Jugar al tonto

25 Nov

Se acaban los argumentos. Pronto tendremos que aceptar que la mariguana no es lo que la propaganda prohibicionista nos hizo creer. Así como hoy nos cuesta trabajo imaginar cómo se logró prohibir el alcohol durante 13 años en Estados Unidos, de igual forma será penoso tratar de rescatar las razones lógicas que tuvieron los gobiernos de los últimos 40 años para penalizar el consumo de esta planta. ¿Tanta destrucción, muerte y sufrimiento por esto?, se preguntarán los mexicanos del futuro.

La mariguana es la droga ilegal de mayor consumo en el mundo y México es su principal productor. Esto nos podría abrir las puertas a enormes posibilidades de crecimiento, sin embargo, algunos prejuicios nos atoran. Todavía hay quien defiende una guerra que banaliza al extremo el valor de la vida humana antes que apoyar la única estrategia que ha probado reducir la violencia y restar poder a las mafias: despenalizar y regularla.

En la medida en que seamos más conscientes del poder de la propaganda, del manejo discrecional de la información y de la impostura sistemática de quienes nos representan, abandonaremos el indigno rol de repetidores de lo que no nos consta.

¿Y qué nos consta? Que nadie ha muerto por sobredosis de mariguana. Que la adicción que causa no se compara a la del tabaco, alcohol u otras drogas más fuertes. Que tiene espléndidos beneficios como analgésico y relajante, y que podría aliviar los síntomas de quienes luchan contra el cáncer o la esclerosis múltiple sin los efectos secundarios de las drogas que encontramos en farmacias. El único síndrome de abstinencia más frecuente en usuarios que suspendieron su consumo son problemas de insomnio por algunos días.

Podríamos -merecemos, necesitamos- saber mucho más, pero es difícil que un laboratorio farmacéutico se anime a financiar o publicar investigaciones cuyos resultados podrían mermar sus ventas; lo mismo sucede con los gobiernos que se niegan a alimentar el debate con información oficial.

El Gobierno mexicano tuvo que ser presionado por académicos y activistas para publicar la última Encuesta Nacional de Adicciones, del 2011, que comprueba la sospecha de que el consumo de drogas ilegales sigue creciendo.

Esto quiere decir que la guerra contra las drogas fue un fracaso que devino en desastre. No sólo no se ha conseguido erradicar el narcotráfico -fuente de ingresos de miles de familias mexicanas-, sino que, además, ni siquiera consiguió reducir el consumo. Quizá es momento de advertir que la gente que quiere consumir mariguana, cocaína, opiáceos, entre otros, no dejará de hacerlo porque esté prohibido. Nuestra relación con las drogas es muy anterior a la idea de Estado; me arriesgo a decir que antes cae el Estado que las drogas.

México tiene suficientes motivos para abandonar el paradigma prohibicionista. Es una lástima que espere a formarse en la fila de los arrepentidos obligado por el contexto internacional. Con la legalización del uso recreativo de la cannabis en los estados de Washington y Colorado, el 6 de noviembre pasado, se cruzó un punto sin retorno. Estas dos experiencias serán fuente de información, que es lo único que precisamos para desmantelar la mitología del absurdo que ha vuelto demoniaca a una planta del planeta.

Pero además, el Presidente de Uruguay, José Mujica, propuso al Congreso que el Gobierno sembrara toda la mariguana que consumen los ciudadanos uruguayos -aproximadamente 27 mil kilogramos anuales.

“Lo que me asusta es el narcotráfico, no las drogas”, dijo Mujica. Con esto, se arrebataría a la mafia la posibilidad de adueñarse de un mercado incipiente, y los recursos generados serían invertidos en investigación y rehabilitación de adictos a otras drogas.

Quizá valga la pena subrayar la diferencia entre consumo responsable y adicción. No sería justo creer que disfrutar de la cerveza o del buen vino nos vuelve alcohólicos y el alcohol, basta recordarlo, es mucho más adictivo que la planta cannabis.

Por último, Portugal mantiene despenalizado el uso de mariguana desde el 2001, con lo que redujo significativamente la población de sus cárceles sin incrementar el índice de su consumo nacional.

¿Seguimos jugando al tonto o ya nos ponemos serios?

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