Sol de soledad

17 Ago

 

Hablo contigo por teléfono. Tengo catorce o quince años. Estoy sentada, escuchándote. Me dices algo que en adelante me servirá de consuelo y amuleto. Me dices: la vida es una búsqueda. Un consejo de abuela a nieta. Explora, le dijiste a tu nieta y ella te escuchó desde su ser superior porque tu consejo quedó grabado en mi alma. En adelante, “la vida es una búsqueda” me sirve para abrir la mente, para romper muros, para intentar, para permanecer en los desafíos espirituales que son los más demandantes. Abuela, aquella tarde cambiaste mi vida. Usaste tu poder de abuela para decirme una de tus grandes verdades. Y te amé por compartirme el brillo de una de las joyas que encontraste en vida, buscando.

 

Me gustaba que me contaras sobre tus búsquedas espirituales. Habías sido de todo, incluso astróloga. Le habías entrado al zodiaco y habías terminado como cristiana. Te reías al contarme sobre tu sed espiritual. La última vez que te pedí que me contaras esta historia yo estaba embarazada. Fuimos a verte los tres, aunque Elisa no tenía nombre y apenas tenía tres meses de gestación. Entonces nos contaste algo que no me habías dicho. Nos narraste sobre ese enorme amor hacia todo y todos que de pronto se despertó en ti y que relacionabas claramente con tu entrada al cristianismo. A Javier se le quedó muy grabado ese recuerdo tuyo de aquella mañana que en la última banca de algún templo lloraste de amor, de compasión, hacia todo lo creado.

 

acantos

 

Nuestras últimas llamadas por teléfono eran repasos someros de los últimos acontecimientos, pero siempre te preguntaba por tu jardín. Entonces volvíamos a conectar. Yo te preguntaba especialmente por los acantos. Los conocí en tu jardín y sólo existían en él. Intenté llevarme alguna vez uno a Monterrey pero el pobre no superó el primer verano. Mi sorpresa fue encontrarme con espacios tupidos de acantos, como jardines salvajes de acantos, dentro del Jardim Sereia, aquí en Coimbra. Era como una visión mágica, como un sagrario de “Soledad”. La próxima vez me tomaré una foto aquí, rodeada de tantas flores, para enviársela a mi abuela, pensé. Pero una ola de calor mató a los cientos de acantos el verano pasado. Este verano también murieron de calor. Nunca me he podido tomar la foto que sueño enviarle ahora que ya no estás tú, a mi papá, en memoria tuya.

 

Cuando te vi, abuela, dentro del féretro, con tus ojitos sellados, tu labios cerrados, tu naricita de cacahuate sólo pude decirte una única cosa: gracias. No pude salir de esa palabra. Por más que lo intentaba no estaba lista para despedirme. Sólo podía repetir gracias, gracias, gracias. Como si mi cuerpo necesitara vaciarse en gratitud esperé horas que se volvieron meses. Apenas hoy pude decirte todo esto. Pero aún así mis manos desearían seguir escribiendo gracias, gracias, gracias, porque de ti sólo recibí amor. Mi estrellita, mi conejito preocupón, me tratabas con tanta dulzura. Encima te interesaste siempre genuinamente por mis cosas. Mis amores fueron tus amores. Mis aventuras también fueron tuyas. Ay, abuela. Con qué pago tanta dicha. Cómo retribuyo a la vida la fortuna de haber sido tu nieta. Qué ricura recordar tu aroma, subir a tu cuarto, entretenerme en todas las fotografías de tus hijos, hijas, nietos, nietas, bisnietos, bisnietas, como flores en tu jardín privado.

 

Creo, querida Soledad, que al final la vida recompensó tu búsqueda. Tu infarto cerebral te dejó en una especie de inocencia, desprovista de ego, de identidades. Dejaste de ser concientemente mi abuela pero te convertiste en un ser pleno, abuela del universo. Doy gracias porque te apagaste poquito a poco como quien se va fundiendo con el Todo, justamente como aquel relato de amor hacia todo lo que te rodeaba. Al final, Soledad, dejaste de buscar porque la vida te abrazó con todo su Amor. Te atajó como una madre a su hija. Todo lo que diste te recogió en brazos.

