Te recuerdo, don Carlos

20 Abr
En el Camiral, con Esteban.

En el Camiral, con Esteban.

Hoy 20 de Abril Don Carlos hubiera cumplido años. No sé cuántos. Don Carlos fue el primer amigo con el que rompí la barrera generacional. La amistad obliga necesariamente a que conozcamos nuestras miradas. Es difícil que un hombre o una mujer mayor expongan sus adentros al joven.  Pero don Carlos me dejó ser su amiga, y yo también le abrí mi corazón.

Una mañana contesté el teléfono de casa –todavía vivía con mis papás, tenía 18 años-. Una voz preguntaba por la señorita Ximena Peredo. Lo que a continuación escuché era difícil de creer. Se trataba de un hombre que quería novelar su historia familiar y quería que yo la escribiera. ¿Dónde nos podemos encontrar? Escogí el Sanborn´s de Galerías, aunque el lugar siempre me disgustó.  Recuerdo que llegué conduciendo el auto de la familia, un shadow color guinda que llamábamos “el ushadow” porque lo compramos de segunda mano.  Llevaba puesta  la única blusa formal de botones y el pantalón de las asambleas cívicas de la prepa. Me acuerdo de haber llegado con bolsa de mano aunque nunca he sabido llevarme con ellas.  Las personas que conocí aquella mañana me cayeron muy bien aunque de ninguno pude retener el nombre. No pude saciar la curiosidad de mi madre.  Me llamaron al poco tiempo para decirme que sí querían que les escribiera la novela. Entonces llevaba apenas un año de escribir mi columna de opinión en el periódico El Norte. A don Carlos le gustaba mi prosa y mi edad nunca pareció importarle.  Ofrecieron pagarme 42 mil pesos.  Yo no lo podía creer.

El siguiente año lo pasé elaborando entrevistas, leyendo cartas, revisando fotografías y escribiendo capítulos de “El ejemplo arrastra” un título que evidencia el carácter doméstico de la historia. Así escuché la historia de vida de don Carlos. Lo escuché largas horas contarme anécdotas, datos, desenlaces. Apuntaba en un diario de pasta dura y grababa cada reunión. Luego les leía en voz alta los avances. Casi siempre quedaban complacidos.   Repentinamente nos hicimos amigos.

Nos encontrábamos en el Martin´s de Humberto Lobo.  Hablábamos de política y de religión, justo lo que suele no caber en las mesas de discusión. No podría decir que don Carlos era de izquierda, era más bien un libre pensador. Un hombre culto que se había salido del guión de su generación, que respetaba a las mujeres sin advertirlo, es decir, no como una concesión sino como un acto absolutamente natural. Lamento haber estado más atolondrada que ahora como para poder disfrutar más de su erudición. Don Carlos siempre quiso acercarme más al mundo de las letras y alejarme del de la política. Trató de convencerme de estudiar Letras y no Ciencia Política. También trató de acercarme a la cultura de la antigua Grecia. Don Carlos dialogaba permanentemente con los filósofos griegos. Me contaba sobre algún mito, o sobre alguna tragedia siempre con un tono simpático, que me hacía sentir feliz de tenerlo cerca. Cuánto quisiera conversar con él sobre la vida, sobre los significados que hoy le encuentro a Prometeo, sobre  los pitagóricos, sobre el alma de Platón. Siento que llegó muy pronto a mi vida y se fue rápido.

Hoy tendría cientos de cosas que contarle. Le preguntaría su opinión, le pediría consejos; me gustaría discutir algunos libros que recién leí. Quisiera compartirle mis últimos descubrimientos.  Pero no dejaría, ni siquiera ahora, de ser “don Carlos”. El prefijo era una remembranza lejana de la diferencia de edades, pero la confianza era clara, sin protocolos ni formalismos.

