoja del sistema financiero, si no sabemos fiar ni dar fiado somos una sociedad sin crédito. Porque el sistema financiero depende de otros sistemas, y no al revés. Para tener finanzas fuertes, hay que revertir, como dice Susan George, la pirámide de prioridades: primero el planeta, luego sus habitantes, luego la economía, y como último eslabón, sus finanzas. De lo contrario nada queda sobre roca firme, sino pendiendo de alfileres.

 

Referencias:

Goerge, Susan; Sus crisis, nuestras soluciones; Ed. Icaria; Barcelona 2010

La historia del Dinero, en YouTube.

Diario de Mazunte

20 Sep

IV

Caía la tarde y nosotros caminábamos hacia uno de los pocos teléfonos del pueblo. De súbito escuchamos un canto que nos sonaba familiar pero que no logramos identificar. Era el Himno Nacional, interpretado en el órgano por un tecladista de merengue y en el coro por un grupo de niñas costeñas. Un canto festivo y cadencioso, que en nada se parecía a las versiones apretadas y fúnebres que escuchamos en Monterrey. Nos acercamos. Javier traía su cámara así que registró el ensayo de lo que sería la gran ceremonia cívica de la noche del 15 de Septiembre.  Practicaban en el pórtico de la casa de Lulú, la dueña de la tienda que lleva su nombre. Uno de los maestros, no el que tocaba el órgano, sino el que giraba instrucciones al coro, escuchó muy atento la reproducción del ensayo desde la pantallita de la cámara que Javier sostenía. Luego se quejó con las chicas : ¡ya ven que les falta impulso!  y las niñas parecieron apenadas.

Al día siguiente estaríamos en la plaza. Ya teníamos el pretexto que me había faltado para entusiasmarme con ir a “dar el grito”. Al llegar no podía creer lo hermosa que estaba la plaza. Habían colgado adornos verde-blanco-rojos en cables que cruzaban por todo lo ancho y en el templete estaban las niñas cantoras relamidas, perfumadas, con unos vestidos satinados verde esmeralda y rojos y en el centro una niña con un ampón, brillante vestido blanco, cubiertos sus hombros con una capa tricolor que le daba un aire de realieza: con ustedes, La Patria. En la plaza todos los niños de Mazunte lucían sus uniformes de gala, divididos por salones y por sexo. Los acechaban sus maestras, enguapecidas para la ocasión, con sandalias de tacón y bolsa de mano. El pueblo estaba detrás viendo a sus hijos, a sus nietos, a sus hermanos menores ahí adelante, como sus representantes. Escuchamos el Himno Nacional en su versión completa, es decir, estuvimos casi 20 minutos escuchando a las niñas dar su mejor interpretación, aunque en los altos más bien se decidían por un grito pelón que me erizaba la piel. La música estuvo a cargo ya no del maestro del teclado, sino de la implacable banda oaxaqueña La Candelaria.

Después del himno, el profesor Manuel, que todos reconocen como el agente municipal, digamos, la autoridad, fue el abanderado de la escolta que desfiló en una plaza protegida por niños y niñas. En Monterrey la Explanada de los Héroes estuvo cercada por soldados. Al terminar lo que denominaron los maestros de ceremonia como “Acto Cívico”, los niños corrieron con sus madres a cambiar el uniforme por el traje típico, de norteños y campesinos, para bailar Las Cacerolas, Pinotepa, Los Machetes. Mientras los niños se amarraban el paliacate al cuello y las niñas se trenzaban los listones, hubo un intermedio musical en el que otros compañeritos dieron vida a unos gigantescos monigotes de colores naranjas, amarillo y rosa mexicano que incitaban a la gente a bailar. La fiesta popular fue protagonizada por los alumnos de la primaria y secundaria de Mazunte. En lugar de los artistas de televisión que otros tienen en sus plazas, las familias vieron a sus hijos bailar venciendo la pena y a sus hijas lucir los preciosos vestidos que tanto dinero restaron a la economía familiar. Pero mira qué bonito se le ve. Quizá sólo Lingo vio la fiesta a punto de caer cuando un niño se atoró en el cable que alimentaba de electricidad a la verbena popular. Mientras en el escenario las parejas bailaban una polca, nuestro joven antihéroe libraba su batalla.

