Archivo | Crónicas y relatos RSS feed for this section

Bacha de aquellos días

11 Jul

Cuando se estacionó enfrente y me señaló el número 33 con un indiferente movimiento de cabeza quise gritar ¡no chingues!, pero no pude interrumpirlo. Ese día Mario estaba particularmente deprimido y no paraba de hablar. Se trataba de la vieja casona del Tecolote. Ahí iba a reiniciar su vida, (donde inició la mía). La rentera nos esperaba en la puerta. Era una señora de esas muy correctas que no pude relacionar de ninguna forma con el Tecolote. La resolana estaba pegando duro así que pasamos de prisa y nos saludamos adentro. Esa tarde salí de casa a firmarle de aval a mi compadre y de pronto me encontré encandilado –como arrojado- dentro de los gruesos muros de sillar que sólo había revisitado en sueños. La estancia tenía impregnada una melodía. Comencé a escuchar Have you ever seen the rain? cuando, en un parpadeo, vi una silueta al fondo del pasillo, ¿era él? Perdí el hilo del tema pero de reojo continuaba viendo aquella silueta difusa. Confundido miré con más fijeza. El Tecolote pareció sonreírme y caminó hacia mi, como patinando en el aire por el pasillo central, traía puestas sus patas de gallo con calcetines. Me traía una cerveza. Llevaba puestas las espantosas bermudas de toalla. Me restregué los ojos y volví a la conversación. La señora nos habló de un problema en el contrato de la luz. Había que dar una mordida por “una situación” con el inquilino anterior. ¿El Tecolote?, la interrumpí ignorando por completo lo que nos estaba planteando. Aquí Ramirez+Amaya+Tecolote+Guatemalavivía hasta hace tres meses el señor Leobardo Martínez, dijo la señora como quien defiende la decencia de la propiedad (pero se trataba del Tecolote). No pude preguntarle más. Hubo algo. Algo incómodo, intuí. Ella y Mario se quedaron hablando de que ya ningún barrio era seguro y de que la policía andaba cobrando piso incluso en las colonias “bien”. Mientras tanto pude recorrer la casa de mi amigo porque, el Tecolote era eso, mi amigo. Nunca me referí a él como “mi dealer”. Esa palabra ni se usaba. Quien te rolaba la mota era tu amigo, y punto. Le pagabas pero te quedabas a escuchar sus discos por gusto. Encontré a Mario y a la rentera en el patio, hablando del boiler destartalado. La anacahuita llovía flores. Su caída parecía más lenta por la falta de viento. En una de las dos mecedoras estaba mi amigo cuando me contó que lo invitaron a hacer negocios en grande. La mota no es negocio, me dijo, pero cuando la tratas de puta te arrepientes. De hecho, el Tecolote tenía fama de escoger a sus clientes. No le gustaba compartirla con desconocidos. Decía que mantenía podados sus bonsáis para que no perdieran su encanto. Si perdían la forma era momento de recortar contactos. Aquí había un jardín japonés, dijo la señora cuidando no ensuciarse los tacones con la tierra suelta. Nos repartimos las macetitias entre los vecinos. ¿El señor Leobardo murió? pregunté, pero Mario se negó a que la señora contestara. Le pareció de muy mal gusto mi pregunta, me dijo después. De cualquier forma la casera pareció ignorarme. No lo volví a visitar. Los años se fueron acumulando hasta que ya me pareció ridículo buscarlo. Me volví viejo, sin historia propia. Quizá fue eso lo que me detuvo; algo de vergüenza, un resentimiento hacia los mejores recuerdos de mi vida. En las paredes de su recámara estaban marcados los pósters (uno era la letra de The House of the Rising Sun), y algunos de sus cuadros, (había una acuarela del cerro de la Silla hecha por él mismo). El sol había impreso sus espíritus sobre el yeso. Aquí hace falta pintar, dijo Mario. La señora no tuvo comentarios. Era evidente que todo correría a cuenta del nuevo inquilino. En su habitación desnuda advertí mi ingratitud. Ni siquiera me había planteado cómo la estaría pasando con las cosas como se pusieron. Habrá sido difícil adaptarse a los nuevos significados. De la noche a la mañana el Tecolote se había convertido en un criminal. El amigo que se deleitaba con el perfume de sus flores se volvió, repentinamente, enemigo de la Nación. No dudo en que lo hayan presionado a aliarse a los monopolios. A fin de cuentas de eso se trata esta guerra; de acabar con los changarritos, de agandallarse todo el mercado. La señora le entregó un llavero de peluche. En ese momento mi amigo era todo menos un hombre recibiendo las llaves de su departamento de soltero. Tuve que darle una palmada en la espalda. La señora también sacó de su bolsa una botellita de agua bendita que me entregó y se despidió de mano. Mario y yo nos quedamos bajo el arco de la puerta mirando hacia la calle, sin nada qué decir. Finalmente reunió algo de fuerzas para consolarse: tiene buena vibra, ¿no? Di un par de pasos afuera para ver la casa por fuera y así descubrí una bacha escondida (no abandonada) en una de las esquinas de los barrotes. Sí, le contesté, tiene buena vibra.

