Diario de Mazunte

20 Sep

IV

Caía la tarde y nosotros caminábamos hacia uno de los pocos teléfonos del pueblo. De súbito escuchamos un canto que nos sonaba familiar pero que no logramos identificar. Era el Himno Nacional, interpretado en el órgano por un tecladista de merengue y en el coro por un grupo de niñas costeñas. Un canto festivo y cadencioso, que en nada se parecía a las versiones apretadas y fúnebres que escuchamos en Monterrey. Nos acercamos. Javier traía su cámara así que registró el ensayo de lo que sería la gran ceremonia cívica de la noche del 15 de Septiembre.  Practicaban en el pórtico de la casa de Lulú, la dueña de la tienda que lleva su nombre. Uno de los maestros, no el que tocaba el órgano, sino el que giraba instrucciones al coro, escuchó muy atento la reproducción del ensayo desde la pantallita de la cámara que Javier sostenía. Luego se quejó con las chicas : ¡ya ven que les falta impulso!  y las niñas parecieron apenadas.

Al día siguiente estaríamos en la plaza. Ya teníamos el pretexto que me había faltado para entusiasmarme con ir a “dar el grito”. Al llegar no podía creer lo hermosa que estaba la plaza. Habían colgado adornos verde-blanco-rojos en cables que cruzaban por todo lo ancho y en el templete estaban las niñas cantoras relamidas, perfumadas, con unos vestidos satinados verde esmeralda y rojos y en el centro una niña con un ampón, brillante vestido blanco, cubiertos sus hombros con una capa tricolor que le daba un aire de realieza: con ustedes, La Patria. En la plaza todos los niños de Mazunte lucían sus uniformes de gala, divididos por salones y por sexo. Los acechaban sus maestras, enguapecidas para la ocasión, con sandalias de tacón y bolsa de mano. El pueblo estaba detrás viendo a sus hijos, a sus nietos, a sus hermanos menores ahí adelante, como sus representantes. Escuchamos el Himno Nacional en su versión completa, es decir, estuvimos casi 20 minutos escuchando a las niñas dar su mejor interpretación, aunque en los altos más bien se decidían por un grito pelón que me erizaba la piel. La música estuvo a cargo ya no del maestro del teclado, sino de la implacable banda oaxaqueña La Candelaria.

Después del himno, el profesor Manuel, que todos reconocen como el agente municipal, digamos, la autoridad, fue el abanderado de la escolta que desfiló en una plaza protegida por niños y niñas. En Monterrey la Explanada de los Héroes estuvo cercada por soldados. Al terminar lo que denominaron los maestros de ceremonia como “Acto Cívico”, los niños corrieron con sus madres a cambiar el uniforme por el traje típico, de norteños y campesinos, para bailar Las Cacerolas, Pinotepa, Los Machetes. Mientras los niños se amarraban el paliacate al cuello y las niñas se trenzaban los listones, hubo un intermedio musical en el que otros compañeritos dieron vida a unos gigantescos monigotes de colores naranjas, amarillo y rosa mexicano que incitaban a la gente a bailar. La fiesta popular fue protagonizada por los alumnos de la primaria y secundaria de Mazunte. En lugar de los artistas de televisión que otros tienen en sus plazas, las familias vieron a sus hijos bailar venciendo la pena y a sus hijas lucir los preciosos vestidos que tanto dinero restaron a la economía familiar. Pero mira qué bonito se le ve. Quizá sólo Lingo vio la fiesta a punto de caer cuando un niño se atoró en el cable que alimentaba de electricidad a la verbena popular. Mientras en el escenario las parejas bailaban una polca, nuestro joven antihéroe libraba su batalla.

Después fue el grito. El mismo profesor Manuel apareció en el balcón de la casa de teja de barro que ocupa las oficinas del municipio.  Dirigió el mensaje más conmovedor que he escuchado en alguna ceremonia parecida. Habló sobre la Patria desde la otra orilla, desde la tierra que nos da de comer, los bosques, los árboles y los mares mexicanos, las lenguas indígenas, la historia y nuestras tradiciones… y después grito ¡Viva Mazunte!, ¡Viva México, Viva México, Viva México!. No sé si me hubiera bastado este discurso para soltarme a chillar o lo hice porque además traigo todavía en mi cuerpo el horror de Monterrey. Pero la fiesta tenía más sentido que nunca: celebrábamos un contrato social vivo y el cuidado de las cosas comunes, nuestra historia y nuestro provenir.

Luego tronaron los cuetes como anunciando el inicio del relajo que tanto nos retrata. No faltó nadie en escena, ni los chicos más codiciados –los salvavidas- corriendo a toda velocidad con un torito encendido a cuestas, el borracho bailarín, el comité de señoras que se organizó para vender tlayudas para los fondos del pueblo, el palo encebado despreciado por un pueblo de hombres aún sobrios y reservados y los extranjeros que no imaginaban cómo iban a explicar en casa lo que sus ojos veían.

Todos merecemos una fiesta así, llena de significados, con las niñas y los niños al centro, como nuestros más hondos motivos.

 

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3 comentarios to “Diario de Mazunte”

  1. Alfonso Teja Cunningham septiembre 20, 2011 a 3:26 am #

    ¡Qué hermosa experiencia, Xi. Esa es la realidad del paraíso en la tierra que puede ser, (y de hecho lo es)…! ¡Felicidades, me encantó el relato! Imagino el baile de los niños al centro de las celebraciones de la madre Patria…

    • ximenaperedo septiembre 20, 2011 a 3:45 am #

      Dale play, para que lo veas tal cual! Un abrazote, Alfonso. Cuando vuelva a Monterrey debemos reunirnos 🙂

  2. porfiriososa septiembre 20, 2011 a 4:56 pm #

    Está poca madre!! Los extraño!

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