Después fue el grito. El mismo profesor Manuel apareció en el balcón de la casa de teja de barro que ocupa las oficinas del municipio.  Dirigió el mensaje más conmovedor que he escuchado en alguna ceremonia parecida. Habló sobre la Patria desde la otra orilla, desde la tierra que nos da de comer, los bosques, los árboles y los mares mexicanos, las lenguas indígenas, la historia y nuestras tradiciones… y después grito ¡Viva Mazunte!, ¡Viva México, Viva México, Viva México!. No sé si me hubiera bastado este discurso para soltarme a chillar o lo hice porque además traigo todavía en mi cuerpo el horror de Monterrey. Pero la fiesta tenía más sentido que nunca: celebrábamos un contrato social vivo y el cuidado de las cosas comunes, nuestra historia y nuestro provenir.

Luego tronaron los cuetes como anunciando el inicio del relajo que tanto nos retrata. No faltó nadie en escena, ni los chicos más codiciados –los salvavidas- corriendo a toda velocidad con un torito encendido a cuestas, el borracho bailarín, el comité de señoras que se organizó para vender tlayudas para los fondos del pueblo, el palo encebado despreciado por un pueblo de hombres aún sobrios y reservados y los extranjeros que no imaginaban cómo iban a explicar en casa lo que sus ojos veían.

Todos merecemos una fiesta así, llena de significados, con las niñas y los niños al centro, como nuestros más hondos motivos.

 

Diario de Mazunte

17 Sep
Una gota.

Una gota.

III

La vida es frágil. Nací revestida de piel. Cuando era pequeña me gustaba recostar mi cabeza en el pecho de mi madre. Hice conciencia de mi vida contemplando a la gatita que murió en los brazos de mi hermana. Hay momentos muy tristes y de desamparo, lo supe después, cuando me hice cargo de mi vida. Pero a veces he sido tan feliz que creo que se romperá mi pecho. Hoy recibí la muy dolorosa noticia de que las máquinas han entrado al bosque La Pastora y han comenzado a derribarlo todo a su paso. Lloré mucho, lloré hasta vaciarme. En el tiovivo de imágenes primero fue el bosque. Los sabinos como ancianos gigantes observándolo todo desde allá, lejos, en su inocencia. Luego los patos, las garzas, las aguilillas; aquel pájaro inmenso, ¿te acuerdas? reímos viéndolo sobrevolar el bosque, es el hombre-pájaro, dijiste. Luego llegaron de súbito los rostros de los amigos y amigas, las casi cien reuniones que hemos compartido en el Nuevo Brasil; las largas discusiones, la carrilla, los eventos, la red de compromisos que tan orgullosos no hace sentir; recorrí la larga lucha desde sus inicios hasta estos últimos meses que tanta esperanza han representado. Vamos ganando, nos lo dijimos tantas veces pese a la traición de los diputados, del gobierno del estado, de Semarnat; hemos sido tan felices defendiendo el bosque que jamás pensé que las cosas acabarían mal. Pero la pulsión de la muerte se impone. Tras la masacre de víctimas silenciosas, el mosco y la lagartija yacerán como compañeros; el bosque quedará reducido, por fin, a basura. Las sombras habrán sido extintas. Enamorarse duele, y nosotros nos enamoramos de un bosque que han comenzado a sacrificar para colocar un sepulcro.

