El Papa de cera

2 Dic

Me causó una gran impresión que 240 mil regiomontanos asistieran a la Basílica a ver una figura de cera de Juan Pablo II que llevaba en su pecho gotas de sangre que, vamos a darlo por cierto, fueron extraídas del cuerpo del ex Papa en el 2005. No pretendo descalificar un acto de fe tan legítimo, como la adoración a la Santa Muerte, por cierto, pero sí me interesa reflexionar sobre algunos perjuicios de vivir ilusionados, en evasión permanente.

El ser humano apenas está estudiando el poder de su pensamiento. Mientras que el resto de los animales actúa en un solo plano, nosotros los humanos podemos percibir la realidad de muchas formas gracias a nuestro potencial creativo. La hormiga no imagina, pero nosotros podemos pasar la vida de nube en nube. Esto es la llave a la felicidad y a la desdicha. Nuestras fantasías nos acosan y nos cercan de la misma forma que nos generan fabulosas ilusiones que nos mantienen vivos.

No podemos prescindir de las ilusiones, pero sí podemos preguntarnos qué tanta angustia nos genera pensar como pensamos. Nuestras creencias suelen convertirse en jaulas, y no me refiero únicamente a creencias religiosas, sino a, por ejemplo, creer que los hombres son todos iguales, o que las mujeres somos frívolas; creer que los güeros son más decentes que los morenos, o que la gente vale por lo que tiene.

Hubo un tiempo en el que fui muy religiosa. Ahora mismo recuerdo una columna que escribí en 1999 a propósito de la visita del Papa Juan Pablo II al Autódromo Hermanos Rodríguez, en la Ciudad de México. La columna la titulé “Acorralada por un anhelo” porque estuve dentro de un corral muchas horas hacinada junto a miles de personas, pero el título me gusta más ahora, pues a la distancia me observo tal cual: acorralada por mi ilusión.

Es extraño: expedida la licencia de fe todos podemos asegurar lo insostenible. Nunca platiqué con Juan Pablo II, tampoco fui lectora de sus documentos y, sin embargo, me atreví a definirlo. Aquella colaboración la cerré de la siguiente forma: “Un hombre de caminar cansado… un ser humano excepcional, con todas sus fuerzas centradas en amar. El Papa Juan Pablo II me vino a visitar y me dijo que no tuviera miedo”.

La figura del Papa -o de Justin Bieber, por ejemplo- es poderosa porque acepta nuestras (mejores) fantasías, pero es importante advertir la posibilidad de que ese maravilloso hombre sólo habite en nuestra cabeza. Lo sospechoso es que haya una institución que premie la exaltación de una ilusión y que existan personas que actúen o se crean la fantasía de ser lo que otros creen de ella.

La pinza que cierra este círculo es la postura de la tolerancia y el respeto, que entendemos como dejar que el otro crea lo que se le dé la gana sin comprender que en cuestionar también hay afecto. Me hubiera gustado que mis más cercanos interpelaran mi religiosidad porque, si he de ser franca, yo misma me encontraba repitiendo lo que de otros escuché y que a todos parecía agradar. Mi fe se alimentó de incomunicación.

Es probable que en este punto algún lector esté levantando la ceja para sospechar que me estoy erigiendo como quien dice qué es válido creer y qué no. En absoluto. Mis creencias personales pueden parecen ridículas a muchos, pero no tengo temor de que alguien las cuestione, al contrario. Temo felizmente estar equivocada.

El filósofo André Comte-Sponville, en el libro “La Feliz Desesperanza” (Paidós, 2008), contesta a una entrevista corta y profunda sobre su paso de la fe al ateísmo. “Nuestra vida parece cambiar según creamos o no en Dios. Es decir, según creamos o no que la verdad está de lado de nuestros sueños”.

La industria de la fe nos hace creer ganadores de algo que nunca es definido para evitar futuras reclamaciones. En tiempos de angustia y de violencia la Iglesia católica nos invita a que toquemos una figura de cera.

La gran mayoría de la gente sale del templo feliz, experimentando un gran gozo en su corazón, sin advertir que quien fabricó ese placer fue su fe. Esto mismo podría ocurrirle al tocar a su amigo, a su pareja, o a una flor, pero no hay una industria que motive a estos placeres gratuitos.

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