Obedecer y no cuestionar

12 Nov

Una reflexión sobre la campaña empresarial “Hagámoslo bien”

La pregunta es qué podemos hacer.  Vivir bajo el arbitrio de la corrupción y ser testigos de una degradación social sin precedentes nos obliga a mover piezas pero, ¿cuáles?, ¿hacia dónde?, (¿a qué horas?).  Todos de una forma u otra nos estamos preguntando lo mismo: qué hacer en Monterrey, cómo re-tejer el desgarro, cómo sentirnos útiles. Nuestra voluntad individual tiene una repercusión muy limitada en la vida de la Ciudad, es indispensable unir esfuerzos pero, ¿hacia dónde jalamos esta cuerda?, ¿qué deseamos transformar?

casino royaleLlevamos diez años escuchando que la Ciudad está de cabeza porque no hemos sido “buenos ciudadanos”, porque no participamos y, últimamente, porque no formamos parte de la “cultura de la legalidad”. Este discurso apuesta a responsabilizar al regiomontano promedio –que todo el día cumple órdenes, regresa tarde a casa, y sólo tiene los domingos para descansar y ver a su familia- de una falla sistémica. Con este llamado “al orden” generalmente se neutralizan las preguntas que cualquier habitante de la Ciudad de Monterrey debería hacerse frente escenarios cada vez de mayor escasez. Detrás de estos discursos “democráticos” se camufla un llamado a la sumisión política, a la obediencia a las reglas del fracaso, pues cuando un ciudadano no puede modificar, desechar ni participar en la creación de sus leyes la “cultural de la legalidad” tiene un componente de imposición.

Bajo esta lógica, parecería que el fracaso del sistema lo originamos usted y yo por abstracciones como “no participar”, o “no ser ciudadano”. Pero, ¿qué es participar? , ¿quién lo define? Existe una serie de actividades -bastante infructuosas, hay que decirlo-, a las que llamamos “participación política” como votar, llevar alguna iniciativa de ley al Congreso, acordar con los vecinos una cuota para el policía de barrio, organizarnos por alguna causa o incluso protestar.  Parece entonces que la invitación a ser un ciudadano participativo es un llamado a insertarnos en acciones predeterminadas, en agendas decididas, en diagnósticos impuestos. Esto limita nuestro potencial para la creación política, es decir, para intervenir los acuerdos con libertad tomando en cuenta nuestras preocupaciones más sinceras. Pienso, por ejemplo, lo difícil que se ha vuelto tener tiempo para disfrutar a la familia, especialmente cuando existen hijos. Disfrutar la crianza debería ser un derecho conquistado, pero ni siquiera existe como exigencia. ¿Es que no nos interesa, o nos resulta impensable exigirlo?

Ahora bien, ¿quién define lo que es ser ciudadano en una Ciudad como la nuestra, sin espacios para su ejercicio? ¿En dónde podríamos encontrarnos para deliberar, para discutir asuntos públicos: en el Starbucks, en la sala de juntas de la asociación, en el set de “Cambios”? ¿Quién puede sentirse ciudadano en Monterrey: será que el ejercicio de la “ciudadanía” está relacionado con gozar de tiempo libre y de cierta posición económica? ¿es una condición de clase social?mty

La cúpula empresarial local, apoyada por 150 organizaciones, lanzó hace un par de semanas la campaña motivacional “Hagámoslo bien” que parte del diagnóstico descontextualizado de que la crisis que vivimos responde a una opción individual por el caos y que, por lo tanto, para recuperar el antiguo orden hay que cumplir las reglas. Según esta versión, la crisis la originamos por desobedientes. Algo tipo Adán y Eva.