La vida es impetuosa. Es la diosa del planeta Tierra. Basta su aliento para que tengas nombre. Nos contempla cuando nos creemos importantes por el número de billetes, de propiedades, de aplausos que acumulamos. Sabe que somos desgraciados por creer tantas cosas ridículas. Sabe también que estamos dejando de reconocerla cada vez con mayor frecuencia. Muy pocos la acurrucan en su regazo, casi todos resuelven dar un pisotón, envenenar migajas, levantar los hombros ante la barbarie que esconde la industria cárnica mundial. Los seres humanos somos tan estúpidos que nos creemos inmortales. Vivimos pensando que venimos a demostrar que debemos pasar al siguiente nivel del juego, pero pocos se han atrevido a afrontar la posibilidad de que el juego termine aquí, hoy o mañana, cuando tu corazón deje de latir. El verdadero poder de este planeta se llama Vida y es un misterio. Aunque el ser humano le repugne llenar su corazón de esta verdad, somos hermanos del mismo misterio la cucaracha, el leopardo, la estrella de mar y el ser humano; el flamboyán, el pino, el naranjo, todos los seres vivientes somos hijos del mismo aliento. Los seres humanos no venimos a explotar ni a derrotar a nadie, sino a insertarnos, con nuestra inteligencia y libertad, en la majestuosa orquesta de los terrícolas.

La vida es La gran paradoja: frágil e impetuosa. Es la gran perdedora de todos los tiempos, pero jamás se le podrá vencer. La defensa del Bosque La Pastora es el mejor pretexto para decirle a la Ciudad que la amamos. Pero todos nuestros esfuerzos intelectuales y apasionados no han sido suficientes y eso nos duele. La mayoría aceptó el engaño y los beneficiarios de este despojo patrimonial y de este crimen ambiental se cuidaron de no llevar las preguntas más lejos para no sentirse monstruosos. En esta historia nadie será capaz de confesarse autor de la destrucción de un bosque.  Los promotores de este ecocidio han seducido autoridades para limpiarse de toda culpa. “Es para beneficio de Nuevo León” justificaron los diputados. “El daño no será grave” sentenció la delegación Nuevo León de la Semarnat. Pero el que se corrompe queda condenado por siempre a desconfiar, a temer una traición inesperada, a sentirse frágil cuando necesita de otros.

Nunca sabremos qué piedrita dará en el blanco para detener la máquina depredadora. No conocemos el futuro, así que no sabremos cuál de todos nuestros esfuerzos romperá la inercia y surtirá el efecto que soñamos. Faltan de pronunciarse miles de voces críticas y vibrantes de la Ciudad. Es hora de reconocer el inmenso poder de la gota de agua que derrama un vaso.

Diario de Mazunte

14 Sep

II

 

Hice el café. Salí a buscar fruta para desayunar. La chica que me atiende me pregunta que de dónde soy, digo que de Monterrey, digo que soy una sobreviviente de guerra, ella se ríe como si hubiera dicho una broma. Tiempo después me pregunta si en Monterrey hay mar. Le digo que no. Me pregunta si hay río. Mejor le digo que en Monterrey no se pueden ver las estrellas. Ella me mira como a una marciana. ¿Cómo que no se pueden ver las estrellas? me reclama, quizá molesta porque cree que la trato de tonta. Le voy a explicar pero llega otra chica a pedirle que le cambie un billete de cien pesos. Yo tampoco traigo, le digo. Y ya no me pregunta más. Sin embargo, todo el día he estado pensando en las causas y en las consecuencias de no ver las estrellas por las noches.

Derecho humano

Diario de Mazunte

13 Sep

I

No se puede ver mejor a Monterrey que desde aquí, a bastantes kilómetros de distancia, frente al mar, en una comunidad de personas que duermen con las puertas abiertas. Cómo me duele Monterrey cuando me siento tan feliz estando tan lejos. Desde estas calles, que compartimos con guajolotes, gallinas, perros e iguanas, veo la velocidad de Monterrey como una idea inaceptable. Llevaba unos meses sintiéndome absorta por una realidad cada vez más inverosímil. En cuestión de días Monterrey entró en una etapa de agonía. El día de ayer recibí un correo de una de mis más entrañables amigas con una noticia devastadora: los militares están entrando a las casas del centro, en donde yo vivo. Me contó cómo los soldados tienen tomada como base la Plaza del Chorro –una de mis favoritas- y desde ahí recorren las calles tocando a todas las puertas para realizar revisiones de rutina. Consuelo recomienda que los dejemos entrar, me escribe Mar, y yo siento en el pecho un asalto. Un ataque directo a la parte más blanda de mi corazón, y me pongo a llorar.

