Springterrey

1 Abr

Antonio Ramos Revillas lo dijo todo cuando nos rebautizó como Springterrey. Con esta reflexión termino de leer el periódico todas las mañanas. La única diferencia es que cada día sonrío menos al comprobar la agudeza del escritor regiomontano. Cuando recién acuñó el término muchos festejamos la comparación entre la ciudad en donde habitan Los Simpson y la nuestra. Nos pareció divertido, además, porque entonces teníamos un alcalde en Monterrey sumamente parecido al Alcalde Diamante. Ahora, sin embargo, tanta coincidencia me parece trágica.

Empujados a negociar con realidades cada vez más difíciles de creer, los regiomontanos corremos el riesgo de perder la cordura. Parece que vivimos permanentemente en el final de una mala película: sometidos y colocados sobre una banda automática que avanza hacia una prensa dentada sin que el héroe aparezca. La música se inflama, la angustia crece. Entonces sospechamos que tal vez no se trate de una mala película gringa con final feliz, sino de uno de esos filmes asiáticos o europeos que terminan mal.

Así, condenados a tan cruel destino, buscamos desesperadamente la mirada de quienes debieran estar insomnes y pálidos, desesperados, sin aliento, leyendo hasta desfallecer, buscando frenéticos alguna solución, debatiendo, llamando expertos, para detener, para frenar, para desactivar la banda metálica que nos transporta hacia el abismo. Tendrían que estar al borde del colapso físico, como lo están los japoneses que advierten sobre sus hombros la responsabilidad de salvar a su pueblo de un desastre nuclear. Pero nuestras autoridades parecen vivir en Springfield.

Tal vez por eso confunden su función con el entretenimiento. Dilapidan el dinero del pueblo en publicidad e imagen; pagan -con nuestro dinero- sueldos a jóvenes que los defienden y vitorean en las redes sociales. Muy en lo profundo se saben rebasados por la realidad, incapaces para legislar, gobernar o impartir justicia, pero no serán los primeros en renunciar (¿por qué yo? Que renuncie primero Fulano). Así han desprestigiado la función pública como nunca nadie, y han mandado a las instituciones al diablo, como alguna vez soñó López Obrador.

Por eso, cuando veo a Mauricio Fernández, orondo, develando como monumento los mensajes y las fotografías impresas en su camioneta Hummer, me pregunto si cree que la ciudadanía goza igual que él de sus ocurrencias. Cuando veo al Diputado Víctor Fuentes en tribuna ofreciendo a sus compañeros una cajita de “te jodiste” no sé qué me indigna más, si la irrelevancia de su show o la indolencia que demuestran ante la miseria y la consecuente violencia que azota nuestra Ciudad.

¿Qué decir de quienes, como Benjamín Clariond, han dicho que no es suficiente el índice de ejecuciones oficiales? “Deben de matar más”, dijo el Diputado federal, ¿representando a quién? ¿Cómo es que a un ex Gobernador se le ocurre que la mejor manera de salir de este problema es asesinando mexicanos?, ¿cómo es posible que otros varios propongan enlistar en el Ejército, como carne de cañón, a jóvenes a quienes se les ha negado sistemáticamente el acceso a la educación y al trabajo?

Springterrey es una ciudad suicida. Todos los días se lamenta de su suerte, pero es incapaz de formular nuevas preguntas. Síntoma inequívoco de locura: esperar distintos resultados sin cambiar el procedimiento. Cual mártires, preferimos morir antes que despabilar nuestras conciencias.

Las autoridades, por otro lado, están atascadas en la irrelevancia. Nada de lo que dicen tiene por objeto despertar, sino adormecer. Pretenden recetarnos las grillas de sus partidos o de sus grupos como asuntos de suma prioridad.

Como no creo en caudillos, no estoy por la labor de proponer un cambio de jinetes. No se trata de renovar nombres ni apellidos, sino de discutir hacia dónde vamos. Quienes detentan el poder político lo hacen tan mal como lo harían otros, si se quiere, más decentes. El problema es la estructura. Pero ayudaría bastante que ellos y ellas, hoy, en sus importantes escritorios, despertaran de su fantasía de ego, dinero y poder.

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4 comentarios to “Springterrey”

  1. Alfonso Teja Cunningham abril 1, 2011 a 3:12 pm #

    Coincido. Son demasiados, excesivos en cantidad y forma, los desvaríos, desfiguros, metidas de pata y para colmo, expresiones de soberbia y arrogancia de los detentadores -que no dueños- del poder en esta disminuida (por lo demás) ciudad de Monterrey.
    Y a propósito del nombre, como en inglés “spring” es “primavera”, creo que el juego de palabras funcionaría mejor como “MONTEFIELD”… ¿qué te parece?

    • Laura García abril 2, 2011 a 6:09 pm #

      Spring también es mananatial, y eso es lo que necesitamos, un manantial, no sólo de agua, que buena falta nos está haciendo, sino de ideas y acciones que la ciudadanía apoye para empujar -hacia adelante, o a un lado- a nuestras autoridades desde hace tiempo rebasadas. Gobernanza es lo que todavía no incorporamos buena parte de la ciudadanía, en Monterrey, a nuestro pensamiento y acción. Algo que aprender de los defeños.

  2. jess abril 1, 2011 a 7:23 pm #

    me gustan `ppor lo general tus notas y te considero una persona inteligente y sensata sin embargo difiero de tus comentarios ya que Mauricio Fernandez es un hombre inteligente y revolucionario que de todos los gobernantes que tenemos ha sido el unico que ha visto por la sustentabilidad y para prueba de ello esta san pedro de pinta.

  3. Gerardo Albatros abril 1, 2011 a 8:22 pm #

    Jejeje Ángel me dijo lo de Springfield/MTY ahora que vino. Hay que decidir cuál es Shelbyville nomás.

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