Fuego Nuevo

10 May

Preámbulo

1254261608_850215_0000000000_sumario_normalNo se si es tiempo de contar sobre mis partos. Ya había percibido en algunas mujeres lo difícil que es abrir esa cicatriz. Y ahora estoy aquí. No sé si estoy lista o quiero estarlo. Llevo varias noches preguntándome si debería comenzar este texto pero me siento seca. Tengo, de hecho, muchos pájaros revoloteando en mi cabeza y aunque con cada uno entablo un diálogo distinto, un diálogo fértil, revitalizante, al bajar la vista al teclado no tengo nada qué decir. Estoy observando mi ignorancia.

Me cuesta trabajo despertar del sueño de las certezas para enfrentarme a una mañana sin horas. Ya no importan el montón de cosas que antes llevaba amarradas a los dedos. Ahora vivo sin saber. Voy dentro de un vagón a oscuras, con rumbo desconocido, pero llevo abrazada a mi cachorra y busco a tientas a mi compañero para guarecerme. Atrás voy dejando lo que fui. Me lleva la vida a una tierra nueva, en donde el lenguaje se construye distinto. Y así voy dejando con cautela sobre el piso mis palabras, mis ideas, los pedazos de certezas todavía palpitantes.

Antes de parir sabía mucho más sobre los partos. Cuando regresamos del hospital con Elisa en brazos las certezas que se habían adherido a las paredes de este espacio habían desaparecido. No quedo ni una y de desde entonces no he recibido su visita. Dudo de todo, incluso de lo que me parece más cierto. (13 de Marzo de 2013)

Es tiempo

original

Hoy es 10 de Mayo. Han pasado casi cuatro meses desde que nació Elisa y me siento mucho más lista para contar la historia que por siempre me unirá a mi tierna niña. Ya las heridas están cauterizadas.

En uno de los momentos más difíciles de la labor de parto maldije esta bitácora y todas las ilusiones que tejí en este teclado. Me sentí tan extraviada como nunca en los laberintos que yo misma me diseñé. ¿Que no dolía? ¿qué sólo debía relajarme, abrir mi cuerpo? ¿dejar que el fruto cayera de su árbol? Bañada en mi sudor, exhausta y desesperada por llevar más de cuarenta horas en labor, me sentí timada por mi activismo. ¿Por qué me vuelvo activista de mis ilusiones? Me pregunté camino al hospital con la voluntad partida en dos.

Tuve el parto que más temí. Vi a mi alrededor cómo los elementos que más me horrorizaban iban apareciendo uno detrás de otro. La lámpara de luz blanca, las enfermeras rodeándome con órdenes: “¡colocar o pé aqui e outro aqui!”. Luego la segunda episiotomía. Mis gritos. Mis patadas. La doctora gritándome. Una enfermera me saltó encima de la barriga . Me gritaron que pujara.  Grité su nombre: ¡Elisa! Y por fin escuché su llanto. Lloró como un gatito, me la pusieron apenas sobre el suéter rosa con el que cinco minutos antes había dejado el departamento. Le dije: “¡Mi amor! ¡Ya pasó todo, mi amor!”. Enseguida cortaron el cordón: clac. Y se la llevaron. Repentinamente resurgí del desmayo y vi todo con un nitidez distinta. Quisieron sacar mi placenta a estirones del cordón pero no me dejé. No se con qué energía exigí que dejaran a mi placenta nacer. La doctora me puso una cara de: vienes en emergencia y encima te pones tus moños, pero respetó mi decisión. Mi Javier, pálido, demacrado, entró a la sala de emergencias. En ese momento, al vernos, nos convertimos en algo más: ¡es preciosa, tiene la boca muy grande! dije yo.

Pero por suerte no sólo tuve ese parto.

La historia de nuestro nacimiento es nuestra mejor historia. Durante un tiempo me dolió no haber tenido el parto para el cual estaba, según yo, plenamente preparada, pero luego comprendí esto: que la llegada de los niños y las niñas siempre es hermosa. Si es cesárea o parto natural no tiene importancia frente a la grandeza de un nacimiento.

