Mier, sucursal del infierno

26 Nov


Mier, sucursal del infierno

Ximena Peredo
19 Nov. 10

La adrenalina se mantenía apostada en la boca de mi estómago mientras mis ojos escrutaban el paisaje en busca de algún aviso de vida. Algún vehículo, alguien, algo. Nada. Pero el camino hacia Ciudad Mier por esa carretera abandonada, de hierba crecida, fue sólo un tímido anticipo. Viajábamos hacia una estación suspendida en otro tiempo y espacio. Los pueblos de sombreros saludadores, de chivas y trocas cargadas de leche o sorgo fueron borrados de la historia que contarán los niños de la frontera chica.

Nada me resultó más impresionante de Ciudad Mier que su silencio. El ruido de nuestro solitario motor rasgaba con su marcha el sagrado silencio de la muerte. Todas las ventanas, las puertas, las tiendas, los talleres, todo está cerrado o pretende estarlo. Los boquetes que han dejado las balas y las granadas arrebatan al pueblo su derecho a transpirar su dolor dentro de los muros. Lo exhiben como presa de guerra.

Alrededor de la plaza principal todo está tomado por las balas, como plaga. En la paletería de enfrente, los popotes siguen en el mismo bote, las licuadoras esperan conectadas, las servilletas están donde el cliente las encontraba sin preguntar. Pero en medio de todo están los cristales de las ventanas y del refrigerador de coca cola que, como la fachada del negocio, fueron ametrallados hasta que el castigador del pueblo se cansó o se distrajo.

La estación de Policía municipal está quemada. Del rótulo sobrevive la palabra chamuscada “seguridad”, y el dibujo malogrado de la parroquia del pueblo, también baleada. La comandancia quedó intacta, si es posible decirlo, al estallar. Nadie ha entrado después. Las computadoras, los papeles, el garrafón de agua, todo quedó ennegrecido y astillado, como esperando.

El más “valiente” resultó ser un hombre que dijo quedarse en el pueblo por no temer ya a nada después de lo que sus ojos vieron: dos troncos humanos, sin extremidades, empalados en aquella plaza. A mí ya no me puede pasar nada, nos dijo con un falso orgullo que le quemaba las entrañas.

La gente se fue a Miguel Alemán. Suben a la troca todo lo que cabe, el perro puede ir abajo corriendo o, con algo de suerte, alcanza espacio entre los muebles. Huyen como gitanos, apátridas, expulsados como traidores. Los más desvalidos, sin dinero ni parientes, han pasado el último mes en el Club de Leones sentados sobre unas sillas plegables, que de noche sirven para delimitar los espacios por familia.

Es el primer refugio para víctimas de la guerra impuesta. Se esperaría que el Gobernador de Tamaulipas, el Presidente Calderón o al menos el Secretario de Seguridad Pública federal García Luna estuvieran ahí, pero la resignación del pueblo facilita el cinismo de las autoridades. Les ofrecen comida y techo, y la gente agradece, como si hubieran sido víctimas de un huracán y no de una guerra ajena, entre competidores de un mercado.

Las autoridades están tomando el desplazamiento con una normalidad perversa, sin que nadie se asuma responsable. La gente espera regresar cualquier día de éstos a sus casas, a nadie se le ocurre pensar que podrían pasar años sin que vuelvan a su pueblo. El día de hoy, según cifras oficiales, hay 3 millones 300 mil personas desplazadas por la guerra en Colombia, aunque organizaciones independientes dicen que la cifra supera los 4 millones.

En México, a los desplazados no se les reconoce, pero ya pueden contarse por miles. Son todas las personas que han huido de zonas en conflicto, especialmente del campo y de los pueblos. El problema social que esto conlleva es grave, y no parece haber autoridades diseñando programas para atender el gran éxodo rural.

Según la Encuesta Nacional de Adicciones 2008, en México sólo el 5.2 por ciento de la población ha consumido alguna vez alguna droga ilegal. Sirva el dato para comprender que la guerra no es de los mexicanos, sino de los competidores de un mercado con gobiernos asociados.

Treinta mil muertos y la tragedia del desplazamiento son las consecuencias de asumir una guerra impuesta con patriotismo, ¡es por México!, ¡es por tus hijos! Seguro que sí.

ximenaperedo@yahoo.com.mx

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