El mejor viaje de mi vida

17 Ene

Otra mirada al mismo viaje, la mirada de Javier.

Te doy una canción

Hace algunos años, mi amiga Miriam me regaló un librito titulado ¿Cuál es mi canción? (de los hermanos Dennis y Mathew Linn). Este cuento narra la historia de una comunidad africana que “bautiza” a todos sus integrantes con una melodía que se compone el día en que la madre desea por primera vez quedar embarazada. Recuerdo que al leer esto quedé pasmada: ¿sabré identificar ese momento?, ¿seré algún día “tocada” por ese anhelo?  Pasaron los años y, en efecto, un día me asaltó por primera vez una ilusión nunca acariciada. No podría decir que de pronto quise ser madre, pero sí puedo identificar que un día mi manera de entender la “vida” se transformó. Y en adelante, la maternidad tomó muy otros significados. Luego, por primera vez, anhelé algún día convertirme en mamá de otro ser humano. Entendí la experiencia más como un convivio con el milagro de la vida que como una serie de exigencias por palomear. Antes, cuando pensaba en ser mamá me invadía un vértigo de no ser capaz de cuidar, enseñar, ¡entrenar! para sobrevivir en el rudísimo mundo: aprende inglés, baja los pies, no pierdas el tiempo, ¡revisemos tus aspiraciones una y otra vez hasta que memorices lo importante, anda! Todo esto me ponía de nervios y, francamente, ya tenía yo suficientes pelotitas en el aire como para desear un gigantesco balón sobre mi espinazo. Ahora siento todo menos nervios ante el porvenir. Mi ilusión por descubrir quién será mi hija tranquiliza cualquier temblor de inseguridad: ¿seré capaz de disfrutar compartir con ella y con su papá el milagro de la vida? ¡claro que seré capaz!

Esta radical transformación de mi concepto de mamá tuvo mucho que ver con tres episodios que compartí con Javier, quien ahora también se convierte en papá.  Todos acontecieron en tierra oaxaqueña.

El canto de los niñitos

Al cumplir yo treinta años llegamos a San José del Pacífico, antes San José de las Flores, el punto más alto de la sierra oaxaqueña. Llegamos de noche a refugiarnos bajo todas las cobijas que encontramos al alcance. Al día siguiente descubrimos que habíamos llegado a un lugar repleto de flores, desde donde es posible ver que, cruzando el majestuoso sistema de cañones y montañas, se asoma el mismo mar pacífico. Nuestra cabaña estaba enclavada en la ladera de uno de estos cañones así que desde su pequeña terraza podíamos contemplar las tonalidades verdes y doradas de un bosque íntegro, lleno de salud, que decidimos ir a visitar bajando por una vereda.  Los siguientes cuatro días los pasamos ahí adentro. Nos perdimos en el tiempo e ignoramos por completo cualquier concepto geopolítico; ya no estábamos en México, nadie nos gobernaba. Nos encontrábamos conviviendo con la Tierra. Todo lo que nuestros ojos podían contemplar estaba hecho de la misma materia que nuestros cuerpos. El día que muramos nuestro cuerpo se degradará igual que las miles de capas de hojas secas sobre las que caminamos. Así me hice consciente de mi mortalidad. Nos tendimos largas horas sobre una cobijita rosa que llevé desde Monterrey. Una de esas tardes, un águila se posó sobre una rama a penas a unos metros de nosotros. Recuerdo que esa mañana había leído algunas páginas de “Budismo zen y psicoanálisis” (un diálogo entre E. Fromm y D.T Suzuki, editado por el Fondo de Cultura Económica). Suzuki comentaba sobre la diferencia de miradas entre Occidente y Oriente, mientras que los occidentales cuando admiramos una flor la arrancamos, los occidentales “se sienten flor”. Así yo intenté “ser esa águila” que gozaba del consuelo del sol en la temperatura fresca del invierno y se acicalaba con paciencia, inocente de la belleza que irradiaba. Sentí su peso y su calor; intenté percibir su realidad y quedé profundamente agradecida por el regalo de hacernos sentir parte de ese bosque, no invasores, ni depredadores.

