Aprender a despedirse

7 Sep

Despedirse con alegría es un arte difícil de aprender. No sé de dónde nos viene la nostalgia, o el apego, ni quién nos enseña a sentirnos desolados cuando el barco que se aleja se ha convertido en un punto diminuto en el horizonte. Las despedidas son la contundencia de los ciclos, los finales y los principios, la misteriosa vida que guarda con celo los secretos del porvenir. Hoy pido permiso para despedirme de Monterrey por un rato.

Es un adiós sui géneris, del siglo 21, es decir, una distancia física que no obliga a la incomunicación. Así es que me voy parcialmente, no sólo porque no hay forma de mudar el corazón, ni las querencias que uno deja, sino gracias a la tecnología que nos acerca irreversiblemente. Tampoco hay manera de olvidarse de las esperanzas que uno sembró en algún sitio, ni las angustias que nacen de un cariño filial por el espacio que compartimos.

Me voy a una breve estancia de estudios en la Universidad de Coimbra, en Portugal. Pero al atender mis necesidades afectivas me doy cuenta que no sólo deseo despedirme por un tiempo de la gente que quiero y que llena mi vida de sentido, sino que me descubro despidiéndome de las montañas, del Cerro de la Silla, de mis parques favoritos, de las cotorras que se pasean en parvada por el cielo y de los pocos árboles que sobreviven en la Calzada Madero.

Hace algunos meses cometimos la osadía de subir a uno de los picos del Cerro de la Silla. Digo osadía porque no nos encontrábamos en óptimas condiciones físicas y la aventura tornó en una peregrinación cuasiespiritual en la que los dolores intentan disuadir a la voluntad personal. Hicimos cumbre a mediodía. Era un domingo nublado y la Ciudad se desperezaba aletargadamente, cargando el ajetreo de la semana sobre su lastimado lomo.

Estando allá arriba, en uno de los picos de La Silla que tanto me impone, advertí lo que a ras de pavimento parece incierto pero a mil 800 metros de altura resulta irrefutable. Vivimos en un espacio privilegiado del planeta. Los fundadores no erraron al elegir los ojos de agua de Santa Lucía en el Valle de Extremadura, cercado de majestuosas montañas y cañones.

Allá arriba tuve un diálogo nuevo con la Ciudad. Tendríamos que ser un pueblo de montañistas, y los niños y las niñas tendrían que irse preparando para conocer a lo largo de su vida todas y cada una de nuestras cumbres.

En nuestras pláticas diarias hablaríamos de veredas, de fauna y de flora, y un poco menos de lo de siempre: futbol, violencia, cerveza y consumo. En lugar de tener el primer lugar nacional en obesidad infantil, tendríamos las cumbres llenas de tiernas banderas infantiles.

Cuento esto porque quiero dejar este sueño en algún espacio. Es hora de plantear a las próximas generaciones un Monterrey que invite a disfrutar más de la vida, que nos reconectemos con la potencia de nuestra propia energía, que recuperemos nuestra confianza en nuestro cuerpo. Las próximas generaciones de regiomontanos tendrán que reeducarnos. Creo que es posible. El desgaste y la muerte llaman a la reparación y al renacimiento.

Me despido dejando este deseo. Que un día estemos más ligados a las montañas que al concreto y al acero. Esto no es tarea ni de gobiernos ni de ciudadanos, sino de los seres humanos que compartiremos el futuro en este espacio.

Mucho antes de que probara el sabor de las despedidas leí.

“Siddhartha”, de Hermann Hesse. En esta pequeña novela hay un pasaje muy sencillo que me marcó de por vida: la despedida del protagonista, Siddhartha Gautama, de su gran amigo Govinda. Hesse describe aquel adiós de forma tan alegre que parece un feliz reencuentro. Con esta confianza me despido de las calles que siento parte de mi cuerpo, de los amigos y de la familia.

De mis lectores no me despido porque en este espacio nos seguiremos encontrando. Les agradeceré que me acompañen con su correspondencia en el próximo par de años. Cuéntenme de la Ciudad que se transforma, yo les contaré de la Ciudad que seguiremos compartiendo porque la llevo conmigo.

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6 comentarios to “Aprender a despedirse”

  1. Dreya septiembre 7, 2012 a 5:34 pm #

    Buen viaje Ximena! y comparto tu deseo de amor a las montañas. Yo también las extraño! Un abrazo.
    Andrea

  2. saulescobedo septiembre 7, 2012 a 5:37 pm #

    Luego lo más raro va a ser depedirte de Portugal cuando llegue el momento (si acaso). Luego ya tendrás dos casas.

  3. Ricardo Torres septiembre 7, 2012 a 7:59 pm #

    hasta siempre Ximena

  4. Laura Jorge septiembre 7, 2012 a 8:37 pm #

    XIMENA … te debo el abrazo que no te dí al final de la misa de una amiga mutua, te leo y admiro y me da mucho gusto saber que siempre inquieta , creas y compartes, BENDICIONES y todo mi afecto 🙂 , Laura Jorge

  5. Lulú V. Barrera septiembre 8, 2012 a 1:37 am #

    Cuando vivía por allá algunas veces subí sola a la Loma Larga, me gustaba ver atardecer, y ver desde ahí también las montañas… una libertad que al mismo tiempo te recuerda de tu pequeñez en el mundo y de tu pertenencia a él. Buen viaje Ximena, y alegría a la nueva vida que viene, en todos los sentidos, que crezca más cerca a la naturaleza.

  6. Gerardo Tristan septiembre 8, 2012 a 4:54 pm #

    Deseo compartido: Que el valle vuelva a reverdecer Ximena! Te deseo lo mejor en tu aventura en las europas! Las montanas te esperaran!

    xoxo

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