Desde el séptimo piso

26 Abr

 

 Desde el séptimo piso una mujer se asoma por la ventana de su cocina. Todos los días recorre con su mirada el paisaje pero hoy por fin, como desprendido del cielo ha caído el golpe de la saudade. Ahora lo entiende. Añoraba comprender la sustancia de aquella palabra tan portuguesa que quebraba en su pecho como tres olas rompiendo: sau-da-de.   Qué cosa tan extraña este dolor sentimental por un pedazo de tierra que se extraña. Qué le pasa. Ella tan intelectual, tan decidida, no sabe qué es esta contradicción de amar tanto algo que creyó ficticio. Y peor aún, sentir el desamparo de quien se encuentra lejos de su tierra. Esa mujer soy yo. Por las mañanas estudio, conjeturo, me entretengo intentando deconstruir las cloacas de Monterrey. Conozco algunos de sus fétidos hedores. Apesta lo que encuentro, meto la nariz en lo que veo que funciona mal, está tóxica, arrojada a su suerte, colonizada por el más salvaje de los neoliberalismos y, como cosa hecha adrede, mi amor madura. “Eres tan antigua mía”, escribió el poeta Pedro Salinas, “te conozco tan de siempre, que en tu amor cierro los ojos”. Qué es este amor, me lo pregunto sintiéndome un poco estúpida. Qué nueva ilusión me estaré contando. Lo que sueñas no existe, Ximena. Pero no. Tampoco quiero engañarme ridiculizando un sentimiento sincero. Este es un amor sin esperanza. La quiero como es, como está. No necesito que cambie para amarla. Estos últimos días me ha dolido la distancia. No soy capaz de decir dónde mero duele, pero se reproduce en mi carrusel mental la misma imagen una y otra vez: voy caminando en un día caluroso por las banquetas del centro. Voy viendo sus cicatrices en el concreto, o sus heridas abiertas, desde donde se asoman las flores amarillas, “esas flores de nadie” del poeta Francisco Serrano. Y ahí me detengo, abrazando en mi cocina la saudade.

Hagamos más café

27 Ago

vapor_de_agua_producido_cuando_se_calienta_el_agua

Esta mañana me esforcé en ver qué del vapor es lo que llama tanto la atención de Elisa. Desde que nos acompaña en la cocina sentada en su periquera parece fascinarse cuando de la olla en donde hierve pasta, aceite y sal se desprende un cuerpo extraño, sin color, que sube con fuerza y se integra luego al todo o a la nada que flota en la cocina. Esta mañana puse otra carga de café para dos. Estaba sola y así pude escuchar el sonido del acero sobre el fuego y luego el palpitar de las moléculas del agua quemándose hasta para perder su peso y volar. Cuando el vapor comenzó a salir de la boca de la cafetera presté atención al fenómeno que cautiva a los ojos de mi amada niña. Vi sólo vapor para desgracia mía. Vi sólo una columna de humedad elevándose hacia la campana de la estufa. ¿Qué ves aquí Elisa?, ¿por qué te olvidas de la existencia de todo lo demás cuando el café está listo?  Entonces, como si se me corriera una cortina pude ver. Aparecieron lenguas, madejas, espirales infinitas como olas de mar volcándose sobre sí mismas, figuras invisibles que viven en el aire, palabras no dichas. Vi todo un universo levantándose frente a mi y no pude más que prestar al espectáculo toda mi atención. Cuando éste terminó quedé yo misma suspendida como gota de vapor. Sólo pude bajar a mi cuerpo con ese suspiro con el que Elisa festeja los grandes acontecimientos.