Hermana ballena

Luego, al cuarto día, abordamos una camioneta colectiva rumbo a Pochutla. No teníamos claro qué playa queríamos conocer, pero íbamos en busca del mar. En una callejuela oscura, entre turistas extranjeros y mis muchas ganas de hacer pipí, decidimos que iríamos a Mazunte. Fue una decisión intuitiva y práctica, pues ya dos chicas francesas se encontraban dispuestas a compartir con nosotros un taxi. Llegamos preguntando por algún hostal y afortunadamente dimos con el Ziga, que es lo suficientemente cómodo y su precio no nos dejaría en la ruina. De esa noche recuerdo el estruendo de las olas. Aunque no podíamos verlo, la presencia del poder del mar se imponía rotunda, como la gran soberana del lugar. A la mañana siguiente nos descubrimos en una pequeña bahía cercada entre lomas, una de ellas, Punta Cometa, el punto geográfico más al sur de todo México. Mazunte tiene dos espectáculos naturales prodigiosos, una es la bravura de sus olas que tiene un efecto hipnótico sobre el espectador y el otro es esta formación rocosa, Punta Cometa. Si estás sentado en la arena de Mazunte puedo asegurar que, o estás viendo las olas, o estás contemplando Punta Cometa. Nada compite con estas dos atracciones. Pasé horas frente a ese mar, largas y ahora añoradas horas, gozando de la puntual perpetuidad del oleaje.  En más de una ocasión rompí en aplausos, como vil público, frente a la caída sólida de una larga y perfecta cortina de agua azul.

Dos días después, muy temprano, Guadalupe tocó a la puerta de nuestro cuarto para indicarnos que era hora de salir al tour en lancha. Salimos modorros, pero ilusionados de conocer altamar. Apenas me trepé en la lancha supe que ya quería que el viaje terminara. Todo el trayecto estuve cierta de que ahora sí vomitaría. Intenté no hacer muy patente mi incomodidad para no pasar por “la chava dramas” de Monterrey.  Así que apreté la mano de Javier e intenté respirar profundo, como lo aconseja mi mamá ante cualquier eventualidad pero especialmente para sobrevivir a los mareos. La verdad es que iba con los ojos cerrados. Ya no me interesaba NA-DA ver ni el mar, ni las tortugas, ni las gaviotas. Yo lo que quería era regresar a tierra cuanto antes, cosa que sería imposible tomando en cuenta que no me mandaba sola. Otras cuatro parejas iban en la lancha tomando fotos y gozando de lo lindo. Pero en eso ocurrió un evento que, ahora puedo decirlo, se robó algo mío y me dejó algo más en su lugar. Nos encontramos una ballena gris. Una enorme ballena gris. La lancha se detuvo. Me puse de pie. ¡Dios mío, qué importante es ver de frente a un animal tan superior! Me conmovió muchísimo su tamaño. Era tan hermosa, me hacía sentir tan pequeña y tan frágil… y en eso, ¡splash! apareció su cría de un salto: ¡Estoy feliz, mamá!, casi lo escuché. Sus lomos se hundían y a los pocos segundos emergían frente a nosotros como dos seres compartiéndonos una imagen tan conocida: madre e hijo, una mañana cualquiera. No puedo comunicar lo que esa imagen desprogramó en mi. Algo se derrumbó como plomo y de ese desgarramiento surgió un llanto estremecedor.  La discreción que quise guardar antes quedó absolutamente perdida con ese lloriqueo desasosegado. No pude explicar nada, hasta mucho tiempo después. Pero a Javier y a mi nos quedó claro que algo había sucedido. Ahora es la primera vez que cuento esto así, sin sostenerme en alguna mirada.

Rompiste en mi corazón

Regresamos a Monterrey vibrantes de mar y de verdor. Decidimos que queríamos pasar “una temporada” en Mazunte. Así que meses después compramos un boleto para pasar un mes por allá, aunque luego la experiencia se alargó hasta dos meses para mi, y tres para Javier. Yo llegué con una caja de libros. Javier con su computadora. Nos instalamos en La vieja sirena, ideal para temporadas de más de una semana. Ocupamos el último bungaló con techo de palma y ventanas de miriñaque, o tela metálica, como le dicen en Monterrey. No había más que un teléfono satelital en el pueblo, desde el cual recibí tristes noticias sobre la pérdida de La Pastora, y desde donde le llamaba a mi familia los domingos. Por las madrugadas nos despertaba el escándalo de las aves que anunciaban diario con idéntico asombro la salida del sol. Fuimos felices todos y cada uno de los días que ahí compartimos. Leí todo lo que pude. Comimos pescado fresquísimo. Practiqué yoga. Tuvimos la fortuna de ser recibidos con mucho amor por los habitantes de esta posada pizzería y recibimos la sorpresiva visita de nuestro amigo Claudio un viernes cualquiera de aquella mágica temporada mazunteña. Pero sobre todo, creamos una relación con ese mar. Nunca imaginé sentir por el mar la cercanía que hoy siento. Es una relación de autoridad, pero nada autoritaria. El mar es una presencia viva, digna y dispuesta a divertirse con nosotros. Pero no puede negar su vocación de maestro.