Pienso en ti, Monterrey

Desde aquí te ves tan extraño, Monterrey

Por la noche tengo pesadillas. Sueño que al negarles la entrada me tiemblan las piernas. Están encapuchados de negro. Les cierro la puerta casi en sus narices. Me arrepiento. Entro en pánico. ¡Me he vuelto sospechosa por defender mis derecho! Voy cayendo por una escalera hacia el abismo. Me despierto.

Amanezco en medio de una sinfonía de aves. Cantan. Hay algunos trinos que me sacan la carcajada por extraños e inimitables. Los gallos son los tenores. El sol fiel ha regresado a iluminarlo todo. Es lunes. Hoy cumplo una semana fuera de casa. Regué las plantas, me despedí de Selma y de Ícara, eché seguro a la puerta y mientras íbamos al aeropuerto fui recorriendo el camino pensando qué Monterrey encontraría de regreso.

Este viaje lo planeé hace tiempo cuando las cosas no iban tan mal. Necesitaba un tiempo para leer y escribir, aunque cuando compré mi boleto pensé en que vendría a escribir cuentos. Quería escribir un librito de cuentos titulado Iguana Man, pero en cuestión de días mis prioridades se vaciaron sobre mi mesa de trabajo en Monterrey. El ataque al casino Royale lo transformó todo. La llegada de 3 mil soldados más a la Ciudad cambió mi forma de habitar la Ciudad. En horas vi cómo la caída de Monterrey se precipitaba. Se que no todos lo ven así de claro, pero eso no me inhibe. Tengo argumentos de sobra para decir que hemos perdido a la Ciudad. Es una bestia que mata. Es una bestia desconocida, hostil, desconfiada. Una bestia que ya nadie quiere porque le recuerda los olores de su hermano.

