Cómo mantener la calma

20 Abr

No respaldamos con confianza a nuestros gobiernos y, sin embargo, parecen no necesitarnos. Son sostenidos por publicidad pagada por nosotros mismos y por reglas dictadas por ellos mismos.

Cuando al ciudadano se le cae la venda de los ojos y no teme declararse estafado por su Gobierno, se advierte por primera vez cautivo entre leyes que quisiera desaprender. Éstas son las condiciones indispensables para reconocer que es tiempo de un nuevo contrato social.

Sucede que me fascina vivir y ése es, paradójicamente, mi gran problema. No comprendo por qué la calidad de mi experiencia depende de terceras personas que ni siquiera conozco. Si mi temerario Alcalde decide involucrarse en negocios sucios, si mi Gobernador necesita exhibir su poder para sentirse respetado, si mi regidor no entiende lo que aprueba, ¿por qué tengo yo que pagar los platos rotos?, ¿por qué me sudan las manos cuando camino por las calles que hace apenas unos años disfrutaba tanto?

Quienes detentan el poder público no tienen méritos ni son reconocidos como honestos, sino todo lo contrario. Pasan de generarnos deuda en una dependencia a saquear otra, vía elección popular. Son vividores de la política.

Es grave tomar conciencia de esta estafa, pero el desasosiego es mayor cuando nos advertimos cautivos en el fatal espectáculo. Debilitado el Estado de derecho como lo está, parece que es muy poco lo que podemos hacer para defendernos, vaya paradoja, de quienes debieran protegernos.

Cuando la democracia no se democratiza deviene en fascismo social, dice el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos. Los políticos insisten en borrarnos de la fórmula para gobernar. Es ridículo, por ejemplo, defender el chapulineo político con el argumento de la profesionalización de la función pública, ¿no se les ocurre que quienes debemos decidir quién podría abandonar su cargo para buscar una candidatura somos precisamente nosotros, quienes hemos padecido sus errores o sus omisiones en el poder? ¿Por qué temen preguntarnos?

En las próximas semanas integrantes de la delincuencia organizada oficial, es decir, la red de políticos impunes, tomará por asalto nuestra Ciudad con sus campañas. Soportar estos próximos meses será más difícil para quienes comprendemos este juego como una gran simulación que nos han obligado a financiar y, sin embargo, hay una nueva respuesta que me entusiasma: una generación de ciudadanos, todavía muy pocos, que no temen decirle al candidato: “Ya no más de ti. Ya no más de lo que representas”.

La indignación no es novedad, pero, a diferencia de otros tiempos, esta generación tiene menos posibilidades de terminar resignada. No es que tengamos más energía, ni que seamos más resistentes. Es, sencillamente, que la posibilidad de morir en cualquier momento en una guerra que no apoyamos se nos presentó real y contundente. Ese relámpago activó algunas preguntas que terminarán por cancelar el show sin que se arroje una sola piedra porque a todos nos conviene acordar un nuevo comienzo.

Por eso hablo de la urgencia de un nuevo contrato social. No se trata de imponerlo a patadas, ni de cortar cabezas como lo hicieron los revolucionarios franceses porque, como se ha visto, jugar al vencedor sólo perpetúa el conflicto. No nos interesa arrebatarles la batuta, ni humillarlos -por si tuvieran por ahí algo de vergüenza- porque no nos entusiasma apostar nuestra experiencia al conflicto.

Este nuevo contrato social debe tener en el centro la protección a la vida, y el derecho a la felicidad. Su narrativa tendrá la vigencia de la verosimilitud. Cuando sea ilógico seguir sus reglas, debe ser renovado. Así, por ejemplo, en materia económica, no se prohibirá la empresa privada de vocación capitalista, pero sí se procurará protección a alternativas de producción no capitalistas, como la cooperativa, que reparte equitativamente la riqueza.

No se cerrarán los supermercados con sus frutas y vegetales bellos, pero insípidos, pero sí se procurará que las colonias cultiven sus propios huertos. Otro ejemplo: a nadie se le prohibirá producir teléfonos, refrigeradores, planchas, pero tendremos centros de trueque y de reparación de electrodomésticos públicos.

Se trata de mudarnos a una lógica más humanizante. Esto no sólo nos lo dicta el instinto de supervivencia, sino el deseo legítimo de disfrutar esta breve estancia.

ximenaperedo@gmail.com

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Una respuesta to “Cómo mantener la calma”

  1. Sra. Mamá pulpo abril 20, 2012 a 2:30 pm #

    Ximena, desde hace tiempo te leo y te admiro, yo viví en Monterrey y ahora ya me mudé a Querétaro y a veces me da tristeza que fuera de las zonas de conflicto la gente no se da cuenta de lo mal que esta el país y de la necesidad de hacer algo. Me tiran de loca cuando digo que estamos en guerra prácticamente. Parece que todos necesitamos estar muy afectados para dejar nuestra apatía y nuestro individualismo. Sin embargo, desde mi trinchera voy a hacer algo y como dices tú, las alternativas son pequeñas pero poco a poco generarán mucho más que la violencia y un conflicto de frente.
    Felicidades por tu valentía y en mí tienes alguien que te apoya y te sigue.

    Saludos

    Marta Hoyos
    alias Mamá Pulpo

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