Imagen

Bacha de aquellos días… [CUENTO]

16 Jun

Para leer haz click en la imagen.Bacha de aquellos días...

Te recuerdo, don Carlos

20 Abr
En el Camiral, con Esteban.

En el Camiral, con Esteban.

Hoy 20 de Abril Don Carlos hubiera cumplido años. No sé cuántos. Don Carlos fue el primer amigo con el que rompí la barrera generacional. La amistad obliga necesariamente a que conozcamos nuestras miradas. Es difícil que un hombre o una mujer mayor expongan sus adentros al joven.  Pero don Carlos me dejó ser su amiga, y yo también le abrí mi corazón.

Una mañana contesté el teléfono de casa –todavía vivía con mis papás, tenía 18 años-. Una voz preguntaba por la señorita Ximena Peredo. Lo que a continuación escuché era difícil de creer. Se trataba de un hombre que quería novelar su historia familiar y quería que yo la escribiera. ¿Dónde nos podemos encontrar? Escogí el Sanborn´s de Galerías, aunque el lugar siempre me disgustó.  Recuerdo que llegué conduciendo el auto de la familia, un shadow color guinda que llamábamos “el ushadow” porque lo compramos de segunda mano.  Llevaba puesta  la única blusa formal de botones y el pantalón de las asambleas cívicas de la prepa. Me acuerdo de haber llegado con bolsa de mano aunque nunca he sabido llevarme con ellas.  Las personas que conocí aquella mañana me cayeron muy bien aunque de ninguno pude retener el nombre. No pude saciar la curiosidad de mi madre.  Me llamaron al poco tiempo para decirme que sí querían que les escribiera la novela. Entonces llevaba apenas un año de escribir mi columna de opinión en el periódico El Norte. A don Carlos le gustaba mi prosa y mi edad nunca pareció importarle.  Ofrecieron pagarme 42 mil pesos.  Yo no lo podía creer.

El siguiente año lo pasé elaborando entrevistas, leyendo cartas, revisando fotografías y escribiendo capítulos de “El ejemplo arrastra” un título que evidencia el carácter doméstico de la historia. Así escuché la historia de vida de don Carlos. Lo escuché largas horas contarme anécdotas, datos, desenlaces. Apuntaba en un diario de pasta dura y grababa cada reunión. Luego les leía en voz alta los avances. Casi siempre quedaban complacidos.   Repentinamente nos hicimos amigos.

Nos encontrábamos en el Martin´s de Humberto Lobo.  Hablábamos de política y de religión, justo lo que suele no caber en las mesas de discusión. No podría decir que don Carlos era de izquierda, era más bien un libre pensador. Un hombre culto que se había salido del guión de su generación, que respetaba a las mujeres sin advertirlo, es decir, no como una concesión sino como un acto absolutamente natural. Lamento haber estado más atolondrada que ahora como para poder disfrutar más de su erudición. Don Carlos siempre quiso acercarme más al mundo de las letras y alejarme del de la política. Trató de convencerme de estudiar Letras y no Ciencia Política. También trató de acercarme a la cultura de la antigua Grecia. Don Carlos dialogaba permanentemente con los filósofos griegos. Me contaba sobre algún mito, o sobre alguna tragedia siempre con un tono simpático, que me hacía sentir feliz de tenerlo cerca. Cuánto quisiera conversar con él sobre la vida, sobre los significados que hoy le encuentro a Prometeo, sobre  los pitagóricos, sobre el alma de Platón. Siento que llegó muy pronto a mi vida y se fue rápido.

Hoy tendría cientos de cosas que contarle. Le preguntaría su opinión, le pediría consejos; me gustaría discutir algunos libros que recién leí. Quisiera compartirle mis últimos descubrimientos.  Pero no dejaría, ni siquiera ahora, de ser “don Carlos”. El prefijo era una remembranza lejana de la diferencia de edades, pero la confianza era clara, sin protocolos ni formalismos.