 

Tus amigas que fueron tantas y tan presentes supieron rebautizarte. De tu nombre tomaron la luz, la fertilidad, el consuelo del Sol. Solecito, de decían. Sol de Soledad. Sol Madre de mi padre. Calor que llevo dentro. Amor a la vida, al movimiento, a la renovación. Amiga sin edad. Tus manos sobre las mías. Tu mirada traspasando mi corazón. No había nada qué decir. Cuéntame otra vez el cuento del gallo quirico.

 

DSC01097(2)No me despido. Me topo contigo permanentemente. Al sentirme abatida, desesperada y necesitar de tu consuelo. Pero también cuando me visita la plenitud o cuando me arrojo al impulso de besar las manitas de Elisa, o las manos de Javier. Tú me enseñaste a besar las manos de las personas que amamos. Recibe un abrazo, querida abuela, donde sea que estés, con todo, todo mi amor. Un abrazo como esos que nos dimos. Un abrazo como esos que conseguías mandarme por teléfono y que, efectivamente, me hacían sentir tu gran amor. De ti aprendí este arte de abrazar estando tan lejos. Ahora mismo te abrazo, hermosa Soledad, y se que vives.

 

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9 comentarios to “Sol de soledad”

  1. Roberto Naranjo Quiroga agosto 18, 2014 a 3:21 pm #

    Es inspirador, Ximena querida. Es la fuerza del amor la que trasciende el tiempo, la distancia y todas las barreras para posarse a tu lado. Es el verdadero amor. Dejame aprender a abrazar de lejos y mandarte uno desde aqui.

    • ximenaperedo agosto 20, 2014 a 10:23 pm #

      Está llegando ese abrazo, querido Arqui.

  2. Luis Fernández agosto 20, 2014 a 6:09 pm #

    Ximena: cuando compartes vivencias, reflexiones y/o sentimientos en tus textos, tienes el don de tocar fibras muy profundas, del ser y del corazón… Gracias, por todo cuanto nos evocas e inspiras en tantos aspectos.

    • ximenaperedo agosto 20, 2014 a 10:24 pm #

      te agradezco tus palabras, Luis, porque le dan sentido a las pequeñas y grandes batallas que libro para sentarme a escribir.

  3. tecoloteloco octubre 11, 2014 a 12:15 am #

    Mi querida Ximena, comencé a leer tu reflexión sobre Solecito, mi madre. Tus palabras fueron brisa que removía las espigas de mi pensamiento, luego llegó una llovizna tibia, mansa, benigna y ahora al despedirme te confieso que grandes goterones escurren de mi rostro. Te amo hijita toda tu vida ha sido para mi una gracia del universo. El amor hacia tu abuela es un lucero en la oscuridad de su ausencia. Gracias, hoy la siento todavía más cerca.

    • ximenaperedo octubre 11, 2014 a 10:05 am #

      Pá, este texto lo necesitaba escribir pero confieso que lo escribí pensando en ti. En ti y en Solecito. Aunque estoy lejos en un plano espacio-temporal, estamos bien cerquita. De hecho creo que tú, Solecito y yo nos conectamos todos los días a la misma fuente de AMOR. Te amo, papá. No sabes cómo quiero estar de nuevo a tu lado, para guardarme en tus alitas.

      • tecoloteloco abril 18, 2017 a 3:16 pm #

        Besos mil

  4. Ma.Eugenia Riquelme octubre 12, 2014 a 6:38 pm #

    Gracias,no quisiera dejar de leerte,acabo de conocerte y ya me puedo identificar contigo de muchas maneras. Antier, al leer tu artículo en el Reforma te descubrí, Ahora buscándote en internet te leí en Sol de Soledad. Gracias. Ma. Eugenia.

    • ximenaperedo octubre 24, 2014 a 3:24 pm #

      siento tu compañía, María Eugenia. Gracias por venir.

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