Cualquiera de ellos puede matarme

Sálvese quien pueda

Pero quizá la desventaja más grande que tenemos en la Ciudad es que no existe opinión pública. Los regiomontanos creemos que pensamos lo que se nos da la gana, pero la verdad es que estamos programados. Actuamos como si todos supiéramos qué está pasando y por qué estamos haciendo lo que estamos haciendo, pero la verdad, es que nos sentimos confundidos. El que duda es un perdedor. El que se detiene es un inadaptado. ¡No la estamos pasando bien! Si de esto se trata vivir (despertarse tarde y decirse pendejo, despertar a gritos a todos en casa, salir sin desayunar, pelear en el tráfico, llegar a un trabajo del que no se sale hasta diez horas después, salir exhausto, con ganas de cerveza pero sin dinero; llegar a casa, reñir con casi todos, tomar una aspirina, entrar a la cama) entonces francamente esto no está tan bien diseñado. Por eso está gestándose un movimiento mundial de personas, sobre todo jóvenes, que sospechamos que la vida puede explorarse más hacia los lados. La vida es corta pero ancha. Estas dudas las masticábamos en soledad o apenas con pocos amigos porque aceptábamos que de tan solos podríamos estar muy equivocados, sin embargo, las convulsiones en México y en el mundo están alimentando estas dudas. Los mercados están al borde del colapso, los gobiernos están acabándose; hemos planteado la vida como un evento depredador; muy pocos seres humanos en el planeta se sienten parte de la naturaleza, el resto se cree el centro de la vida en el planeta, y por ello, con derecho a explotar y a servirse sin pensar en quienes llegarán después. Esto lo aprendimos en la Biblia que es palabra de Dios, dicen algunos, y las mayorías lo creen. Basta con que alguien decida creer esto para que lo considere verdad. Jamás podrá ser comprobado ni que existe eso que nadie define –por precaución- pero que llaman Dios ni si este ser inspiró a ciertos autores para dictar las máximas morales de la civilización Occidental. No pretendo iniciar una discusión sobre si existe o no Dios. No me interesa convencer a nadie de lo contrario. Me basta con sentirme libre y tranquila con creer lo que creo. Y aquí está la clave: no hay verdades, habitamos un mundo de ficciones y entre ellas existen las verosímiles y las inverosímiles. Para mi la ficción de “Dios” es inverosímil, de la misma forma que un día me resultó absurdo creer en Santa Clós. La diferencia es que si uno sigue creyendo a los 30 años que hay un hermoso abuelo de barbas blancas que reparte a todos los niños los juguetes que desean montado sobre un trineo tirado por renos, uno es un imbécil. Pero si a los ochenta uno sigue creyendo que hay un Dios que todo lo sabe y cuyos designios son inescrutables, uno es un piadoso. Lo que quiero decir es que las ficciones suelen perder vigencia con el tiempo, dejan de sostenerse por sí solas y entonces, o las desechamos o las resignificamos: todo sucede a nivel mental. No podemos prescindir de las ficciones, no hay forma de evadirlas, pero es liberador entender, por ejemplo, que lo que nos significan las cosas puede ser transformado tantas veces como lo necesitemos o queramos. Yo puedo dejar de creer que nací para ser una líder. Puedo dejar de creer que si no reúno suficiente dinero en la vida seré un fracasado. Puedo dejar de creer que tengo que casarme. Puedo dejar de creer que siendo hombre me tienen que gustar las mujeres. Puedo dejar de creer que mi cuerpo es feo.  Puedo dejar de depender emocionalmente de una creencia y sentirme dueña de mi historia. Basta con decidirlo. Estamos atravesando, como civilización, una pérdida de sentido en lo que hacemos. Esto es mucho peor que una crisis económica o política, la crisis de motivos puede detenerlo todo porque deprime a las personas. Por eso es necesario que cada quien en lo individual, en lo más secreto de su ser, refunde sus motivos para vivir.

¿No es sumamente extraño el guajolote?

Esto es lo que yo llamo una rareza hermosa

Me siento parte de un movimiento de personas que están dándose cuenta de su poder. Es el poder de estar vivos y de poder transformarnos, de ser protagonistas de esta única oportunidad de estar vivos dentro de estos cuerpos que lo perciben todo de forma tan misteriosa. Los seres humanos ignoramos lo más esencial. Ignoramos nuestros cuerpos, desconocemos a las otras especies, nos relacionamos con las frutas y verduras como si éstas no fueran en sí mismas hermosas y llenas de poder. Conocemos poco de meteorología. No sabemos trabajar la tierra. Damos por normal la grandeza de la reproducción humana. (El que dos seres humanos puedan dar vida a un tercero evidencia que estamos lleno de poder). Y, sin embargo, los seres humanos creemos que la vida es penitencia. Cargamos nuestra cruz con los gobiernos, el jefe; nos relacionamos con violencia, imponiendo nuestra forma de pensar, chantajeando a los demás. No sabemos hablar sinceramente. Hace un par de años mi amiga Mar y yo pensamos en instaurar el día internacional de decir lo que se piensa, pero entonces nos dimos cuenta que aquello podría terminar en la destrucción del planeta pues no sólo no estamos listos para ser sinceros, sino para aceptar con una sonrisa las otras versiones de la realidad.

Y ya que estamos confesando que vivimos gracias a que nos construimos ficciones yo tengo mi propia construcción de Dios. La vida es Dios. Todo ser con aliento es parte de Dios. Pero en fin, mejor nos movemos hacia otro tema antes de que esto tome tintes proselitistas (aunque, bueno, aprovechando que el tema salió: si hubiera interesados en unirse a la mejor religión del mundo, visiten: www.yanocreasqueexistetalcosa.net)

Asidero de vida

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