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Bacha de aquellos días

11 Jul

Cuando se estacionó enfrente y me señaló el número 33 con un indiferente movimiento de cabeza quise gritar ¡no chingues!, pero no pude interrumpirlo. Ese día Mario estaba particularmente deprimido y no paraba de hablar. Se trataba de la vieja casona del Tecolote. Ahí iba a reiniciar su vida, (donde inició la mía). La rentera nos esperaba en la puerta. Era una señora de esas muy correctas que no pude relacionar de ninguna forma con el Tecolote. La resolana estaba pegando duro así que pasamos de prisa y nos saludamos adentro. Esa tarde salí de casa a firmarle de aval a mi compadre y de pronto me encontré encandilado –como arrojado- dentro de los gruesos muros de sillar que sólo había revisitado en sueños. La estancia tenía impregnada una melodía. Comencé a escuchar Have you ever seen the rain? cuando, en un parpadeo, vi una silueta al fondo del pasillo, ¿era él? Perdí el hilo del tema pero de reojo continuaba viendo aquella silueta difusa. Confundido miré con más fijeza. El Tecolote pareció sonreírme y caminó hacia mi, como patinando en el aire por el pasillo central, traía puestas sus patas de gallo con calcetines. Me traía una cerveza. Llevaba puestas las espantosas bermudas de toalla. Me restregué los ojos y volví a la conversación. La señora nos habló de un problema en el contrato de la luz. Había que dar una mordida por “una situación” con el inquilino anterior. ¿El Tecolote?, la interrumpí ignorando por completo lo que nos estaba planteando. Aquí Ramirez+Amaya+Tecolote+Guatemalavivía hasta hace tres meses el señor Leobardo Martínez, dijo la señora como quien defiende la decencia de la propiedad (pero se trataba del Tecolote). No pude preguntarle más. Hubo algo. Algo incómodo, intuí. Ella y Mario se quedaron hablando de que ya ningún barrio era seguro y de que la policía andaba cobrando piso incluso en las colonias “bien”. Mientras tanto pude recorrer la casa de mi amigo porque, el Tecolote era eso, mi amigo. Nunca me referí a él como “mi dealer”. Esa palabra ni se usaba. Quien te rolaba la mota era tu amigo, y punto. Le pagabas pero te quedabas a escuchar sus discos por gusto. Encontré a Mario y a la rentera en el patio, hablando del boiler destartalado. La anacahuita llovía flores. Su caída parecía más lenta por la falta de viento. En una de las dos mecedoras estaba mi amigo cuando me contó que lo invitaron a hacer negocios en grande. La mota no es negocio, me dijo, pero cuando la tratas de puta te arrepientes. De hecho, el Tecolote tenía fama de escoger a sus clientes. No le gustaba compartirla con desconocidos. Decía que mantenía podados sus bonsáis para que no perdieran su encanto. Si perdían la forma era momento de recortar contactos. Aquí había un jardín japonés, dijo la señora cuidando no ensuciarse los tacones con la tierra suelta. Nos repartimos las macetitias entre los vecinos. ¿El señor Leobardo murió? pregunté, pero Mario se negó a que la señora contestara. Le pareció de muy mal gusto mi pregunta, me dijo después. De cualquier forma la casera pareció ignorarme. No lo volví a visitar. Los años se fueron acumulando hasta que ya me pareció ridículo buscarlo. Me volví viejo, sin historia propia. Quizá fue eso lo que me detuvo; algo de vergüenza, un resentimiento hacia los mejores recuerdos de mi vida. En las paredes de su recámara estaban marcados los pósters (uno era la letra de The House of the Rising Sun), y algunos de sus cuadros, (había una acuarela del cerro de la Silla hecha por él mismo). El sol había impreso sus espíritus sobre el yeso. Aquí hace falta pintar, dijo Mario. La señora no tuvo comentarios. Era evidente que todo correría a cuenta del nuevo inquilino. En su habitación desnuda advertí mi ingratitud. Ni siquiera me había planteado cómo la estaría pasando con las cosas como se pusieron. Habrá sido difícil adaptarse a los nuevos significados. De la noche a la mañana el Tecolote se había convertido en un criminal. El amigo que se deleitaba con el perfume de sus flores se volvió, repentinamente, enemigo de la Nación. No dudo en que lo hayan presionado a aliarse a los monopolios. A fin de cuentas de eso se trata esta guerra; de acabar con los changarritos, de agandallarse todo el mercado. La señora le entregó un llavero de peluche. En ese momento mi amigo era todo menos un hombre recibiendo las llaves de su departamento de soltero. Tuve que darle una palmada en la espalda. La señora también sacó de su bolsa una botellita de agua bendita que me entregó y se despidió de mano. Mario y yo nos quedamos bajo el arco de la puerta mirando hacia la calle, sin nada qué decir. Finalmente reunió algo de fuerzas para consolarse: tiene buena vibra, ¿no? Di un par de pasos afuera para ver la casa por fuera y así descubrí una bacha escondida (no abandonada) en una de las esquinas de los barrotes. Sí, le contesté, tiene buena vibra.

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