HelixNB3RWeb2_goldmanAunque preparamos todo para que Elisa naciera en casa la terminamos recibiendo en una maternidad. Tuve casi cincuenta horas de labor en casa pero caímos en una emergencia que nos llevó al hospital. Me lo dijeron muchas veces. Me hablaron de lo peligroso, del riesgo, de la “irresponsabilidad” que intentar un parto en casa significaba, pero yo lo volvería a decidir igual. El problema que tuvimos fue básicamente de administración de energía. Monitoreando bien este asunto Elisa, lo sigo creyendo, hubiera nacido en su casa, a su tiempo.

A las dos de la mañana del jueves comenzaron las contracciones. Javier y yo no lo podíamos creer. Nos sentíamos plenos, llenos de emociones. Al día siguiente salimos a pasear al Jardim de Sereia. Estábamos como hechizados, deseando conectar con la Naturaleza con todo nuestro corazón. Abrazamos un árbol. Yo le pedí que me compartiera su sabiduría. Recogimos naranjas de más allá. Me comí un par, bien agradecida.  Más tarde le llamé a mi doula y a la partera. Ya estábamos llegando a la regla de dos horas de contracciones cada cinco minutos. ¡Todo iba viento en popa! Un rato después llegaron Ana Sofia y Mary. Pero las contracciones comenzaron a espaciarse. Quedamos entonces de vernos al día siguiente. Yo no pude conciliar el sueño. Las contracciones eran dolorosas pero sobre todo estaba demasiado emocionada. Y entonces cometimos algunos errores en cascada que quiero compartir: comenzamos a utilizar a la piscina (con agüita caliente) como un analgésico para las contracciones, lo cual interrumpía la precipitación de la siguiente etapa en la labor de parto: la transición.  Además, de los nervios no pude comer. Comí algo de fruta pero desordenadamente, lo que fue mermando mis energías. Unos buenos jugos de frutas hubieran hecho toda la diferencia. Todo el día lo pasamos idéntico al anterior. Monitoreando contracciones y disfrutando la llegada de cada una de éstas. Sí, son como olas. Son muy ricas también, aunque dolorosas. Esa tarde tuve un momento muy mágico. Mientras Javier me hacía piojito y Ana me acariciaba la espalda tuve un sueño. Algo así me cuentan sucede cuando comes hongos alucinógenos o peyote: escuché una voz. Una voz clara, ni masculina ni femenina, que me dijo: te será concedida una niña, vas a poder entrar pero antes debes dejar tus armas en la puerta. ¿Qué armas? Pregunté yo. La voz me dijo: tus armas son tus palabras y tus ideas. Lo acepté. Luego me dijo, tendrás una guía. No sueltes su mano. Cuando vi a la guía me conmoví muchísimo, se trataba de una changa embarazada que daría a luz por primera vez. Vi como nuestras manos se entrelazaban y me sentí muy segura.

Así que también tuve ese parto lleno de luz. Cumplí mi sueño al compartir todas esas horas con Javier. Clavé mis ojos en los de él y así fuimos superando el paso de las horas y de las olas, sin que Elisa anunciara por fin su aterrizaje.

