¿Qué nos pasa?

11 Jul

 

“¡Nos vamos a comer unos a otros!”, gritaba una señora frente al cerco de policías armados que “resguardaba” la entrada del Congreso local el martes pasado, mientras el PRI y el PAN aprobaban una ley electoral que amenaza con extinguir a los partidos minoritarios.

Al saberse despojada de las migajas que recibe de la familia Arguijo o de la familia Anaya -léase del PRD o del PT-, o de Nueva Alianza, la mujer gritaba en medio de la trifulca, frente a todos y frente a nadie: “¿¡De qué vamos a vivir!?”.

Cada hora durante junio, en Nuevo León se presentaron dos denuncias por violencia familiar. En ese mismo mes, nos informó EL NORTE ayer, los golpes y las lesiones tuvieron un repunte récord respecto a la última década.

“Yo no tengo abogado”, responde uno de los implicados en el videoescándalo de la familia Garza Mercado, “yo arreglo las cosas a chingazos”.

¿Qué nos pasa? Me lo pregunto con un nudo en la garganta frente al reciente caso de una mujer y su hijo de 7 años quemados vivos en San Nicolás como presunta venganza a una infidelidad.

Ante la violencia no hay respuestas absolutas. Como fenómeno social exige un análisis del contexto, pues es claro que el entorno está agrediendo al individuo, pero al mismo tiempo, la violencia también es una respuesta personal.

La fatalidad, digamos, es la combinación entre un pico de neurosis y una carencia de recursos para lidiar con ese dolor psíquico. Esta “química” nos pasa desapercibida cuando tratamos la violencia como un problema del violento, quien por su falla merece un castigo.

La realidad, sin embargo, nos está obligando a reacomodar este entendido, pues ni el Código Penal ni los juicios morales de los pacíficos contra los violentos inhiben, por ejemplo, la violencia escolar, de la que México es líder entre los países de la OCDE.

Quien propone encarcelar a los niños para que “aprendan a comportarse” no advierte el abuso sistemático que se infringe contra la infancia cuando aprenden como únicos modelos de desarrollo la competencia y la transa.

Nuestro marco de creencias está siendo sacudido por problemas inéditos que nos revelan, por principio de cuentas, que hemos tenido mucho miedo a enfrentar la complejidad de ciertos fenómenos.

Hicimos trampa. Fantaseamos con que las definiciones simples del orden “buenos” contra “malos” volverían manejables los problemas, pero eso sólo nos encerró en enfrentamientos todavía más violentos, que sólo encuentran solución en la eliminación del enemigo moral.

La situación pasó de problemática a crítica cuando las instituciones fracasaron para contener la violencia distributiva inherente al sistema capitalista y apostaron por una política represiva.

El abordaje conductista, que pretende instalar un orden bajo la amenaza del castigo, sólo nos deja más desamparados, pues en lugar de abrir una puerta de salida de emergencia, la cancela.

Las frustraciones son el pan de todos los días en ciudades como la nuestra, que calcula el valor de la persona según su capacidad de producir y consumir.

Por si fuera poco, nuestra educación sentimental para relacionarnos también obedece a un decálogo de expectativas y roles impuestos por la cultura pop o el dogmatismo religioso.

Exploremos soluciones dentro de nuestras paredes domésticas y dérmicas. ¿Qué nos salva de explotar en violencia cuando cruzamos momentos de desesperación? ¿Será que podríamos compartir estos recursos?

Muchos salen a caminar, otros respiran y, sin embargo, tenemos un déficit de 15 millones de metros cuadrados de parques y muy poco sabemos sobre los beneficios de aprender a respirar.

Al poner a circular respuestas alternativas a la ansiedad que todos sufrimos cuestionamos los principios de la violencia sistémica. Si la competencia nos vuelve animales feroces, la colaboración nos hará recuperar la confianza perdida.

ximenaperedo@gmail.com

Columna publicada el 11 de Julio de 2014 en el periódico El Norte, en Monterrey, México.

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