El cosmos y la ciudad

6 Abr

“Creo que nuestro futuro depende del grado de comprensión que tengamos del Cosmos en el cual flotamos como una mota de polvo en el cielo de la mañana”, escribió Carl Sagan en su libro “Cosmos” en 1980.

La Tierra, nuestro hogar, está arrojada y perdida en el vacío de la noche intergaláctica. Los cuerpos que también habitan este universo son incontables y están separados por distancias espectaculares, alegoría de un reguero de estrellas provocado por la gran explosión, el Big Bang. Alguna vez todo cuanto hay fue un mismo ser.

En esto coinciden poetas y científicos: somos polvo de estrellas. Estamos hechos con los mismos ingredientes que todo lo que hay, lo único que cambia es la fórmula. Sagan diría que somos una forma de conciencia que tiene el Cosmos para comprenderse a sí mismo. Aunque, por desgracia, estos grandes misterios parecen irrelevantes en la ciudad que censura el resplandor del manto estelar. No ver las estrellas en la noche equivale a una suerte de orfandad, a un extravío original.

Quizá por eso es que en ambientes densamente poblados olvidamos a menudo lo que los griegos tenían claro. “La confianza de los griegos en algo que los superaba venía de la proporcionalidad entre el cosmos y la ciudad. Sólo así podían pensar la ciudad como comunidad”, escribe la filósofa Myriam Revault en “El Poder de los Comienzos: Ensayo sobre la Autoridad” (Amorrortu Editores, 2008). Los seres urbanos corremos el riesgo de olvidar ciertos comienzos, como el sistema político o el económico, artificios imperfectos que han deformado en tiranías institucionalizadas.

Si tengo conciencia segundos antes de morir, quisiera tener la sabiduría para recordar la belleza que han visto mis ojos en esta vida. Aunque habría muchos rostros de personas que me son entrañables, el mar y las noches estrelladas me consolarán si en ese momento me asaltara la tristeza. Así seré un ser humano despidiéndose, y no un ser ahorcado por sus propios demonios.

La ciudad se corrompe cuando sacrifica a las estrellas a cambio de un viejo letrero de neón con la palabra “progreso”. Los centros urbanos deberían plantear como límite de crecimiento que sus luces no opaquen la visión de las estrellas por la noche. Seríamos más felices, se lo aseguro. “Nuestras contemplaciones más tibias sobre el cosmos nos conmueven: un escalofrío recorre nuestro espinazo, la voz se nos quiebra, hay una sensación débil, como la de un recuerdo lejano o la de caer desde lo alto”, escribe Sagan.

Hacemos coloquios y escribimos libros para discutir sobre cómo mejorar lo incorregible. La pirámide jerárquica, está comprobado, siempre termina corrompiendo a los humanos. Hemos venido creyendo que la fuente de nuestros problemas más graves podría arreglarse por la vía del orden político. A esta idea le hemos apostado demasiado, tanto, que ya podríamos llamarla obsesión.

Nos llegan a cuentagotas noticias de Islandia, la pequeña isla de 300 mil habitantes que cayó en una crisis financiera en 2008 (sobre esta bancarrota le recomiendo que vea el documental “Inside Job”, en español titulado “Trabajo Confidencial/Dinero Sucio”, Charles Ferguson, 2010) cuya población se negó a pagar la crisis provocada por los excesos de una minoría. No pagaremos, dijo el pueblo. El día de hoy, Islandia rediseña su Constitución y ha iniciado un juicio único en el mundo en contra del ex Primer Ministro, Geir Haarde, “por no impedir la crisis financiera”.

¿Qué tiene Islandia que no tiene México? Es la pregunta punzante. ¿Por qué no podemos llegar a ese nivel de civilidad en el que, sin asesinarse, se ponen otra vez de acuerdo? Tenemos la obligación moral de contestar esta pregunta, aunque nos equivoquemos. Así como los priistas dirían que la diferencia es que Peña Nieto no ha sido Presidente, yo me aventuro en la hipótesis de que al contemplar auroras boreales, cielos repletos de estrellas y soles de medianoche, los islandeses se comprenden comunidad.

Hoy, aprovechando que los altoparlantes que instalan “la normalidad” en la Ciudad están apagados, propongo que nos preocupemos por volver a ver el resplandor del Cosmos en nuestras noches. Me parece mejor plan que intentar redimir a los políticos.

ximenaperedo@gmail.com

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Una respuesta to “El cosmos y la ciudad”

  1. Federico abril 6, 2012 a 9:47 pm #

    La insignificancia con respecto al universo, o la conciencia de ella pueden llevarnos a reflexionar acerca de nuestro hogar, el planeta tierra, pero parece que no es tan fácil para los seres humanos.
    La conciencia de unidad proponen todas las filosofías humanistas, algunas en metáfora otras directamente.
    Los seres humanos no corren el riesgo, más bien desde hace tiempo, el margen de seguridad está rebasado. El cielo está cubierto por la avaricia de la concentración del capital a cualquier costo. El cielo y los humanos bajo éste se irán al proceso de la macro evolución sin darse cuenta. Es decir, los procesos que una vez se desencadenaron, ahora es cuando empiezan a verse las consecuencias. Pero el planeta se regenerará, aún se tenga que sacudir a la especie humana.
    El humano en su insignificante pequeñez actúa como si fuera el centro del universo. Como si la insignificancia fuera una carencia proyectada, es por eso el deseo de ser magno.
    El apego o el ego en el humano requiere ser destruido para tener otra visión. Es lo que proponen en síntesis las filosofías creadas por destacados seres humanos. Desde Don Juan Matus, personaje de Carlos Castaneda, hasta las propuestas de uno los doctores de la iglesia católica como San Juan de la Cruz así como las filosofías orientales y asiáticas. La muerte del ego es el reto, pero desde mi apocalíptica visión es difícil, porque en el humano predomina lo biológico, antes que lo humano.
    Parece que las soluciones más rápidas son eminentemente del orden animal, solamente cuando el humano es puesto en una posición de no tener nada que perder a cambio de hacer algo, solo así actúa, que es el caso de Islandia. Es triste para mí, que para hacer algo a nuestro favor, necesitamos estar el borde del abismo. Pero parce que los cambios sociales tendrán necesariamente de por medio la violencia, por la razón que quienes detentan el poder, no lo cederán por su propia voluntad, sino que hacen todo lo necesario para que el sistema se mantenga intáacto, como lo muestra Charles Ferguson en su trabajo de “Inside Job”.
    La opción a largo plazo, –muy largo– siempre será la participación social, de tal manera que los mismos ciudadanos gestionen una masa crítica y que se asuman como actores de la sociedad con todo lo que implica, así podremos refutar la tesis de Carlos Marx: “ La violencia es la partera de toda vieja sociedad preñada de una nueva”

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