Afuera comenzó a soplar un viento huracanado y a llover. Se acercaba la media noche del viernes. Mary, la partera, llegó. Nos contó que las carreteras estaban inundadas, que caía una tormenta demencial. Pero nosotros estábamos muy dentro de nuestro gusano de tiempo. Las horas se fueron acumulando. Las contracciones se espaciaban  y duraban cada vez menos. Cuando amaneció el sábado comencé a desesperarme. La tormenta se convirtió en temporal. Vocalizábamos las contracciones: aaahhh, mientras los relámpagos iluminaban el cuarto, la luz de los focos titubeaba y el cielo tronaba. A las 11 de la mañana del sábado, Mary habló con nosotros. Yo ya tenía 10 cms de dilatación pero Elisa estaba demorando y quizá necesitaba un poco de ayuda. Me sugirió romper mis membranas. Lo acepté. Las contracciones eran muy intensas pero breves. Me sugirió usar un poco de occitocina sintética. Me inyectó. Pero nada. Bañada en mi sudor, con Ana Sofía deteniendo mi mano, Javier monitoreando los latidos del corazón de Elisa y Mary sosteniéndome las rodillas pujé, y pujé y pujé. Creo que entre contracción y contracción me desmayaba. El dolor de la siguiente me despertaba y yo sentía que la pesadilla no terminaba. Esas fueron las horas más duras. Creo que perdí la fe pero permanecí fiel. Dejé de creer en mi, dejé de creer en todas y cada una de mis palabras, pero no dejé de intentarlo. Me partí en dos. Se rompió una Ximena, emergió otra. Ahora recuerdo esas áridas imágenes como mi verdadero entrenamiento para ser mamá. La coronilla de Elisa se asomaba, me gritaban: ¡ya casi, ya casi! Javier se llenaba de luz, me gritaba: ¡estoy viendo su cabello! Pero al irse la contracción la cabeza de Elisa volvía hacia adentro. Mary me habló entonces de realizarme una episiotomía. Acepté. Lo intentamos muchas veces más pero no avanzábamos. Tomamos la decisión de ir al hospital; el corazón de Elisa no se escuchó más.

No podía creer lo que nos estaba ocurriendo. Íbamos al hospital. Habíamos llegado a una emergencia. ¿Dios? ¿existes, Dios? ¡Cuídanos, protégenos! Hablé conmigo como pocas veces lo hago: debía ser muy fuerte, caminar sin desmayarme, había que dar esos pasos. No eran más que cien metros. ¡Quiero una cesárea! Le dije a Mary casi sollozando mientras esperábamos que el elevador se abriera. Es tarde para eso, me contestó.

Elisa, sol de mi tormenta

Cuando por fin entramos Elisa y yo al que sería nuestro cuarto por los siguientes dos días vi una luz dorada, exquisita, entrar por la ventana. El cielo nos premiaba con un sol tiernito a las dos de la tarde. Desde el cuarto piso de la maternidad Bisaya Barreto era posible ver la destrucción que había dejado la tormenta. Faltaban muchos árboles en pie. Luego descubriríamos que aquel que abrazamos fue arrancado de raíz por los enfurecidos vientos.

***

diosaQuiero decir que comprendo el miedo al dolor y a la inseguridad de no saber parir. La labor de parto es esperar en un muelle a que las olas nos dejen cruzar. No sabemos nadar. No sabemos flotar. Pero en su momento habremos de saltar. Saltar y confiar. Después de esta experiencia no puedo sino repetir: no se pierdan de sus partos, hermosas mujeres. Cada parto es infinito. Cada hijo es una oportunidad para vivir esta experiencia insospechada, para arrojarse al abismo por él o por ella. Es un regalo de inconmensurable generosidad reservado sólo para las mujeres. No abandonemos este poder. No apaguemos este fuego, por el contrario, alumbremos con él nuestro camino.

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10 comentarios to “Fuego Nuevo”

  1. Sandra mayo 13, 2013 a 3:59 am #

    Hoy en Monterrey esta un clima muy inspirador, lluvia y clima fresco ideal para leerte………me encanta que compartas este diario, me encanta conocerte y compartir contigo esta noble tarea que la vida nos ha dado el ser mujeres que cuidan y nutren a estos seres cargados de amor y luz
    abrazo a Elisa
    amor y mangos