Una tarde corrimos al mar a jugar. Quizá eran las cinco de la tarde. Todavía teníamos, al menos, dos horas de luz. Llevábamos pocos días en Mazunte. No pasábamos a la categoría de “residentes”, -todavía el barquillo de helado de coco nos los cobraban a precio turista, luego pagaríamos sólo la mitad.  Por lo tanto, tampoco conocíamos los ritmos, ni los temperamentos del mar. Sin darme cuenta me fui adentrando detrás de las olas, que burlaba por debajo o por arriba, según su talante. Javier, un poco más cauto al principio, mantenía su distancia de la playa. Entonces apareció la ola que rompería en mi corazón. Soy por naturaleza exagerada, pero creo que nunca volví a ver una tan gigantesca como esa. La vi crecer como una montaña. Supe que no había nada qué decidir. No podía evitar lo que estaba por ocurrirme. No podía correr. Ni desaparecer. Aquella montaña se derrumbaría íntegra sobre de mi.

Tomé aire y me llené de miedo. Bajé todo lo que pude al ras del suelo, quise asirme a la arena pero sólo me llené los puños de mar. Cuando sentí la cortina caer creí que la experiencia sería mucho menos grave de lo que pensé. Pero luego despertaron impetuosas las corrientes. No pude ofrecer resistencia. Perdí la orientación. Era imposible salir a la superficie. Me ahogaba. Cuando el mar decidió soltar mi cuerpo y  logré salir, vi que otras olas venían en camino. Papá, ven a rescatarme, pensé. Voltee hacia atrás buscando a Javier llena de terror,  y me quise poner a llorar como una niña perdida. Una vez puesta sobre la playa, escupiendo arena y agua salada, recibiendo toda clase de consuelos de mi hoy esposo, reproché al mar su maltrato. ¿Por qué lo hiciste?, ¿por qué así? Nos fuimos a la cabaña envueltos en desconcierto. Mi cuerpo siguió temblando varios días después y en las noches la misma ola me visitaba en sueños y pesadillas. La gente de la localidad nos dijo que las descargas energéticas de revolcadas semejantes suelen provocar cambios emocionales en las personas. Ahora, a más de un año de distancia agradezco haber coincidido con esa ola en ese instante imborrable. Trato de imaginar la historia de su vida y el trayecto que ambas trazamos para encontrarnos y me quedo maravillada imaginando que esa ola y yo estábamos destinadas a toparnos.

Así comenzó la aventura…  Javier y yo caminamos por un muelle de nueve meses para zarpar definitivamente a un viaje que transformará nuestras vidas.

Anuncios

6 comentarios to “El mejor viaje de mi vida”

  1. Raul Quintanilla enero 17, 2013 a 8:48 pm #

    Que bella historia, Ximena. Ya me puso todo sentimental jeje

  2. Graciela enero 17, 2013 a 9:47 pm #

    Me encanta tu relato, Ximena. Felicidades, para ambos, por la bebé.

  3. norma2606 enero 18, 2013 a 1:30 am #

    Al leer tus vivencias, me llevaron a imaginar toda esa experiencia. Feliz de que te encuentres entre nosotros para enriquecernos con tu pluma. Felicidades Ximena & Javier.
    Mis mejores deseos y mucho éxito para ambos. Doy la bienvenida y muchas bendiciones a su hijita.

  4. Miguel Ángel Villalobos Gómez enero 18, 2013 a 3:03 am #

    Maravillosa lectura, solo que Tal vez quisiste decir: “mientras que los occidentales cuando admiramos una flor la arrancamos, los orientales “se sienten flor”.

  5. Luis septiembre 9, 2013 a 2:27 am #

    Cuando leí tu texto, recién publicado, me conmovió profundamente y aunque quise expresar algo, no pude siquiera escribir nada…
    Visualicé los encuentros que describes, su ‘toque místico’, la huella formidable de las fuerzas y entidades de la naturaleza cuando se nos revelan, experencias chamánicas.
    Sobre todo, admiré tu luminosa sensibilidad humana y también tu arte literario, tu bellísima forma de escribir y compartirnos tu experiencia. Tu texto me llevó hasta allí, sentí tu relato.

    Hoy lo leí de nuevo, y también de nuevo me llevó a recordar mi paso por San José del Pacífico, sus bosques…

    El video es poesía visual pura.

    Gracias Ximena por compartir el mejor viaje de tu vida.
    Y felicidades a ambos, por su bebé.

    • ximenaperedo septiembre 9, 2013 a 9:26 pm #

      Gracias, Luis, por comentar. Sentimos tu cercanía y creo que por algo así, por una respuesta tan humana y cálida es que nos decidimos a compartir algo tan íntimo. Gracias de corazón.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: