La estrella del Mesón

24 Dic

No sé si es el rocío de la edad pero, con los años, diciembre se ha vuelto un mes al que le temo. Me asusta su arrebato, sus exigencias, su fugacidad. Cada año se me dificulta más comprar cosas para manifestar cariño. Diciembre corre como liebre blanca, frenética e inalcanzable, envuelta en moños metálicos y yo no quiero, ni puedo, recogerla entre mis brazos y besarle la nariz. Por eso es que salí a buscar un diciembre fuera de las plazas comerciales y lejos de los villancicos sin amor.

Sospechaba que el Mesón sería más bello los días próximos a Navidad. Llegan los musgos, el heno, las nochebuenas, las hojas de plátano y de elote para los tamales. El mercado está lleno de cítricos maduros, de naranjas sobre todo, y de guayabas, que junto a las elegantes varas de la canela, y el piloncillo moreno, recuerdan el calor de casa, con sus humores navideños. Entonces digo, por fin, que me encanta diciembre. Y al sentirlo veo cómo se cuelen los rayos fieles del sol frío, blancos y suaves, sobre las frutas partidas, toronjas, piñas, papayas, el kilo a diez pesos.

Los vendedores entonan sus mejores cantos, como canarios y cenzontles. Cantan los precios, las bondades de sus productos, lo hacen para vender, pero eso no lastima su belleza, sino todo lo contrario. El mercado se convierte, de pronto, en un concierto de cien aves alegres, que cantan seducidos por el color, la textura y los olores que toman a los clientes de la mano hasta ponerlos frente al ave cantora, que estira su mano para recibir unas monedas mientras despide a los chiles poblanos, al perejil, o las cebollas.

No siempre me sentí tan feliz en el Mesón. Al principio, lo confieso, fue una relación forzada. Me daba cuenta que no sabía moverme entre sus estrechos pasillos, ni obedecer a las advertencias de los estibadores que parten las aguas en dos cuando gritan: “¡a’i va el diablo!”, “¡cuidado con el diablo!”. Acostumbrada a los supermercados, a la frialdad de su higiene y a su metálico orden, resignada a sus verduras inodoras, y a sus frutas gigantescas y secas, se me notaba una torpeza extraña al preguntar precios, al escoger las cosas, al amontonar todo en mi red.

Pero la constancia fue revelándome secretos, como que se trenzan lazos de afecto entre quien al verme me sonríe orgulloso para decir: “me acaban de llegar unas acelgas especiales”, o “¿no lleva plátano macho?”. Entre esa persona y yo se teje una relación de complicidad, que de pronto me sorprende con pilones que reconozco más como signos de amistad que como estrategias de venta. A cambio, yo los extraño.

En el centro de Monterrey, sobre Juan Méndez y Colegio Civil, entre las calles Ruperto Martínez y Aramberri, todos los días reinicia, con puntualidad inglesa, el latido de la Ciudad. Los pregoneros entran al trabajo, los estibadores comienzan la jornada cuesta arriba, los primeros clientes asoman sus cabezas. Llega la señora de Cadereyta con sus dos cubetas blancas, tapadas con una tela limpísima, que resguarda una morcilla que ofrece en tacos para probarla sin compromiso (y vale la pena probarla).

Se enciende su música, sabrosa y cumbianchera, que nos hace caminar con cierta cadencia que nos pone de buenas. En el Mesón la gente se mete con la gente, se atenúa el acuerdo de desconfianza y se permite que el vendedor también pregunte, o se ría cuando una dice que el caldo de res lleva apio. La dignidad del marchante coloca a la balanza en una horizontalidad casi democrática, en donde una, tan sólo por tener dinero con qué pagar, no merece trato especial.

El Mesón Estrella es más hermoso en Navidad. La gente llega por todos los caminos, como los magos de Oriente, convocados por el brillo de un astro lejano. Al miedo y al terror se le otorga una tregua, mientras la mano se posa sobre las piñatas coloridas, los tejocotes, la leña, las enormes canastas de especias: jengibre, pimienta, anís y clavo. En el Mesón todos nos apretamos para caber, porque nadie merece quedarse fuera.

Aún es hermosa, pienso al ver cómo la Ciudad revive e instala la magia que persiste en su memoria.

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Una respuesta to “La estrella del Mesón”

  1. hugoherrera diciembre 30, 2010 a 9:11 pm #

    tacos de morcilla?!?! tengo que ir, hace años no los pruebo, buscaré a esa señora de las dos cubetas, y ya que ande por ahí ojalá y encuentre un buen queso de cabra, gracias por el dato!

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