Añoranza michoacana

3 Dic

Ante la expansión de grupos de autodefensa, Luis Videgaray, uno de los actores de mayor poder dentro del Gobierno federal, declaró: “En Michoacán está amenazado el Estado mexicano”.

El reconocimiento es histórico. La disolución -en la práctica- de algunos poderes institucionales michoacanos enciende nuevas alertas, pero ¿es esto presagio del fin del Estado mexicano?, ¿qué sucede en Michoacán que ha detonado una crisis política sin paralelo?

La efectividad de las policías comunitarias, el servicio que prestan, los derechos que resguardan, están amenazando no al Estado mexicano, sino a quienes detentan el poder.

OGP130521-BUENAVISTA18-440x293Las autodefensas michoacanas no manejan un discurso de rebeldía per se, ni se manifiestan anarquistas. Por lo tanto, no amenazan al Estado. Ponen en duda, eso sí, la lógica de mantener en el poder a personas incapaces, infiltrados y delincuentes. Y la duda me parece elemental.

En este sentido, las guardias de autodefensas civiles están siendo agentes de desprogramación política. Es decir, están corriendo un velo. Detrás de la cortina se puede observar la violencia institucionalizada de la que también somos objeto. Esto es, la disposición de los cuerpos de seguridad y tribunales públicos por parte de la delincuencia organizada. Los grupos delictivos no tendrían el rotundo poder que hoy tienen si no contaran con alianzas en los tres niveles de Gobierno.

Ante la evidencia de esta perversa codependencia, plenamente ilustrada por investigadores como Eduardo Salcedo-Albarán y Luis Jorge Garay, pero por todos conocida en escándalos de enriquecimiento injustificado -de botón de muestra, la reciente acusación penal del Gobierno estadounidense por lavado de dinero al ex Gobernador interino de Coahuila, Jorge Torres-, queda preguntarse: ¿cómo saldrá avante el Estado mexicano?, ¿es deseable que se restablezca su autoridad?

La respuesta se está escribiendo en Michoacán. Pero antes, una brevísima reseña de teoría política. El Estado es una creación posfeudal que fue modernizando el ejercicio del poder hasta independizarlo de la tiranía monárquica escondida detrás de “la voluntad divina”; prometía también liberar a las poblaciones de enfrentamientos continuos al instaurar un poder que monopolizaría el uso de la fuerza para protección de todos sus habitantes.

En México las elecciones han perdido prácticamente toda seriedad. No me refiero sólo al carnaval que ha reemplazado la presentación de argumentos, sino a la ilegitimidad, estampa de casi todos los triunfos electorales. No estamos convencidos ni de que el que hoy ocupa el poder haya, efectivamente, reunido el apoyo de la mayoría, ni mucho menos que nos esté representando. Pero además, el País entero está envuelto en conflictos armados con tufo de perpetuidad.

Es decir, estamos en un contexto político que bien podría ejemplificar a las sociedades en estado primitivo. Es un “estado natural”, pero con Twitter y deudas bancarias.

En ese sentido, las autodefensas son una respuesta de sobrevivencia que no van contra el Estado, pero sí pretenden restaurar la autoridad. La autoridad es un concepto clave para el funcionamiento de cualquier institución. Las instituciones son indispensables para que las sociedades vayan decidiendo su rumbo. Pero éstas pierden toda su utilidad pública cuando reniegan de su vocación experimental y son controladas por un puñado de individuos.

solPor lo anterior, encuentro la preocupación del Secretario Videgaray como una confusión que evoca a Luis XIV de Francia, cuando creyó que él mismo era El Estado: “L’État c’est moi”. En todo caso, la peor amenaza que pesa sobre el Estado mexicano son este tipo de gobiernos de temperamento absolutista.

Por el contrario, el truene de instituciones y la expansión de grupos de autodefensa ciudadanos, naturales al contexto de indefensión, convocan a un nuevo comienzo político.

Porque ¿a quién amenaza esta legítima añoranza michoacana de instituciones efectivas?

ximenaperedo@gmail.com
Periódico El Norte, 29 de Noviembre de 2013. Monterrey, Mx.

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