VI

4 Oct

 

 

Contemplar es una acción de resistencia. Lo mismo que hacer el amor. Quien contempla no sólo se detiene y descansa, lo cual tenemos prohibido, sino que descubre motivos para percibirse existiendo de forma diferente. Frente a las venas de unos pétalos de flor se pueden disparar miles de ideas sin retorno. Bajo las estrellas o a ras de mesa, observando la fragilidad y fortaleza de una hormiga, uno puede advertirse parte de un universo expansivo y transformar para siempre su estar en esta experiencia pasajera. El ser humano no suele mostrar debilidad ante otros seres vivos, mucho menos se atreve a aceptarse fascinado ante su propia especie. Ignoramos lo esencial y nos llenamos la cabeza de datos que, acumulados en desorden, nos generan una sensación de saber pero no de entender. Somos capaces de crear inteligencias artificiales, pero no podemos más que balbucear sobre lo humano. Hanna Arendt escribe: “Resulta muy improbable que nosotros, que podemos saber, determinar, definir las esencias naturales de todas las cosas que nos rodean, seamos capaces de hacer lo mismo con nosotros, ya que eso supondría saltar de nuestra propia sombra” . Así construimos una identidad narrativa con remedos inverosímiles que devienen en estupidez. La misma Arendt apunta: “El totalitarismo busca, no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos”.

Contemplar es abstraerse del mundo que creemos habitar para adentrarnos en otro que da la impresión de crearse frente a nuestro absorto. Cuando esto sucede abandonamos el tiempo de los relojes y regresamos a un ritmo natal. Recuperamos nuestra singularidad como el tesoro que regresa a casa.

 

Sócrates planteó la vida política como la razón de la existencia, sólo mucho después estamos enterándonos que relacionarnos con la polis como ciudadanos no proporciona los sentimientos más elevados a los que podríamos tener acceso. Hay algo más. Los contratos que nos atan a una sola forma de vivir son hechos por el hombre, luego finitos, falibles y, por supuesto, superables. Los griegos y luego los romanos figuraron las bases de esta civilización que con el paso de los años ha perdido sentido. Llevamos más de dos mil quinientos años entendiendo nuestra existencia desde lo público, como seres que se construyen hacia afuera.  “El hombre es un animal político” se convirtió en un axioma incuestionable, que a veces se comprueba de forma tersa pero otras queda gravemente en entredicho.  Finalmente, creer que se puede definir en algún sentido lo humano es sumamente pretencioso y ahora sabemos, comprobable sólo mediante un acto de fe. “El totalitarismo se aplica con tanta saña a suprimir la individualidad, porque con la pérdida de la individualidad se pierde también toda posible espontaneidad o capacidad para empezar algo nuevo: desaparece cualquier sombra de iniciativa en el mundo”.  La vida en estos, los restos de la Ciudad-Estado, parece ser una experiencia comprometida por acuerdos que no podemos cuestionar ni romper.  Parece que llegamos de la nada para hacer un montón de cosas preestablecidas para luego volver a la nada. Este breve viaje ha dejado de parecer lo fascinante que es. Los seres contemporáneos se creen la fantasía de que la vida es así, olvidando, tontos, que el homo sapiens lleva por lo menos 12 mil años viviendo sobre este planeta, planteándose preguntas, ficcionalizando su realidad, construyéndose así mismo y construyendo su entorno.

 

Así que sí, tenemos miles de cosas por resolver hoy en el 2011. Hay motivos para protestar, y motivos para defenderse de las protestas. Hay razones para reformar leyes, pero intereses para no hacerlo. Todo esto se queda en plano de utilería, en intentos infructíferos si antes no soltamos amarras y navegamos por un rato en las aguas de la contemplación para entendernos a todos y a todas unidos por el mismo aliento de vida. Teniendo esto en mente será más fácil plantearse lo que sigue.

 

 

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Una respuesta to “VI”

  1. tecoloteloco octubre 6, 2011 a 3:30 am #

    Totalmente de acuerdo.

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