Un día don Carlos me regaló una ampliación de una fotografía del rancho El Camiral, uno de sus grandes amores. Este rancho era la representación de algo poderoso.  La conjunción del amor familiar, del amor creativo, del amor a la bóveda celeste. Todo lo importante parecía converger ahí. Me hablaba de este lugar con enorme orgullo, me contaba del jardín desértico, de los pinos; todo lo sembró él, los muebles de madera los construyó él mismo, lo complementaba Myrthala, a quien esta tarde también recuerdo con enorme nostalgia. Por eso me conmovió tanto que, años después, don Carlos me llevara a mi casa varios de estos muebles fabricados por él mismo.  Una de las cosas materiales más difíciles de despedir ahora que me vine a estudiar a Portugal fue, precisamente, la cabecera que mi amigo trazó, cortó y pulió.

Ahora lo recuerdo en sus últimas semanas, ya casi permanentemente acostado.  La última lección que nos dan los padres es saber morir. No sé cómo vivieron esos últimos días sus tres hijos, sus nietos y su esposa, pero a mi don Carlos me enseñó a morir.

En la última visita que le hice ya don Carlos había asumido su muerte. Yo salía de la ciudad por diez días y era posible que no lo volviera a ver. Mi amigo se despidió de mi con entera naturalidad. Como se despiden los camaradas después de una buena tarde de conversación. Su actitud religiosa era agnóstica y probablemente también atea. Por lo tanto, mi amigo no esperaba nada después de su muerte. Moría en paz sabiendo que muy probablemente en eso terminaría este misterioso viaje.

No moriré del todo, me dijo esa última tarde. Me habló por última vez del poeta Homero y yo le acaricié la frente, un atrevimiento que bien valió la pena.

La reinvención deseada

23 May

Sobre la Marcha contra la Manipulación Mediática en Monterrey

Cuando más sentimental me pongo creo que, si existe, la democracia son instantes que atesoramos en vida y que nos hacen sentir orgullosos integrantes de una comunidad.  Paradójicamente, la democracia no habita en los edificios que le hemos construido, sino que aparece en gratísimos momentos sociales en los que sentimos estar conectados, como un organismo vibrante. En los últimos años en Monterrey, he experimentado muchos más “momentos democráticos” de los que cualquier regiomontana conectada a la televisión podría siquiera imaginar. Soy, digamos, un escándalo en esta sociedad aterrorizada porque, a diferencia de muchos, atesoro evidencia de una transformación cultural y sin retorno.  Esta postal que hoy comparto es del sábado 19 de Mayo, la tarde de la primera protesta 2.0 en Monterrey, cuando gritamos a una sola voz: “¡No tenemos miedo, tenemos memoria!”; “La televisión oculta información!”; “¡Despierta Monterrey!”; “¡Ni un voto al PRI!”.

Fui a la Marcha porque quiero formar parte de la generación de ciudadanos que está tratando de impedir la imposición del PRI por la vía del derroche de recursos públicos, la manipulación mediática y, lo sospecho,  el patrocinio de corporaciones ligadas al crimen organizado. Salimos a denunciarlo públicamente porque no hay autoridad que medie. El IFE ha demostrado tener sólo la capacidad para organizar los comicios pero es incapaz de poner orden en las campañas. Quién entonces sino nosotros para denunciar la burla a los topes de campaña, la credencialización con beneficios, la coacción del voto, la cargada de Televisa, Milenio y TvAzteca, los acarreos, el deplorable nivel de las campañas, las encuestas amañadas.

Salimos a las calles a exigir que la televisión saque las manos del proceso electoral. Su deliberado engaño y su altanería provocaron este movimiento. Sucede con muchos movimientos sociales que en su deseo de caer simpáticos a los medios pierden verosimilitud y criticidad, pero esta protesta nació distinta. No tememos molestar a Televisa, tememos a su frivolidad y codicia.  Esta fue una manifestación de independencia informativa. Nos hemos independizado de la tele. Fuimos un contingente inédito que se quejaba del cerco informativo impuesto, generando su propio contenido. Nada más coherente que gritar “¡la televisión oculta información!” con la cámara grabando. Somos nuestro propio medio de información.

Fuimos también el primer contingente de “amigos de FaceBook” que salió de casa para protestar en una plaza pública.  Para la mayoría de los participantes de la Marcha, la próxima será su primera elección presidencial, tal como seguramente fue su primer protesta. La ambigua convocatoria salida de “redes sociales”, así como la ausencia de activistas con trayectoria en la Ciudad, generó una suerte de orfandad que a la postre se convirtió en una sensación de mucha libertad, una declaración de mutua confianza y una muy agradable autorregulación. Todos nos cuidábamos y nos vigilábamos unos a otros, como un pueblo cuya autoridad es su propia suma de voluntades. Cada participante asistió decidido a llenar de motivos y de significados su Marcha.  Creo que éramos un contingente de buenas personas porque supimos confiar en el otro. “Dar por sentada la inteligencia mutua es creer en la amistad”, escribió Santayana, en Tres poetas filósofos.

