Morir al comer

14 Jun

Es oficial, somos los más gordos del mundo o lo que es igual, somos quienes comemos peor.

Según el reciente informe de la FAO, presentado el martes, nuestra ignorancia ya superó el límite fijado por Estados Unidos, símbolo internacional del mal comer.

“El país con el mayor nivel de obesidad actualmente es México, más que Estados Unidos. Una política oficial puede marcar la diferencia”, dijo Jomo Sundaram, asistente de la dirección de la FAO.

bombonesEn muy pocos años nuestra riqueza cultural, nuestros más hondos saberes, han sido trasplantados por la irracionalidad muy bien empaquetada. Nos estamos matando al comer, es lo que hace falta advertir, ante la indiferencia de un Estado asociado al “cártel” de la chatarra y el azúcar.

El 70 por ciento de los mexicanos tienen sobrepeso u obesidad. La deformación de su cuerpo es lo menos trágico del retrato, aunque exista una industria ávida en tratar el problema como meramente estético.

Nuestras barrigas son bombas de tiempo. Tenemos literalmente frente a nosotros un abismal problema de salud pública. Los padecimientos relacionados con esta enfermedad, como la diabetes, matan a 70 mil mexicanos al año. Una cifra desgarradora que nos pasa inadvertida, pues la obesidad la abordamos como un asunto privado y no como una falla de nuestro sistema cultural.

El Estado mexicano no sólo no reconoce ni comprende la dimensión del problema, sino que forma parte de él. Esto quedó muy bien ilustrado cuando en la mentada Cruzada contra el Hambre se ignoró por completo el tema de la obesidad y se atendió pésimamente el problema de la insuficiencia alimentaria -que sufren 7.4 millones de personas- ofreciendo galletas y comida chatarra.
gorda sofa
Es común que la gente reaccione eximiendo a las marcas y al Gobierno de su participación en esta epidemia. Se percibe como “muy liberal” responsabilizar a las personas por sus irracionales consumos, pero advierto que el asunto es mucho más complejo porque la realidad es que no sabemos comer. De saberlo seguramente enseñaríamos a nuestros hijos a valorar las frutas y las verduras y no los premiaríamos con veneno ni los mandaríamos a la escuela con un cereal que sólo contiene azúcar y harinas refinadas.

Entendemos muy superficialmente el problema si acusamos a la gula o a la falta de voluntad por nuestro sobrepeso. Ya se nos olvidó qué necesitaba el cuerpo para estar bien. Y lo que es peor, nos quedamos “sin tiempo” para preparar los alimentos y comerlos lentamente. Esto es porque el sistema completo se mudó al paradigma irracional de vivir para trabajar y de gratificar este sacrificio con consumo.

ninio popEs importante recordar y exigir al Estado que tome cartas en el asunto. Que publicite la importancia de tomar agua sola, regule la publicidad de alimentos chatarra y elimine de una vez por todas estos productos de las escuelas. Pero la gravedad del asunto no puede esperar a que la solución venga de un Gobierno postrado ante el poder de ciertas empresas trasnacionales.

Así lo han entendido organizaciones civiles mexicanas organizadas en la Alianza por la Salud Alimentaria, quienes hace poco presentaron a la opinión pública al “Cártel de la Chatarra” integrado por Toño, alias “El Tigre”, Ronald McDonald, alias “El Payaso”, Melvin, alias “El Elefante”, y el oso polar, alias “La Coca”, como culpables de dos “delitos”: manipular a los niños con publicidad engañosa y expandir la obesidad.

A la luz de esto, el problema menos importante de la obesidad infantil es la burla. Éste es el último eslabón de la violencia que se ejerce en contra de los niños. Lo más trágico son las secuelas en sus órganos vitales -el 22 por ciento padece hipertensión- y la desconexión del cuerpo: se dejan de conocer sus potencialidades, se ignora su elasticidad, la velocidad que puede alcanzar, su fortaleza.

Pero si los niños son el extremo más cruel de esta realidad, también son ellos mismos la otra punta del mismo lazo. Por redes sociales se está compartiendo el diálogo de un niño con su madre, quien le sirve en su periquera un pulpo para comer. El niño pregunta por la cabeza del animal y la madre dice que se ha quedado en la pescadería. “No me gusta que mueran los animales”, dice el pequeño sin conocer la escalofriante industria detrás.

La ética más lógica nos desafía. Tal vez sea tiempo de comprender que al comer nadie merece morir.

ximenaperedo@gmail.com

Publicado por el periódico El Norte el 7 de Junio de 2013, en Monterrey, N.L, México

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