Reventar los límites

27 Sep

 Con saudade,

 para María del Mar

En el último par de años me dio por denostar todo lo que a mi interpretación parecía un esfuerzo infructuoso. Hija de la posmodernidad, dudé hasta mofarme de un gran número de ilusiones que, ahora reconozco, dan sentido a nuestros días. ¿Qué esperaba? ¿qué los seres humanos pudiéramos idear algo que no fuera ilusorio? En estos últimos meses, sin embargo,  he venido reparando en la hermosa posibilidad de que vivamos de ilusiones. Pues bien, dentro de los mea culpa que ahora pesan, quiero ofrecer el primero a los defensores de derechos humanos.

Amamantar se ha vuelto uno de mis temas reflexivos recurrentes. Dar de comer del propio cuerpo a otro ser es un acto que me representa la generosidad intrínseca, instintiva, que a veces nos cuesta reconocer en nuestra propia especie. Alimentar al hijo con leche de nuestro seno es un acto de mil lecturas, antropológicas sólo en un primer plano, detrás incontables velos se acarician. La voracidad de los tiempos que vivimos, sin embargo, nos invita a inhibir ciertos saberes que supongo naturales. En el siglo XXI –pero desde finales del siglo XX en realidad- se ha tenido que recurrir, vaya excentricidad,  al activismo en pro de la leche materna. Esto es, un grupo de madres nodrizas realizan esfuerzos públicos por recordarnos la importancia y la belleza de amamantar a los bebés. Parece que la medicina industrial ha logrado convencer a miles de mujeres no sólo de que no saben parir sino de que su leche es de mala calidad o es insuficiente para así venderles cesáreas y polvos lácteos.

Quizá por estos hilos que ahora traigo moviéndose es que pedí a Ángeles, la guía del Museo del Prado, que me mostrara la pintura de la hija que amamanta a su propio padre. Ángeles me dijo que sobre el mismo tema hay muchas variaciones por lo que no sabría a cuál me estoy refiriendo; pero me llevó a ver la escultura de Antonio Solá, que se llama La caridad romana (1851). Parece que el tema del padre encarcelado y condenado a ejecución (Cimón) a quien la hija visita y da de comer de su pecho para que no muera de inanición fue un tema bastante explorado por varias generaciones de pintores. En casi todas las versiones la hija, sabiéndose en falta ¿moral? ¿legal?, vigila furtiva que la mirada de algún centinela no los sorprenda mientras ofrece un pecho a su viejo padre, quien, abatido y dependiente, se prende y mama. Lleva el viejo las manos sujetadas por grilletes y el breve escenario que se adivina es de una celda desnuda.

del escultor Antonio Solá, Museo del Prado.

Su padre morirá. Ella lo sabe. No tiene posibilidades de salvarle la vida, sólo puede alargársela y quizá no en un sentido cronológico, pero sí moral. La hija alarga su vida al padre cuando ofrece reventar los límites de la norma. Su acto es infructuoso, sí, pues un poco de leche no lo salvará del cadalso, y, sin embargo, lo abastece de vida mejor que cualquier alimento. Es el poder de la caridad.

Quién me iba a decir que esta hermosa escultura me remitiría al trabajo de los defensores de derechos humanos. Conozco algunas de las dudas que los asaltan en sus diarios avatares, pero me hacía falta comprender sus razones. ¿Qué los sostiene? ¿Es que no se dan cuenta de que las violaciones a derechos humanos forman parte del sistema que sostiene nuestra cultura?

Así como la hija sabe que no puede salvarle la vida a su padre, los defensores de derechos humanos reconocen que no pueden detener la desaparición de personas, -provocada por muy otros motivos que en nada están relacionados a la calidad ni al compromiso de su trabajo-, ni encontrar vivos a quienes buscan con desespero. La narcopolítica mexicana, el saqueo y la degradación de la función pública, por no hablar del sistema económico pútrido que gobierna la aldea global, no serán erradicados al acompañar a la madre de una víctima de desaparición por los pasillos del ministerio público, ni frente a los jueces, ni ante los máximos tribunales y, sin embargo, esa madre está siendo testigo de cómo un defensor revienta el límite de la norma poniendo incluso su vida en peligro para ofrecer lo inverosímil: justicia. Así como la escultura de Solá recibía el nombre de “Caridad”, creo que la escena de un defensor acompañando a las víctimas podría portar el título de “Justicia”. La justicia no habita más en las instituciones que le construyeron, es un valor que la sociedad misma debe recuperar y eso es lo que hacen hoy los defensores de derechos humanos en el mundo. Llenan de justicia los escritorios públicos con sus alegatos, la encarnan al comprometerse con un caso doloroso y peligroso, la comparten con la sociedad al permanecer cuando se ha extinguido la última luz de la certeza.

Ahora bien, no hay más que ilusiones. Escribo ilusiones y vivo en ellas y para ellas. La defensa de derechos humanos es una ilusión que llena de sentido la vida de muchas personas; pero es una ilusión poderosa, pues renueva los fundamentos de la convivencia social.

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2 comentarios to “Reventar los límites”

  1. Guillermo Sánchez septiembre 27, 2012 a 6:16 pm #

    Debería de leer lo referente a “la primer vivencia de satisfacción” propuesta por Freud, ese hecho vital tiene improtantes repercusiones en la vida, entre ellas, la de dejar marca en lo que será en adelante el deseo humano, irrepetible comparado con esa primera vez que el bebé sació su hambre, con la leche materna.

    • carlos septiembre 28, 2012 a 3:46 pm #

      Creo que no es conveniente mencionar o hacer referencias a pseudociencias cómo el psicoanalisis, sobretodo por que ahora se sabe que Freud era un fraude.

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