Pasamos de la resignación pasiva a la indignación competente.  No se trata de sacar de nuevo los palos y las piedras, se trata de exhibir la descomposición, de compartir información, de alertar con fundamentos. Mientras este movimiento se mantenga horizontal, pacífico, creativo e informado seguiré creyendo que la reinvención mexicana, que no saldrá en la televisión, ha comenzado.

Adendum: No deseo dar dobles mensajes: yo ya no creo que de la punta de la pirámide depende mayor cosa. Un día desperté del sueño de la representación. Nadie me va a representar mejor que yo misma. Nadie te va a representar a ti mejor que tú mismx.  La estructura de representación es un cuento  para ingenuos y para quienes quieren seguir endilgando responsabilidades a Dios y a los santos por la vida que tenemos. La representación “democrática” engendra gobiernos de impostores que deciden de acuerdo a sus intereses o a los intereses privados que representan. Aunque ha demostrado su fracaso, la representación cuenta con demasiada publicidad para legitimarse.  Si participé en esta marcha que además de exigir ética en la información se manifestó  anti#PRI no es porque crea que el PAN o el PRD, o cualquiera de las otras pequeñas mafias sea mucho mejor. Creo que todavía no hay partido que se compare con la putrefacción acumulada de los años que tiene el PRI, pero esto es sólo cuestión de edad y de poder acumulado. No hay un solo partido que merezca mi confianza, por eso votaré bajo protesta el 1 de Julio pues ninguno merece las prerrogativas que con mi voto obtendrán. Votaré por Andrés Manuel López Obrador, porque es el líder de un movimiento social que ha superado los linderos morales de los partidos políticos que lo representan. Pero no tengo mayor ilusión en un “cambio de jinete” si no sucede a la par, antes o después, una renovación cultural. Por eso, si alguna revolución está comenzando, es la revolución cultural del velo caído.  Una vez que advirtamos la artificialidad del sistema que hoy nos gobierna, caeremos en cuenta de las posibilidades reales de reinventarlo.

ximenaperedo@gmail.com

Los animales

13 May

I

Últimamente siento que los animales se comunican conmigo.  Es una sensación muy extraña pero no desagradable, más bien es dulce. No es que me digan cosas o me pidan croquetas, esto es mucho más sutil. Ahora los siento vivos. Su presencia llena las atmósferas ¿no está increíble la araña? que antes no sabía compartir. Los animales son el cruce de la energía magnífica y del misterio. Son milagro, como nosotros. Pero esto lo reconozco desde hace muy poco tiempo.  Me pregunto qué me sucedió que ahora disfruto tanto encontrarme con ellos en la calle, en el Cielo, en el piso de mi casa, acostadas panza arriba sobre el sillón. 

Estoy aprendiendo a contemplarlos. Antes los veía, como veo las fotografías de enfrente en la pared, o el teléfono y la taza de café a mi lado.  Ahora los siento respirar, los veo concentrarse o gozar del sol y de la brisa.  Me alegra mucho encontrarlos, son un consuelo a la angustia que carga mi cuerpo.

Elida Yolanda, comunícate

11 May
¡Élida! ¡Al fin!

¡Élida! ¡Al fin!

Cuando suena el teléfono de casa pienso en las posibilidades de que sea mi mamá, de que sea mi amiga veracruzana, de que sea mi amigo Víctor. El teléfono timbra mientras yo repaso mi mala suerte sin poner mi cuerpo en marcha hacia el aparato. Salvo ellos, nadie más llama a casa, sino los cobradores de Elida Yolanda Sánchez, que me hostigan. Yo no soy Élida Yolanda, señorita. Yo no soy Elida Yolanda. No lo soy. Pero son tantas las llamadas, es tanta la insistencia que el día de hoy, al colgar el teléfono de golpe, indignada ante la mujer que del otro lado de la línea me amenazaba, pensé que quizá era tiempo de aceptar a Élida en casa. Apurarme por sus deudas. Preguntar cuánto había gastado, qué compró, ¿por qué tan caro? Tomar los reportes. Anotarlos en una libreta, la libreta de sus recados. Aceptarla como uno de los frutos que arroja la vida al cuenco de nuestras manos. Porque no está bien pasar desapercibido que entre todas las combinaciones telefónicas de la ciudad, Élida elija siempre la misma, la mía, la nuestra, debo decir desde ahora.