  2. Gabriela Avalos mayo 17, 2013 a 8:44 pm #

    Hola Ximena , no me conozces , pero tenemos varios amigos en común en mty. Hace tiempo te leo y mas ahora que compartimos la experiencia de la maternidad. Este post me conmueve sobremedida…..y mis lágrimas no alcanzan a salir no sé por que, pero me he estremecido. Yo también intenté tener un parto en casa. al igual que tu totalmente convencida de mi capacidad de parir naturalmente , preparandome , convenciendome. y me ha sido sumamente dificil escribir mi historia, no la haré larga. A nosotros nos tomó 48 horas, un día lo pasamos aquí en la casa, sin doula ni alberca ni nada, no tuvimos dinero para esa asesoría… (Acá las parteras vienen cuando ya tienes las contracciones cada 5 min. durante dos horas) aun así lo creí posible. Tomé la desición de ir al hospital en la madrugada y así comenzó el viaje de lo que mas temía , el viaje para el cual no nos habíamos preparado, por que estuve tan negada a ello. Aún así fue un viaje de muchísimo aprendizaje y al que abrazamos con amor mi pareja y yo, por que así fue perfecto. Me enfrenté con mis demonios y me di cuenta de la gran labor en mi misma que aún me queda por delante, y agradezco el haberme dado la oportunidad de transitar el camino largo, y lo volvería a intentar. Tu viaje, Wow ! mujer, que fuerza! que espíritu !….Yo también me encontré sin fuerzas rogando a Dios que trajera a mi bebe al mundo, aveces….nuestra fuerza consiste en reconocer el momento de nuestra debilidad y saber pedir ayuda, algo que por años no supe hacer y que en ese momento supe exigir y aceptar. Gracias por compartir tu nacimiento – muerte. Reciban muchas bendiciones.

    • ximenaperedo abril 6, 2014 a 12:32 pm #

      Gracias a ti Gabriela, por que hoy me estás dando el consuelo de la solidaridad. Me entiendes muy bien y yo te entiendo a ti. Nos hemos comunicado y esa reciprocidad me hace feliz. Te veo por Facebook, me gusta mucho tu familia. Un abrazo grande con mi amor, Ximena

  3. Arnoldo Cantú Morales mayo 28, 2013 a 5:34 pm #

    La primera vez que he sentido “envidia” contra la mujer ha sido a raíz de este artículo, ¡Gracias por compartir y felicidades por su bebé!

    • ximenaperedo abril 6, 2014 a 12:33 pm #

      Sí, es un privilegio parir y luego dar de mamar. Gracias, Arnoldo.

  4. Rubi Larrion Wood mayo 29, 2013 a 12:39 am #

    Madre!!!! No lo puedo creer!!! Pero, por otro lado, la Chio esta a una nadita de serlo tambien. Tu me recuerdas como la tia piedrita y yo te recuerdo como lo que eres ahora, un ser excepcional. Mil felicidades por tu nena. Disfrutala cada momento, que crecen demasiado rapido. Mirate a ti y a tu prima como ejemplos 🙂 Un beso a ti y a tu cachorrita.

  5. Karla julio 4, 2013 a 4:24 am #

    Le agradezco a la vida el que me haya permitido DECIDIR no parir jamás. Felicidades para mí. Amén y amén. Bien hecho. Odio ser alguien que nunca fui.

  6. melissa agosto 6, 2013 a 8:17 am #

    No dejas de sorprenderme!, muchas felicidades por esa fortaleza. Ximena, abrazala tanto hasta que ella te pida espacio jajaja, crecen muy rapido!

  7. tecoloteloco mayo 10, 2014 a 5:52 pm #

    Directo al corazón. ¡Lloro!

  8. Essary Alderete septiembre 17, 2014 a 4:17 am #

    Hace poquito más de 3 meses que nació mi hija, fue un parto natural, de casi 19 horas de labor de parto en las que orgullosamente no me separé de mi esposa un instante, fue en agua, sin doula, fue en hospital pero prácticamente solo utilizamos sus instalaciones ya que no hubo mano médica que interviniera antes y durante la labor, mi esposa fué quien hizo todo, quienes estuvimos ahí solo fuimos unos espectadores de lo asombrosa que es la naturaleza y la mujer, yo estuve dentro de la tina junto con ellas y ellas dentro de mí todo el tiempo; Ámbar nació el 12 de Junio del 2014 a las 10:49 p.m. y nunca podré olvidar su rostro emergiendo de esa agua turbia y un poco sanguinolienta, su rostro con sus ojitos abiertos y dirigidos a los míos sabiendo que a quien estaba mirando es su Padre, su Padre enamorado de la Madre y de la Hija.

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