Un día don Carlos me regaló una ampliación de una fotografía del rancho El Camiral, uno de sus grandes amores. Este rancho era la representación de algo poderoso.  La conjunción del amor familiar, del amor creativo, del amor a la bóveda celeste. Todo lo importante parecía converger ahí. Me hablaba de este lugar con enorme orgullo, me contaba del jardín desértico, de los pinos; todo lo sembró él, los muebles de madera los construyó él mismo, lo complementaba Myrthala, a quien esta tarde también recuerdo con enorme nostalgia. Por eso me conmovió tanto que, años después, don Carlos me llevara a mi casa varios de estos muebles fabricados por él mismo.  Una de las cosas materiales más difíciles de despedir ahora que me vine a estudiar a Portugal fue, precisamente, la cabecera que mi amigo trazó, cortó y pulió.

Ahora lo recuerdo en sus últimas semanas, ya casi permanentemente acostado.  La última lección que nos dan los padres es saber morir. No sé cómo vivieron esos últimos días sus tres hijos, sus nietos y su esposa, pero a mi don Carlos me enseñó a morir.

En la última visita que le hice ya don Carlos había asumido su muerte. Yo salía de la ciudad por diez días y era posible que no lo volviera a ver. Mi amigo se despidió de mi con entera naturalidad. Como se despiden los camaradas después de una buena tarde de conversación. Su actitud religiosa era agnóstica y probablemente también atea. Por lo tanto, mi amigo no esperaba nada después de su muerte. Moría en paz sabiendo que muy probablemente en eso terminaría este misterioso viaje.

No moriré del todo, me dijo esa última tarde. Me habló por última vez del poeta Homero y yo le acaricié la frente, un atrevimiento que bien valió la pena.

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4 comentarios to “Te recuerdo, don Carlos”

  1. Gerardo Ortega abril 20, 2013 a 7:14 pm #

    Ximena, me gustó mucho esto que escribiste, saludos. Ayer falleció un familiar y tal vez ando sensible con las despedidas. Pero al menos en este rato hice presente aquí conmigo a don Carlos, y su presencia es agradable. Un abrazo.

  2. stéphanie. abril 21, 2013 a 5:20 pm #

    Gutiérrez Nájera. 🙂 siento que vivimos vidas paralelas en muchos encuentros con el mundo. Un beso Ximena, por esas historias y esos aprendizajes.

  3. Peñasco Digital abril 22, 2013 a 5:25 pm #

    XiMENA, TIENES LA PARTICUARLIDAD DE HACER QUE MIS OJOS SE LLENEN DE AGÜITA… GRACIAS!!!

  4. Ovidio Espinoza Cuadras abril 23, 2013 a 6:32 pm #

    Doña Ximena, es un gozo leer su obra. Soy uno “de los de la letra chiquita” de la familia Ortiz. Estoy casado desde hace muchos años con Aurora Velarde Ortiz – somos modelo 1968… un año para siempre recordar. Ahora ya tenemos un buen tiempo de recidir en Monterrey, en “La Colonia” como le dicen a San Pedro Garza Garcia de “Nosotros Los Nobles”… y, si a Ud. le costó trabajo incorporarse a una ciudad que como tren (ahora de alta velocidad) que va rápido, queremos que sepa que a nosotros también habiendo sido chilangos reincidentes (dos veces) y eso que mi Sra. es “regia de veras” (yo soy de Mexicali, nacido en Cananea Sonora). ¡Felicidades por este artículo que Eduardo mi cuñado nos hizo llegar! La liga hacia esta dirección si funciona y es un buen medio para agradecer su atención de parte de mi esposa y mia propia. Como dice Lalo, contar con su historia-novela (El Ejemplo Arrastra) es una fuente, bellamente comunicada, de valores para nosotros ahora ya con nietos. Don Carlos es (nosotros si creemos en la existencia eterna) una persona muy instruída, ex-seminarista (jesuita) al igual que su hermano Jorge. Siempre fué puntilloso pero atento y educado en su decir y todos ellos traviesos y “muy inquietos” como decía mi suegra, su hermana, Doña Aurora. Le estimamos aun sin conocerle en persona… por su obra se conoce a la gente. Un escritor tan franco y atinado al tema que atiende es una carácerística de excelencia. Esperamos que Portugal le siente bien y que el viejo continente le transmita su sabiduria milenaria, aun en estas fechas cuando está siendo pisoteada. Saludos.

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