Pero algún día, la curiosidad o la culpa, quién sabe, le hará marcar los números que ofrece como barajas a los usureros. Entonces hablaremos ella y yo. Le diré resuelta, como si su voz la conociera de hace tiempo: Élida, querida amiga, que tu ánimo de defraudadora no decaiga. Engáñalos a todos. Yo seguiré contestando por ti a tus deudores porque, sabes, he cambiando la angustia por la alegría. Cada que te niego te imagino, Élida, galopando lejos, gozando fugitiva tus estafas.

Los militares en domingo

8 Ago

Venía yo de correr en Fundidora, y me dirigía a mi casa, en bici. Como era domingo muy temprano no había casi carros en las calles, por eso decidí, irresponsablemente –y qué- dejarme los audífonos y no interrumpir el concierto de Daft Punk. Era la única persona que esperaba el verde sobre Isaac Garza para cruzar Félix U. Gómez. Sin estar bailando, marcaba el ritmo de la música. Pensaba en lo lindo que es comenzar los domingos así, andando en bici mientras la ciudad descansa y repone energías. El  sol estaba oculto entre las nubes y cierta brisa fresca, como de madrugada, se paseaba aprovechando que se podía jugar en las calles.  En eso fue que vi venir del Sur una camioneta llena de militares. Ah, los militares en domingo, pensé yo. No van.  ¿Qué hacen en esta mañana los militares/ qué hacen perturbando el sueño de nuestras calles? Nos cruzaríamos en segundos.  Ellos iban hacia el Norte y yo hacia el Oriente, el cruce de nuestros caminos era una analogía inmejorable. Porque yo no siento ir en un camino opuesto al suyo, sino alternativo. Pero en fin, pensaba yo todo esto cuando de pronto, al cruzar justo enfrente de mi, los cinco militares cubiertos de su rostro, con sus armas a su lado levantaron su pulgar y me saludaron, puedo decir que contentos. Los soldados se alegraron conmigo, por mi domingo, porque alguien, yo, medio bailaba mientras esperaba el verde. Absolutamente confundida levanté también mi pulgar, y sonreí. Luego mi semáforo se puso en verde y crucé pensando en ellos.  Talvez  hubieran querido bajar de esa camioneta para salir a disfrutar un domingo, una mañana nomás. Iríamos juntos y yo les compartiría la ciudad mía, la hermosa Ciudad oculta en los bolsillos del vendedor de tacos que pasa todos los días pregonando por mi calle. Los llevaría al parque, a descansar, a ver jugar a los perros. Les presentaría a Beto, a Nina y a Rubén, los tenderos de la esquina. Invitaría a mis amigos. Pasearíamos en palomilla por la Ciudad, contemplando las casas bonitas, con sus helechos y sus flores rebosantes. Al final tomaríamos una cervecita y brindaríamos por las veces en que los viajes se cruzan y en la coincidencia nos encontramos. Ese punto es el paraíso que nos queda.

El protagonista no consigue morir

28 Jul

Mis amigos me escuchaban y yo manoteaba algo en el aire, pero cuando pasó en su bici don Fermín quedé enmudecida. Me zarandearon de los brazos para hacerme regresar a la banqueta a terminar mi historia, pero fue inútil. Corrí tras él. Alguna nueva ilusión lo transportaba por la noche, como si de su ombligo naciera un cordón que lo jalaba hacia su fin. No parpadeaba. Recién peinado y con su pañoleta verde al cuello Fermín acariciaba una esperanza. Tal vez hoy. Tal vez hoy. No sin pena, aporreé con mis huaraches pesados casi todo lo largo de la tétrica calle Álvaro Obregón, flanqueada por árboles negros que en su punto más alto formaban una bóveda viviente.  Alcancé al cobrador de abonos en la esquina con Isaac Garza, frente al bar La Pirámide a la hora en que una mujer cantaba desesperadamente La negra flor, de Radiofutura. En ese cruce abordé su viaje. Arremangó su pantalón en la pierna derecha y pude ver su chamorro de mármol, blanco y terso. Sus manos impecables se asían al manubrio de esa bici balona, de las clásicas, cuyo diseño obliga a la velocidad modesta, a un pedaleo concentrado y a conservar la espalda erguida, lo que reviste a sus conductores de dignidad.   Hay que decir que Fermín olía a lavanda y que en la memoria de sus labios llevaba una canción que nunca terminaba de tararear.  Ay, don Fermín, si al fin hoy usted consiguiera morirse, pensé, mientras abrazaba su cintura y escondía mi rostro en su espalda para defenderme de los suaves embates de sus canas.

