Revolución calostral

8 Ago

“La civilización comenzará el día en que la preocupación por el bienestar de los recién nacidos prevalezca sobre cualquier otra consideración”, escribió el psicoanalista Wilhelm Reich en una de sus últimas reflexiones.

No sólo le otorgo toda la razón, sino que creo que esta mudanza ha comenzado.

Observo un viraje hacia la economía del cuidado, aquella que protege, nutre y da cariño y que, a diferencia de la economía monetaria, basa el intercambio en la doble riqueza de dar y recibir.

Generalmente cuando pensamos en economía, pensamos en dinero, líderes, empresas y empleos, pero ésta es sólo una entre las muchas economías que circulan alrededor de nosotros.

En nuestros hogares y familias practicamos otro tipo de economía que ha pasado desapercibida en la historia no por falta de méritos, ni de importancia, sino porque los historiadores han preferido narrar repartos de poder.

Sin embargo, a esta economía del cuidado nos debemos. No sólo porque alguna vez fuimos alimentados y cuando enfermamos fuimos atendidos, sino porque ésta nos educa intuitivamente para cuidar de los otros.

Todo esto viene a colación por los sentimientos encontrados que dejó la semana internacional de la lactancia materna, que ayer terminó.

Por un lado, las cifras que circularon dan cuenta, precisamente, del rotundo fracaso de creer que el sentido de la vida es cumplirle al mercado; por el otro, es claro que las inteligencias en red, el amor hacia el futuro y el mismo desengaño del capitalismo nos harán ambicionar transformaciones.

Cada vez más personas tomamos la decisión de trazar puertas hacia la trascendencia que deseamos.

Creemos que es posible plantear la experiencia de vida en términos propios, y asumimos la diaria batalla por autorizarnos a nosotros mismos el derecho de paso.

Así optamos por lo que muchas veces se juzga como insignificante, innecesario e impráctico, pero que, sin embargo, llena de sentido nuestros días.

Uno de estos actos es dar el pecho.

Apenas recientemente la maternidad comenzó a ser narrada en primera persona. Lo maternal había sido definido desde una perspectiva médica o comercial casi siempre desde una mirada patriarcal y misógina.

Quienes se estrenaban madres lo hacían desde la inseguridad y el miedo de entrar a una experiencia cuyas reglas y desafíos ya habían sido planteados por otros. Amar a los hijos era, pues, obedecer al médico y al mercado.

Dar el pecho se volvió un sacrificio no sólo innecesario, sino denigrante. Así, la madre moderna y liberada daba biberón, chupón y leche en polvo.

Aunque esas invenciones industriales ya comprobaron su fracaso, todavía existe un mercado -con pediatras incluidos- que se beneficia de encadenar a generaciones de madres y de niños y niñas a la industria farmacéutica. De la misma forma que existe un sistema económico, protegido por el Estado, que valora al recién nacido en tanto consumidor.

En este contexto en el que el ser humano se ha convertido en instrumento para producir y consumir, recordar que somos mamíferos es un acto de franca insubordinación.

De ahí el extraño potencial revolucionario de una práctica tan antigua como dar el pecho.

El obstetra francés Michel Odent, gran inspirador para la crianza consciente, llama “revolución calostral” a este nuevo encuentro con nuestro ser mamífero que tiene el potencial para recordar nuestra primera economía, ese intercambio sin egos, sin género, sin raza, entre seres que se alimentan de su madre biósfera, que toman y dan sin creer que han nacido para sacar provecho de ella.

Creo que la civilización que avizoraba Reich ha comenzado porque las familias que viven esta revolución la contagian.

Si cumplí un año y medio de dar el pecho a mi hija es gracias a los relatos de otras madres, a la generosidad de mi compañero de vida, al privilegio de trabajar en casa y, sin duda, a esa mirada de amor que me ha hecho fuerte y que he visto crecer abrazada a mi pecho.

ximenaperedo@gmail.com

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