El nacimiento de un escándalo

15 Ago

¿Qué constituye un escándalo? ¿Por qué ciertas situaciones estremecedoras no merecen la atención que otros eventos banales sí capturan?

Me lo pregunto a raíz del video en el que aparece un grupo de panistas, vamos a decir, “portándose mal” entre edecanes, copas y música de tambora en Puerto Vallarta junto a Edelmiro Sánchez, implicado en el asesinato del ex Diputado local Hernán Belden.

Ante la necesidad de los medios de generar contenido “caliente” para mantenerse dinámicos en las redes sociales, algunos apuestan al morbo.

Por eso, en un principio, no me interesó ver otro videoescándalo más en el que la clase política se despacha a su antojo. Sólo cuando el episodio mereció la destitución de los cargos del coordinador y vicecoordinador del grupo parlamentario del PAN “por dañar la vida y la imagen del partido”, es que me decidí a verlo.

¿Qué podría dañar aún más la imagen decadente del PAN? Traficar con cargos, exigir moches para “liberar” dinero público y hasta golpear a la cónyuge fueron delitos que el mismo Gustavo Madero dejó pasar respectivamente a los Diputados Luis Alberto Villarreal y Jorge Villalobos.

Si a pesar de la existencia de grabaciones, videos y testigos, ninguna de estas conductas criminales valió para deponerlos, ¿qué contendría aquel video?

Para mi sorpresa, no vi nada que me pareciera más inmoral que lo que estos mismos señores realizan por las mañanas durante las sesiones ordinarias del Congreso, a las que asisten con sus disfraces de decencia y sus corbatas apretadas.

En esas jornadas televisadas en tiempo real impactan desastrosamente el futuro de una Nación y de las generaciones de mexicanos que están por venir sin que estas conductas merezcan el tratamiento público de escándalo.

Con esto quiero decir que generalmente las narrativas moralistas, como la recientemente expuesta con el videoescándalo de los panistas, esconden otro tipo de decadencias no visibles.

El hecho de que se “castigara” a dos políticos por su mala conducta durante una fiesta juega a volver aún más invisibles las conductas criminales que no sólo ejercen en sus puestos de partido, sino como representantes populares.

Nos gusta creer que la moralidad es un conjunto de valores que regulan nuestra sana convivencia. Sin embargo, generalmente nos pasa desapercibido que la moral funciona como instrumento político. Es decir, la moral es un invento para regular nuestra servidumbre y rebelión política.

De ahí, por ejemplo, que en México de pronto se haya vuelto legítimo matar “a los malitos” o a quien lo pareciera, o todavía más ridículo, se haya reconocido como legítima una supuesta guerra contra las drogas -para lo que fue necesario un arsenal de publicidad-, que sólo sirvió para incentivar la industria “de la seguridad” y desmoronar a las instituciones del País.

Es decir, podemos ser manipulados muy fácilmente con argumentos “morales” para aceptar lo que, de hecho, nos arruina.

Para evitar este control es necesario recordar que somos animales sin moral. Lo que entendemos por moral es una reproducción cultural que debe ser constantemente revisada para que no termine traicionándonos.

Es decir, lo moral, como cualquier palabra, es un concepto en pugna. Sólo cuando se reconoce su porosidad es que advertimos nuestra participación como co-creadores de la realidad.

Esto es una lucha política que genera una nueva relación -más dinámica- con los medios de comunicación, los actores políticos y otros creadores de realidad acostumbrados a no recibir nuestra respuesta.

En este sentido, comienzo a encontrarle un sabor artificial al concepto de “ciudadanía” y advierto que asumimos un perfil cada vez más político de público. No de un público pasivo, sino de un público activo, emancipado.

Un público, en fin, cuya presencia no puede desestimarse porque es una red anónima de inteligencias políticas que comienza a poner en duda el nacimiento de los escándalos.

ximenaperedo@gmail.com

Publicado en el periódico EL Norte de Monterrey, México, el 15 de Agosto de 2014.

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