Fermín temía que un pantera enferma apareciera cualquier mañana en su patio trasero, acicalándose y mirándolo de reojo.  Si su muerte no llegaba pronto, la pantera iría tomando posesión de su casa, hasta doblarlo de dolor.  Si uno es dueño de su vida, debe decidir cuándo terminarla, comentaba a sus clientes cuando éstos intentaban disuadirlo de pensamientos tan macabros.  Luego venía la penosa intervención del cobrador, oficio que don Fermín realizaba sin exceso de palabras y con suavidad. Guardando las monedas en un sobre, ya montado en su bicicleta, los deudores lo observan confundidos, dudando si el viejo habría sido capaz de hipnotizarlos porque, francamente, no tenían intención de abonar.

Tomamos la calle que cruza los dos parques más románticos de la Ciudad, Isaac Garza. Ningún amante levantó su cabeza para vernos pasar. Tan silencioso vas, Fermín, que tus deudores no alcanzan a cerrar las ventanas. Pero la muerte tampoco escucha que la llamas. Sin verlo de frente le dije quedito que sus arrugas me parecían los rayos de ese sol que era su rostro.  La fuerza de mi verso surcó su piel.  Cruzábamos el barrio del mesón Estrella.  Dos perros lamían de la banqueta los jugos que escurrían por debajo de la cortina metálica de un local. Afuera del Chac Mol, un grupo de cuerpos flacos, sedientos, esperan a que el dueño los reconociera y los dejara pasar. No hay nada más certero que un mercado cerrado. Son tan claras sus ausencias que me da por temer que no amanezca y que no vuelva a montarse ahí el tío vivo de la batalla diaria. Don Fermín va pensando en la hija del juguero gordo. Es un buen trato, piensa al pasar por la cantina “El catarrito”, que tiene un cuarto que sólo los parroquianos asiduos conocen. Por desgracia hoy viernes la chica no tiene deudas que saldar, suspira Fermín contra mi pecho, ufano en sus recuerdos pues cree ser quien estrena la corsetería que Malenita va pagando como va pudiendo.

Nos detenemos.  Fermín amarra su bici al poste de la esquina. Con su paliacate seca sus sienes, luego lo sacude y lo vuelve a anudar a su garganta. Eres guapo, le digo dando unos pasos hacia atrás, revisándolo de pies a cabeza.  Al caminar conserva el ritmo de su pedaleo, quiero reírme pero no lo hago

Hemos llegado a los mariscos Charly´s en Ruperto Martínez, casi esquina con Venustiano Carranza, muy cerca de los panteones. El lugar tiene fama de intoxicar hasta a los gatos, pero don Fermín está dispuesto a morir; verse la muerte es uno de sus anhelos más acariciados. Morir por una mujer es la mejor carta de presentación en el infierno, dijo alguna vez con su cerveza al aire, aprovechando desde la barra un silencio general en la cantina. Todos en la marisquería, y los vecinos de esa esquina que lo conocen de todos los viernes, saben que el viejo va a visitar a Celia, la mesera, que lo saluda desde la ventana de la cocina con un guiño de ojo. La historia comienza a entusiasmarme. Ahora sé que Fermín está buscando una muerte, no exige sabores de victoria, sino una muerte que pueda paladear. Teme ser sorprendido y no ser cortésmente invitado. Besar la mano huesuda y partir en su bicicleta, morir erguido, recién peinado, es el último de sus anhelos. Don Fermín pasa al baño y de pronto, todo cambia, la historia que me planteaba se dobla y se desdobla siendo otra, porque Celia se ríe con la cocinera y  yo sospecho que se burlan del viejo Fermín. La cocinera le desabrocha a Celia el último botón de su blusa para reírse tapándose los dientes, en una carcajada que me hiere.   El giro de esta trama me indigesta. Por eso decido que Celia termine llorando.  Ahora reír, llorar después, amenazaba mi abuela a mis primas. Sale el caballero de la puerta metálica y camina lenta pero contundentemente hacia su mesa de siempre. Parece que se dirige a sacar a bailar a una dama. Celia camina detrás de él. Piruja, le digo mientras la veo limpiar con su trapo sucio la mesa.  Fermín piensa si en el último de sus días morirá con las uñas sucias de Celia encajadas a su camisa.

