La cruzada de los niños

4 Jul

En 1212 una horda de niños y niñas proveniente de Francia y Alemania partió rumbo al Santo Sepulcro de Jesucristo.

Es una historia difícil de negar por los registros que dejó, pero de igual forma es difícil de aceptar que los caminos se llenaran de pequeños e inocentes peregrinos.

Se habla de más de 20 mil infantes en marcha hacia un Jerusalén idílico oculto detrás de un mar azul. De ellos, sólo 7 mil lograron zarpar de la costa de Marsella; 2 mil murieron ahogados y el resto fue esclavizado en Egipto.

Conocí esta conmovedora historia novelada por Marcel Schwob, bajo el título “La Cruzada de los Niños”. No recordaba de ella más que estampas, pero puedo decir que su música se quedó conmigo.

Esa melodía cruel, injusta, pero siempre dulce, de pureza insoportable, fue traída de regreso a mi memoria por la cruzada hacia Estados Unidos de niñas y niños mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños y hondureños desafiando su oscuro porvenir con nada más que su férrea ilusión por vivir.

“No tienen nada que comer; no tienen armas ningunas… Mis servidores los han interrogado”, reporta a Dios el Papa Inocencio III en la novela. “Mis servidores les dijeron que no podrían atravesar el mar. Respondieron que el mar se separaría y se desecaría para dejarlos pasar”.

La ola de niños migrantes ha logrado que se hable de la crisis humanitaria que carcome a la región centroamericana y a nuestro País.

En lo que va del año, 46 mil 188 niños viajando solos han sido detenidos por la Policía migratoria en Estados Unidos. En el mismo lapso, las autoridades migratorias mexicanas han detenido a 10 mil 505 más.

Todos sueñan con cruzar la puerta del paraíso para, por fin, ser recompensados por su hazaña con los besos que merecen de sus padres o, simplemente, poner un cerrojo de por medio a la violencia o a la miseria de la que huyen.

Las fotografías de los centros de detención que llaman albergues o refugios no dejan lugar a dudas. Son niños prisioneros.refugios?

Su situación legal aturde a la Policía fronteriza y a la migratoria mexicana, ha puesto en crisis las agendas políticas (¡niños imprudentes, estábamos por cerrar un gran negocio!); exige una ética que desconocen los Gobiernos y reclama una delicadeza que la perversa realpolitik confunde con debilidad.

“Hubo hombres que nos maldijeron, no conociendo al Señor. Hubo mujeres que nos retuvieron por los brazos y nos interrogaban cubriendo de besos nuestros rostros”, es el relato de tres pequeños personajes de la novela de Schwob: Nicolás, quien no sabe hablar, Alain y Dionisio. “Y también hubo almas buenas, que nos trajeron leche y frutas en escudillas de madera. Y todo el mundo tuvo piedad de nosotros”.

Desde la sociedad civil y desde organismos internacionales la exigencia es unánime: los niños y adolescentes merecen un tratamiento individual, apoyo emocional y protección.

Estas voces reclaman que se les garantice el derecho de asilo político. No son ni adultos ni migrantes “indocumentados”. Son niños.

Sin embargo, para muchos, estas vidas floreciendo son un problema. Al releer la novela de Schwob advierto una similitud asombrosa entre las reacciones de los más poderosos frente a la diáspora infantil. No pueden más que verse a sí mismos. Los pequeños amenazan su poder.

“Tal afluencia pudiera ser peligrosa para nuestra buena ciudad, tanto más que estos niños están todos hambrientos por lo largo del camino y no saben lo que hacen”, dice uno de los personajes de la obra, que podría confundirse con la preocupación de Obama de repatriarlos en fast track.

La imagen de una cruzada de niños es la alucinación que faltaba para declarar una crisis civilizatoria. El problema de fondo se llama neoliberalismo, se llama explotación, postcolonialismo, pero el problema principal es la falta de amor entre nosotros.

ximenaperedo@gmail.com

Columna publicada el viernes 4 de Julio de 2014 en el periódico El Norte, de Monterrey, México.

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