Renovarse o mentir

14 Oct

Este sistema político apuesta su continuidad a nuestra incapacidad para nombrar ciertas cosas. No las enunciamos, entre muchos otros motivos, porque creemos que al pronunciarlas existirán irremediablemente y no tenemos solución prevista para semejantes problemas. Instalados en la negación, preferimos no conjugar en vano y hacemos como que no advertimos la impostura de un señor que a su vez participa del mismo acuerdo de guardar ciertas palabras.

Rodrigo Medina es un excelente motivo para reflexionar sobre la autoridad y el poder. No hay referentes para comprender estos dos conceptos, construidos hace miles de años. Peor aún, la ausencia de autoridad está planteando a algunos la urgencia de su restablecimiento por medio de la coerción, el orden y la obediencia; sin advertir que la autoridad fracasa -o se extingue- cuando necesita reafirmarse o recurrir a la imposición para ser acreditada.

Se puede soportar cualquier pena en tanto se inserte en una historia que podamos contar. Así por ejemplo, decimos que Rodrigo Medina es nuestro Gobernador porque ganó las elecciones, aunque su mero nombramiento desprestigie al mismo sistema electoral de forma irreversible. ¿Cómo pudo contender, y luego ganar, un hombre que no ha hecho más que demostrar, incluso en campaña, sus incapacidades y limitaciones políticas?, ¿cómo explicarlo sin deslegitimar a la Comisión Estatal Electoral?

Pero detengámonos ante la tentación de frivolizar el problema: ojalá se tratara de los defectos personales de un individuo y no de un sistema político que, de hecho, intenta a toda costa hacernos creer que el problema es el jinete. Algo que debemos agradecerle a Rodrigo Medina es hacer manifiesto un problema que gracias a las dotes histriónicas de sus predecesores permanecía soterrado. El destino de nuestra Ciudad, de nuestro Estado, de nuestro País, ha dependido de personas igualmente frívolas y aisladas; las pruebas están a la vista.

No ha sido mala suerte. El problema es complejo y es imposible abarcarlo en sus reales dimensiones, pero me atrevo a hipotetizar que estamos ante una falla de origen que muy pocos se han atrevido a nombrar y que ha sido, igualmente, poco divulgada: los griegos y los romanos no fueron seres perfectos, por lo tanto, su legado político y filosófico no debe tomarse como un conjunto de axiomas a institucionalizar, sino como puntos de partida.

La tecnología que tenemos a nuestro alcance bastaría para revolucionar la toma de decisiones de una comunidad y, sin embargo, seguimos confiando en la rudimentaria idea de la representación de un individuo sobre miles o millones de personas. ¿No es absurdo?, ¿no deberíamos de mostrar un poco más de suspicacia ante lo insostenible? La ciencia es otro espejo al que rehuimos porque nos recuerda que las creencias son acuerdos culturales sujetos a renovación.

En su mensaje del miércoles, Rodrigo Medina permaneció en la neurótica idea de conseguir un resultado distinto empleando el mismo procedimiento. Intentar la renovación moral de un pueblo a partir de retórica es la claudicación pública de sus funciones. Basta percibir con qué tono lanzó su “nuevo” plan anticorrupción para advertir el cansancio del actor. Ahora el ciudadano se dará cuenta de quién cumple y quién no, anunció Rodrigo, esperando aplausos a cambio, sin aparentemente percatarse de que, de tanto ver, los regiomontanos queremos sacarnos los ojos.

El filósofo español José Antonio Marina en su libro “Crónicas de la Ultramodernidad” distingue dos tipos de poderes: los que se basan en la sumisión y los que se basan en la reciprocidad. Me gusta la distinción porque nos obliga a nombrar nuestra postura: ¿sumisos o participativos?

Hemos perdido mucho tiempo hablando sobre accesorios políticos para no hablar de nosotros. La mayoría parece plenamente identificada con el pretexto de la impotencia, y por ello asume el rol de espectador. ¿Cómo salir de este desahucio social, en el que el individuo -pobre, rico, joven, anciano, hombre, mujer- se coloca fuera de la realidad compartida?

Este sistema político nos está marchitando internamente, sin distingos. La sociedad muere cuando la persona (Gobernador o ciudadano) pierde su espontaneidad y su capacidad creadora.

ximenaperedo@gmail.com

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