Striptease

16 Mar

La clase política no tiene empacho en hacer un striptease para mostrarse entre sonrisas tal cual es. No es necesario denunciarlos. No hace falta un valiente que grite ¡Nos roban! ¡Se burlan de nosotros! Ellos mismos se desnudan gozosos ante la masa educada por la televisión local que pide a gritos verlos bailar reggaetón. Al pueblo lo que pide. Éste es el grave problema que enfrentamos: ¿qué está pidiendo el pueblo?

Durante muchos años pensé que el problema estaba en la punta de la pirámide. Si de veras eran irredimibles, bastaría con denunciar a los avaros y miserables que causan daños irreparables a la sociedad comprando justificaciones y apoyos. Se necesita ser muy valiente para llamar al empresario corrupto y al gobernante impostor, pero el temor se conoce después del reclamo, cuando la sociedad no responde.

La clase política no nos condena, nos condena la gigantesca masa de pobres y ricos, de titulados y de analfabetas, de teporochos y cocainómanos, de gente decente e indecente, a quienes la política les da pereza.

El grueso de la población no advierte que la política está dentro de sus casas: en sus alimentos, en el aire tóxico que respira, en la depresión de sus hijos; se siente aislado, pero está cercado. Su indolencia, y no el pésimo nivel de los políticos, es el más grave problema que enfrentamos en Nuevo León.

Entonces habrá que comunicarse con esa masa que, como ya lo he expuesto, está conformada por gente frívola sin importar su clase social. El primer problema que enfrentamos es que los mensajes políticos les fastidian. Detestan las quejas. No soportan malas noticias que escapan de la nota roja. Para huir de la indignación que compromete sospechan del mensajero.

El segundo problema es que los canales masivos de comunicación -radio y televisión principalmente- siguen anclados en la tradicional forma de cuidar sus concesiones, es decir, miman al Estado y a los poderes fácticos con quienes haya que negociar. No les ha interesado formar audiencias críticas que a la postre demostrarían fidelidad con el medio. Todavía creen que dar cabida al discurso ciudadano no conviene a sus intereses. No se advierten parte de un tiempo histórico ni en un espacio global.

El tercer problema que distingo es que en tierra de ciegos basta con parecer tuerto para ser rey. Nuestro nivel de cultura política es tan deplorable que todavía nos impresionan los discursos salpicados de palabras domingueras. Como hemos sido educados en el arte de parecer, cuando se necesita de alguien que de verdad sepa, confundidos levantamos los hombros. Hay muy poco compromiso con el conocimiento.

Por eso la pequeña masa crítica regiomontana debe dirigir su inevitable desgaste a criticar nuestra cultura, es decir, nuestras creencias, aspiraciones y fobias. No vale la pena apostar exclusivamente nuestros limitados esfuerzos a discutir con una clase política cínica y enferma de poder. Es necesario crear mensajes lógicos y atractivos que comprenda la sociedad en etapa de preciudadanía.

Estamos, sin embargo, atestiguando un despertar ciudadano sin parangón en los últimos 30 años. Ayer en el Tec, y el lunes pasado en la UANL, la minoría politizada e indignada manifestó su repudio a la violencia en memoria de sus compañeros asesinados en esta guerra impuesta, de la que no formamos parte. Es una enorme tentación apuntar hacia lo alto de la pirámide para gritar ¡culpables!, pero los adjetivos, por más legítimos que sean, no conmueven a la masa durmiente.

Creo que es necesario estar al tanto de la programación de la televisión y de la radio locales. Es imprescindible conocer los mensajes que adormecen la capacidad crítica de la gran masa de consumidores para que advirtamos que el peligro es seguir creyendo lo que creemos. Todo movimiento ciudadano sucumbirá si no se aboca a facilitar que el ciudadano represente su indignación sin intermediarios.

El striptease de la clase política sólo se cancelará cuando haya consenso sobre lo indignante y patético que es.

ximenaperedo@gmail.com

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