La fascinación ante la vida

16 Oct

VII

A unos días de dejar este retiro me siento a escribir una despedida a Mazunte. Si tuviera que escoger uno entre todos los regalos que me trajo el mar, diría que el más valioso  es la recuperación de la fascinación ante la vida.

Primero fueron los mosquitos. Mosquitos por todos lados, debajo de la mesa en donde escribo, acurrucados en sus esquinas, esperando la hora para salir. ¡Cómo olvidar las primeras mañanas en las que éramos muchos más de dos dentro del pabellón! Luego sucedió la gran masacre. Un camión apareció rociando por todos los rincones su veneno y a la siguiente mañana aparecieron muertas miles de cucarachas y mosquitos en el pueblo. El día de la Gran Masacre no sólo amanecimos con mosquitos dentro de nuestro pabellón, sino con decenas de cucarachas que despavoridas cruzaron ciertas fronteras que considerábamos insalvables. No voy a olvidar mi tremenda confusión al despertar y verme rodeada de cadáveres de insectos por doquier. Lo más conmovedor de esta historia es que me sentí más cerca que nunca de las señoras cucas y de los señoritos moscos. Su fragilidad, su persistencia, algo de ellos muy hondo se me coló dentro.

Hola, hermosa.

Cada amanecer en Mazunte se escucha, muy fuerte, la orquesta matutina de gallos y aves de la más extensa variedad, a la que se unen algunos perros de fondo. Es tan fuerte esta algarabía que acaba despertándome, casi siempre alrededor de las cinco de la mañana. A esas horas me he preguntado un montón de veces por qué los humanos no podemos entendernos con las aves. ¡Qué diera por entender lo que dice el estruendoso canto de las cinco de la mañana! Me figuro que los gallos gritan ¡vivo! ¡vivo! y las aves secundan: ¡el sol! ¡nuestro fiel sol! ¡ya viene!

No he podido ver a todas las aves que escucho cantar. Cantan casi a todas horas, pero especialmente al amanecer y al atardecer. Hay uno entre todos que me sobrecogió desde el primer momento que lo escuché y que, por fortuna, he podido conocer. Este es el pájaro libre más bonito que mis ojos hayan visto. Su canto es largo y rítimico, como un alegre mantra. Él es amarillo eléctrico con detalles negros. Cuando lo caché entre las ramas de un árbol sentí ese vuelco que sucede cuando uno se encuentra a un querido amigo de sorpresa.

Un día que estaba aquí mismo, trabajando, llegó Javier cargando a una cuijita bebé en agonía. Al parecer había caído de una de las palapas y el golpe la estaba matando. Se me ocurrió calentarla con mi aliento, así que la guardé entre mis manos recordando que de niña vi cómo mi papá salvó unos huevitos de cuija haciéndolos madurar con el  calor de un foco. La pequeña cuija estaba muriendo, sus patas se estaban engarrotando. La pusimos sobre una hoja y la acercamos al calor de un foco, como incubadora, pero murió. Me impresionó comprobar el cambio de color y de textura en su piel una vez muerta. La enterramos.

Otro día descubrimos a una gallina que entraba y salía del jardín de la posada en donde nos quedamos. Esta gallina literalmente tomaba vuelo para saltar una cerca y regresar, suponemos, a su casa familiar. Así descubrimos a qué se debía tanto ir y venir: en una jardinera la gallina empollaba cinco huevos que a los pocos días se convirtieron en pollitos. Tres güeros y dos negros, a quienes hemos visto aprender de la pata de su madre la laboriosa faena para hacerse de un gusano, o la técnica para acicalarse las plumas. He tenido la enorme tentación de recoger alguno para verlo de cerca y chulearle el hijo a la doña, pero hasta ahora no me ha parecido justo espantar a alguno de esa manera. Los miro saltar sobre la madre, rascar la tierra, saltar sobre sus patas. Van de un lado a otro, como una pequeña orquesta de gitanos exploradores.