Don Fermín la saluda sorprendido, como si no la hubiera visto aventar su trapo a la mesa, ni sintiera repulsión al color amarillento, de aceite quemado, que recubre cada rincón de ese lugar. Ella pasea el percudido paño mientras se abotona con la mano izquierda el botón de su blusa. La alarma de un auto que no ha dejado de sonar desde que llegamos es suprimida por las primeras notas de Abeja Reina que retumba para consentir al único cliente de esa noche. Celia regresa a la cocina con la comanda en la boca, jugando con su amiga, que la espera con los dedos grasosos extendidos.  Pulpo a la diabla, lee Carmela, levanta los hombros y saca del refrigerador un puñado de camarones pegajosos. Don Fermín espera su cerveza revisando cuentas pendientes. Es la historia de su vida. Anota series de números y fechas, acompañadas de palabras ilegibles. Celia posa la cerveza frente a él, sacude su melena y espera a que el comensal de algún acuse de recibo.  Yo todavía no sé cómo hacerla sufrir. Piruja, le digo otra vez, mientras veo cómo pone su pie desnudo sobre el empeine del otro,  dejando una chancla libre bajo la mesa.

¿Cuánto dinero le deben, Fermín? Pregunta la mesera con sorna. Don Fermín clava sus ojos en el techo y murmura una serie de números que parece estar sumando: según mis cálculos, ahora que me paguen todo los que me deben, querrás casarte conmigo. Celia echa su carcajada hacia atrás y regresa a la cocina moviendo exageradamente su cadera, adivinando en qué curva está detenido don Fermín. Recoge de la barra un plato de arroz con camarones y regresa cantando desayunas caviar, con champagne todas las mañanas pensando, como siempre que escucha esa canción, que el caviar debe ser un pan dulce con mucha mantequilla. Mientras Celia  coloca el plato y el tenedor, Fermín pone sus manos sobre el lomo de la mesa y la mira trabajar. No agradece, al contrario, la mira buscando sus ojos, pero ella finge estar entretenida en atenderlo. Ahora que la canción termina, Fermín le toma una mano y sin hablarle, le pregunta.  Celia no quiere contestar. Sabe que se comprometió, pero le horroriza que alguien la necesite de esa manera. El silencio que ambos levantan, me deja fuera. Discuten: él con un gesto que raya en el chantaje, ella con una sonrisa falsa, que oculta el temor que le infundan esos ojos grisáceos, que subrayan: como me ves te verás. El viejo decide soltarla y regresar a su papel de comensal. Ella agradece la tregua y acerca el servilletero. La escena es tan doméstica que me los imagino en la cama, y me parece que contra algunas apuestas, a ella le iría mejor, pues don Fermín come despacio y mastica bien.

No termina su plato, escoge en su billetera dos billetes y los deja debajo del salero. Por primera vez su ceño se frunce, alguna tristeza lo ha mordido. Pienso que se trata del desprecio de la muerte, que no lo corteja, ni escribe en las palmas de sus manos acertijos. Celia lo despide a lo lejos, mientras barre los baños. Él contesta con una mueca de caballerosidad desganada. No entiendo por qué salimos así, con el plato a medio terminar, la cerveza todavía fría y la rokola tocando gratis y, todavía peor, sin que mi pluma haya podido hacer llorar a Celia. Ni Fermín encontró lo que buscaba, ni yo logré recuperar el control del cuento. Por eso es que salimos con los labios sellados.  No pude hacerla llorar, me recrimino. A penas voy a borrarlo casi todo, cuando la veo con el mentón recargado sobre el mango de la escoba derramando lágrimas calladas. Ya sólo tengo que agregar que llora por él, mientras busca en las bolsas de su mandil el frasquito que debió rociar en su comida.

A %d blogueros les gusta esto: