La gran familia mexicana

25 Jul

Todo puede ser justificado con un buen relato, especialmente cuando lo que justificamos es nuestra historia de vida.

Con respecto a la controvertida “Mamá Rosa”, directora del hospicio clausurado “La Gran Familia”, en Zamora, Mich., una de las víctimas la defendió así: “Ella fue una de las que se encargó de nuestra educación, nos dio un lugar donde vivir pobremente y depravadamente, pero nos dio un lugar donde vivir”.

Cuando hablamos de “educación” parece que nos referimos a un concepto dado, con un peso específico, siempre positivo.

Sin embargo, es posible educar para la resignación y para la servidumbre voluntaria. Es posible educar en el miedo y en la dependencia. Todavía peor, es posible educar a golpes: para no ver, no oír, no hablar.

La educación que recibieron las generaciones de niños y niñas durante los 60 años que duró el hospicio los programaba para soportar lo que ahora juzgamos repugnante.

La revuelta o la resistencia organizada, aunque hubiera sido plenamente justificada, no pudo ser pensada en aquel contexto.

La Policía Federal que, auxiliada por soldados, “liberó” a 458 niños del hospicio en Michoacán, refirió que actuaba ante las reiteradas denuncias de explotación y abusos sexuales que dentro de la institución se cometían.

En efecto, las imágenes que circularon de las condiciones del lugar retrataron una decadencia largamente silenciada.

Los testimonios desprendidos del caso que podrían parecen contradictorios en realidad se corresponden. No todos los niños estaban de la misma forma arrojados a su suerte; algunos pertenecían al coro, otros eran obligados a mendigar. Unos eran fotografiados, otros eran escondidos.

Para controlar a partir del reparto de privilegios es indispensable la escasez. En contextos de terror el privilegiado, aunque sea con un colchón sucio, acepta que otro duerma en el piso.

Las declaraciones que hoy conocemos de los niños abusados, de las ratas, la comida podrida, las palizas, la explotación comercial y los encierros refieren todo lo que ahí fue soportado, pero también nos hablan de una adaptación.

Dentro de aquel caos había una organización que daba sentido a los días. Ésa es la educación que más pesa. La cotidianidad doma. El problema ya no es estar preso, sino no tener dinero para comprar la libertad.

Conocemos casos igualmente estrujantes de familias que viven encerradas en sótanos, o sectas que pierden el contacto con el exterior. “Colmillo” (“Dogtooth”, 2009), película dirigida por el griego Yorgos Lanthimos, es la historia de tres jóvenes sometidos por sus padres a una realidad cercada.


Tienen más de 30 años y no conocen, jamás han visto “el afuera”. Su educación es una violación física, mental y espiritual permanente, pero ¿y nosotros? ¿Qué soportamos?

En México, estamos soportando realidades inaceptables. No sólo me refiero a la violencia policiaca, al abuso y la humillación como entretenimientos masivos, o a la decadencia política que está dejando en ruinas al País, sino a la educación que media entre estas realidades y cada uno de nosotros.

A pesar de que estamos atestiguando una apertura de información inédita, México se vive como un lugar de encierro que en mucho me recuerda a “La Gran Familia” de “Mamá Rosa”.

El caos, el saqueo, la depredación febril, ocupan todas las habitaciones de esta casa amada que llamamos patria. La insurgencia estaría justificada, pero después de la rutina de la sobrevivencia no queda tiempo ni energía para soñar.

A nosotros no nos va a “rescatar” un operativo de la Policía Federal. No saldrán a cuadro nuestras calles, prisiones, hospitales, cuentas públicas, ni la larga lista de desaparecidos como evidencia del maltrato que hemos soportado.

Nuestro rescate ocurrirá, sin duda, pero éste comenzará por un rompimiento con el pensamiento establecido en “la gran familia mexicana”.

ximenaparedo@gmail.com

Columna publicada el 25 de Julio de 2014 en el periódico El Norte, de Monterrrey, México.
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