Superstición y política

3 Nov

Producto de una negociación cupular, finalmente fue aprobada la reforma fiscal. Han pasado por lo menos dos siglos desde que en México se abolió el poder de una monarquía distante y, sin embargo, quienes diseñan nuestras obligaciones continúan ignorándonos. Nuestro derecho se limita a poder expresar descontento sobre la materia ya legislada y a esto le llaman, graciosamente, democracia.

Esta actitud despótica no es exclusiva de Senadores y Diputados federales, ni del Gobierno federal, por desgracia cruza todos los niveles horizontales y verticales de la burocracia nacional. En México las decisiones públicas que nos son vitales se toman en la radicalidad del secretismo.

La figura que hoy mejor retrata esta pérdida de significado deliberativo se llama “Pacto por México”, un espacio de negociación privada con graves repercusiones públicas. Es decir, una fuente ilegítima de derecho.

Pero éste no es un asunto de jurisdicciones territoriales, sino de superstición política. En Nuevo León, los Diputados se aprobaron un alza a su gasto interno. El próximo año ejercerán 303 millones de pesos. Van a arreglar los climas y el estacionamiento, dicen.

Superstición es creer sin evidencia. La Ley nos obliga a respetar las decisiones de estos señores aunque de ninguna forma demuestren criterio para procurar el bien común.

Cornelius Castoriadis, filósofo francés del siglo 20, planteó como una de las incongruencias insalvables de la democracia contemporánea la pérdida colectiva de autonomía individual. Las democracias falsas requieren individuos dispuestos a sacrificar su libertad de pensamiento, aunque con ello se cancele, precisamente, la democracia.

Se nos olvida que para que exista un régimen democrático es indispensable primero la comunidad democrática. Pero ¿cómo construir una sociedad democrática siendo hijos e hijas de un sistema autoritario, hipócrita y corrupto?

El hecho de que una élite política tenga tanto poder sobre nuestro futuro al punto de decidir cómo y sobre qué cobrarnos y en qué gastar ese dinero se sostiene en última instancia en la apuesta de que el legislador, sólo por serlo, salvaguardará el “espíritu de la ley”.

O bien, que el hecho de haber sido votado lo reviste de autoridad, como si la autoridad fuera resultado de un procedimiento de ingeniería electoral y no una suma de cualidades políticas. Estas creencias son difíciles de explicar a la razón.

La semana pasada recibimos una de esas noticias capaces de quebrar el frágil fundamento de nuestras instituciones; por resistirse al cobro de piso el padre y la hermana del propietario de un taller mecánico fueron asesinados.

La fotografía en portada de EL NORTE nos dejó sin palabras: afuera de la casa en donde sucedió el crimen un hombre doblado por el peso de su dolor cae de rodillas frente al policía municipal absorto que le tomaba la declaración. Esta urgencia de justicia frente a la absoluta incapacidad de respuesta es la estampa de un quiebre político de consecuencias todavía inimaginables.

La crisis sistémica que se vive en Nuevo León nos lleva cíclicamente a un estado de desesperación colectiva que por lo general, aunque hay excepciones notables, nos impulsa a “hacer cosas” inmediatas, apoyar campañas motivacionales o realizar eventos sin reflexión profunda; pero por otro lado nos arroja a una necesidad cuasiterapéutica de desahogar el horror con lo cual se cancela nuestro potencial creativo.

Señalamos síntomas creyendo que son la última causa de nuestra desgracia. Nos dolemos de la impostura en la representación legislativa, en la negligencia del servidor público o en la “Niurkarización” de la trascendencia política sin advertir como falla de origen nuestra falta de autonomía para dudar, para cuestionar los privilegios establecidos y para participar directamente en las decisiones políticas que construyen nuestro futuro colectivo.

Todo avance en la autonomía individual tiende a reemplazar la superstición por la lógica. Estamos por advertir cuán irracional es nuestro sistema político.

ximenaperedo@gmail.com

Publicado el 1 de Noviembre de 2013 en el periódico El Norte, en Monterrey, México.

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