Nosotros perdedores

30 Sep

Los tiempos que estamos viviendo precisan que la ciudadanía aprenda a comunicarse. El desahogo nos genera una sensación plácida, pero de muy corta duración. No niego que quisiera soltarme de adjetivo en adjetivo contra los diputados que pretenden erigirse como las autoridades que no son, pero estoy decidida a contenerme. Llamarlos sinvergüenzas o impostores sólo les ha venido otorgando licencia para dejar de escucharnos y cancela toda posibilidad de diálogo.

Quiero comunicarme con las personas que tienen el nombramiento de diputados y diputadas de Nuevo León. Sí, con las personas. No vale la pena hablar con los políticos tanto como con los seres humanos multidimensionales que son. Entiendo que no estamos ante un problema de intenciones, sino de ideas. No creo que “por maldad” estén tomando o dejando de tomar ciertas decisiones, así como tampoco deben creer que los ciudadanos estamos enojados porque disfrutamos el sabor de la indignación.

La empatía no es ingenuidad. Hay que aceptar que a muchos ciudadanos nos falta información, pero también demos por un hecho que hay políticos que entienden la política como un empleo, como un jugoso negocio o como una arena en donde desahogar sus neurosis no tratadas. Porque como escribiera Rousseau hace casi 300 años en “El Origen de la Desigualdad”, damos demasiado peso a las palabras poderío y reputación: nos sacude más la opinión de los demás que la propia y nos afecta hasta el desvarío la ficción del poder.

El sociólogo francés Edgar Morin escribió en 1999: “¡Cuántas fuentes, causas de error y de ilusión múltiples y renovadas sin cesar en todos los conocimientos!”. Jorge Volpi escribió en 2011: “La ficción crea realidad: es un producto inflamable que ha de manejarse con cuidado”.

Más allá de hablar de la anécdota que hoy nos ocupa: la telepolítica que hace pasar por magistrados a diputados que no hacen más que balbucear -y entretenernos- frente al caso Casino Royale, quisiera hablar sobre la ausencia de filosofía en la política.

La política se conserva como la burocratización del sistema neoliberal, para el que sólo bastan conocimientos técnicos e imposición, por eso es incapaz de responder a los problemas complejos que enfrentamos como sociedades, y quizá valga decirlo, como civilización.

El caso Royale es tan complejo que nuestras “autoridades” lo banalizan para poderlo manejar políticamente y hacernos creer no sólo que entienden el caso, sino que les sobran agallas para “tomar al toro por los cuernos”. Pero al fragmentar el caso en un conjunto de problemas se corre el riesgo no sólo de alimentar la impunidad, sino de omitir reflexiones profundas que colectivamente tendríamos que estar discutiendo. La torpeza es manifiesta cuando se pretende solucionar un problema que no se comprende. Así se originan los desastres.

Creo que en Monterrey tenemos la oportunidad de comprender la crisis que cunde por todo el planeta. Nos hemos convertido en una suerte de laboratorio en donde brotan con vida los errores de los sistemas económico y político. Podríamos, como sociedad regiomontana, asumir un papel más solidario con el resto del País que se dirige hacia el desastre que nosotros estamos enfrentando. Habría que alertar a otros sobre las letras chiquitas del contrato que firmamos a cambio de algo tan ficcional como “el progreso”. ¿Qué es el progreso?, preguntemos a los yucatecos, a los poblanos, a los queretanos: ¿es tener más o sentirse mejor?

Los políticos, tontos, a veces son víctimas de su misma retórica. No se dan cuenta de que ellos mismos son víctimas de los discursos simplistas que los ubican como origen del problema. Lo mismo sucede con los empresarios y con los ricos, que a menudo señalamos como los autores del desastre. Si lo fueran al menos tendrían que estarla pasando bien y lo que yo veo es que viven temiendo por sus vidas y por sus bienes; rentan guardaespaldas y amanecen previendo conspiraciones en su contra. Entonces, ¿quién está ganando?

En 1992, Octavio Paz escribió en la revista Vuelta: “Asistimos al crepúsculo de la religión del futuro, sol del progreso. Vivimos el fin de la modernidad y el comienzo de otro tiempo”.

Seguir apostando a que la cosa no se cae es asumir la causa de la ignorancia en la que todos somos perdedores.

ximenaperedo@gmail.com

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