Aunque la campaña más bien ha pasado desapercibida, me parece oportuno revisarla aunque sea brevemente, pues la opinión empresarial es un indicador clave para entender la cultura regiomontana.  Según el guión de esta campaña ser pobre o nacer en condiciones de exclusión no nos hace delincuentes, al contrario, cualquiera puede nacer en la colonia CROC, o en la Garza Nieto y ser “un ciudadano ejemplar”. De hecho, en el video promocional se presentan algunos “casos excepcionales”. Lo que oculta este discurso es el por qué existen estos cinturones de pobreza, estos “ambientes de ilegalidad”. Lo que este discurso oculta es la violencia anterior a la violencia que hoy condenamos. Se exige solidaridad, “porque así somos los regios”, cuando la miseria es, por naturaleza, insolidaria. La desigualdad social no aparece en el radar del grupo de empresarios como una causa directa de la violencia. Desde su óptica la pobreza es natural, luego, basta con motivar a “los pobres” a rechazar la delincuencia, pero nunca se cuestionan porqué nuestra ciudad es una máquina productora de pobreza.

La acumulación por desposesión, a decir de David Harvey, es la historia detrás de esta crisis que ha trastocado absolutamente a todas nuestras instituciones desde las escuelas, las iglesias, los partidos políticos, las familias. El acaparamiento de tanto poder en tan pocas manos, el autoritarismo sutil en el que hemos sido educados, y la anulación de la historia “no oficial” para comprender nuestro presente ha generado esta crisis sistémica en todo el mundo pero que en epicentros neoliberales, como nuestra Ciudad, resultan desgarradores.

Es difícil que precisamente estos empresarios adviertan el fracaso de un sistema económico de cuyas reglas se han beneficiado tanto. El hecho de que esta realidad tan evidente flote en su punto ciego los retrata extraviados, apostando por una retórica emotiva que ha perdido sus significados. No sorprende que quienes fueron los líderes de un proyecto que terminó en desastre hoy no sepan qué proponer que no sea llamar a un decoro y a una responsabilidad social que, precisamente, extrañamos en sus prácticas empresariales.

 ¿Cuál es el futuro de las empresas que no comprenden la historia de la crisis? Muy sencillo, estas empresas resuelven los obstáculos reduciendo su nómina, rasurando derechos laborales, abaratando procesos industriales que ponen en riesgo la salud de sus empleados y de poblaciones enteras, y acaparando el resto de recursos naturales que le quedan a las ciudades en donde operan. Esta es la forma de “hacer negocios” obsoleta, dispuesta a sacrificar la calidad de vida de las poblaciones. Muchos empresarios y empresarias ya están mudándose hacia el futuro con modelos mucho más sostenibles.

El discurso detrás de la campaña “hagámoslo bien” no me parece que retrata ni a todas las personas ni a todas las organizaciones suscriptoras. Quizá la mayoría decidió sumarse a alguna iniciativa que podría tener algún tipo de “éxito”, sin revisar el fondo del mensaje. Sin embargo, la realidad de violencia, contaminación y desastre político –por resumir- precisa de nosotros que construyamos mensajes mucho más críticos, que se acerquen a comprender el origen de esta crisis compleja.

 Desde este desgarro; desde la lucha diaria por sobrevivir, por disfrutar de la vida aun en condiciones tan adversas es de donde nacerá el nuevo acuerdo. No espere que sea votado en el Congreso, ni que sea patrocinado por alguna marca. Será el resultado de nuestro sincero cansancio de vivir para saciar el hambre de un sistema depredador.

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2 comentarios to “Obedecer y no cuestionar”

  1. Agustín noviembre 13, 2013 a 3:02 am #

    Ximena, estamos lejos en distancia y en realidades aparentemente diferentes, pero en el fondo los problemas son parecidos. Hace mucho que no te leía, pero hoy sí tocó y así recordé cuanto lo disfruto, te mando un abrazo!

  2. vicjgf noviembre 13, 2013 a 2:39 pm #

    Hola Ximena. Me hubiera gustado leer tu editorial “obedecer y no cuestionar” en El Norte. Algo esta fallando en el diseño de las organizaciones, no basta hacer un llamado para “ser bueno”.

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