Mazunte es el pueblo de los perros. Quizá es el primer rasgo que uno nota de este sitio. Los turistas enloquecen ante la presencia querendona de perros que parecen adoptarte como su pareja favorita, o como su mejor amigo –por el tiempo que dure la vacación-. Estos perros te escoltan de la playa hacia tu hotel o posada. Son como los edecanes de Mazunte y siempre están listos para jugar. Hay uno que roba la ropa a los bañistas. Oficialmente se llama Veloz, pero esto sólo lo supe por muy afortunadas coincidencias. Veloz roba para jugar y efectivamente cree que el turista está jugando con él, aunque lo esté maldiciendo entre dientes. Es muy divertido ver estas escenas del perro con los pantalones, la chancla o la playera en el hocico. A mi nunca me ha robado las cosas, pero sí le gusta darme pequeñas mordiditas en los chamorros. Hay perros muy elegantes, perros actores, perros muy viejos. Perros por todos lados. Cuando de noche todos duermen, se quedan a cargo del pueblo. Parecen pandillas de gamberros que cuidan de sus cuadras. Y ustedes no quieren tener problemas con nosotros. Así nos van entregando, entre ladridos, a la siguiente pandilla de perros, todo bien organizado, como por jurisdicciones.

Una tarde que caminábamos por la playa vimos flotando el cadáver de una tortuga golfina. Por un momento pensé, despistada de familia, que era un peluche de tortuga flotando entre las aguas. Luego se instaló la cruel imagen de una hermosa tortuga muerta, con la cabeza flácida y el caparazón destrozado por la embestida de una lancha de pescadores.

¿qué tal, muchachxs?

La palmera de fuera de nuestra cabaña y la ardilla come cocos nos regalaron  un coco fresco y ya con la tapa removida. Esta fue una de las mejores bienvenidas que recibimos de Mazunte. Pum, se escuchó afuera. Y ahí estaba el coco, abierto, listo para refrescarnos del calor.

La playa está llena de cangrejos bebés que se mueven más rápido que la vista. Un día, sin embargo, me tomé la libertad de perseguir uno hasta levantarlo sobre la palma de mi mano. ¡Uf! No era más grande que una almendra, su cuerpo era transparente, con pequeñas rayas color rojo, naranja y negro, gracias a las cuales se camuflaba sobre la arena. Ay, era tan hermoso el cangrejito que me regaló la oportunidad de admirarlo.

Casi invariablemente cuando estoy leyendo caen sobre las hojas del libro hormigas diminutas. En una ocasión cayeron cinco; hasta lo escribí al margen del libro: “han caído cinco hormigas mientras leo estas páginas”. Las hormigas están siempre y en todos lados. Son las que mantienen el orden en Mazunte; las más pequeñas pero las más grandes, porque están en todos lados. No se desaniman, vuelven a comenzar siempre.

Me siento muy acompañada por todos estos animales.

Reconozco que la vida no me fascinaba antes como ahora.

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4 comentarios to “La fascinación ante la vida”

  1. olivier octubre 20, 2011 a 3:24 pm #

    Qué bueno, qué bueno que te fascinó tanto. La verdad es que la vida es una maravilla, todo lo que nos rodea tiene dignidad y humildad.

    A cambio de ti, me fascinó la vida estudiandola, conociendo todos los secretos, todas las cavernitas de las espècies. Ahora tengo respeto hasta el champi que va crecer sobre una piedra porque aqui encontró todo su mundo, sin querer más que vivir.

    Me acuerdo también que domingo pasé toda la mañana entera estudiando los mejillones de agua dulce. Fue un aprendizage hermoso.
    Luego, ojalá puedas aprender y sentir así de fuerte las maravillas de la Tierra.

    Un gran abrazo para ti 🙂

  2. Karla octubre 20, 2011 a 10:51 pm #

    Me encanta la manera en la que escribes, ya hasta me enamoré de Mazunte y ni siquiera se donde esta.
    Cuando uno se da cuenta de cuanta vida te esta rodeando, llega el asombro. Uno se da cuenta de que es pequeño y me asombra la complejidad del universo…

  3. La Reina Iguana (@reinaiguana) diciembre 9, 2012 a 1:29 am #

    Llegué aquí siguiendo una madeja de links sobre los sucesos del 1º de Diciembre, lo que me hizo aterrizar en tu “nosotros repetidores”. Ese post me hizo quedarme. Ahora acabo de leer tus diarios de Mazunte, uno de mis lugares favoritos en el mundo. Lo conocí hace un año y me enamoré de las tortugas del centro tortuguero. Es cierto que estar en Mazunte trae consigo la fascinación ante la vida.
    Sólo quería decirte: qué bonitos posts.

    • ximenaperedo diciembre 9, 2012 a 12:58 pm #

      gracias, reina iguana! me hace feliz recibir tus letras… que la vida nos guarda muchas visitas próximas a Mazunte.

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