El protagonista no consigue morir

28 Jul

Mis amigos me escuchaban y yo manoteaba algo en el aire, pero cuando pasó en su bici don Fermín quedé enmudecida. Me zarandearon de los brazos para hacerme regresar a la banqueta a terminar mi historia, pero fue inútil. Corrí tras él. Alguna nueva ilusión lo transportaba por la noche, como si de su ombligo naciera un cordón que lo jalaba hacia su fin. No parpadeaba. Recién peinado y con su pañoleta verde al cuello Fermín acariciaba una esperanza. Tal vez hoy. Tal vez hoy. No sin pena, aporreé con mis huaraches pesados casi todo lo largo de la tétrica calle Álvaro Obregón, flanqueada por árboles negros que en su punto más alto formaban una bóveda viviente.  Alcancé al cobrador de abonos en la esquina con Isaac Garza, frente al bar La Pirámide a la hora en que una mujer cantaba desesperadamente La negra flor, de Radiofutura. En ese cruce abordé su viaje. Arremangó su pantalón en la pierna derecha y pude ver su chamorro de mármol, blanco y terso. Sus manos impecables se asían al manubrio de esa bici balona, de las clásicas, cuyo diseño obliga a la velocidad modesta, a un pedaleo concentrado y a conservar la espalda erguida, lo que reviste a sus conductores de dignidad.   Hay que decir que Fermín olía a lavanda y que en la memoria de sus labios llevaba una canción que nunca terminaba de tararear.  Ay, don Fermín, si al fin hoy usted consiguiera morirse, pensé, mientras abrazaba su cintura y escondía mi rostro en su espalda para defenderme de los suaves embates de sus canas.

Fermín temía que un pantera enferma apareciera cualquier mañana en su patio trasero, acicalándose y mirándolo de reojo.  Si su muerte no llegaba pronto, la pantera iría tomando posesión de su casa, hasta doblarlo de dolor.  Si uno es dueño de su vida, debe decidir cuándo terminarla, comentaba a sus clientes cuando éstos intentaban disuadirlo de pensamientos tan macabros.  Luego venía la penosa intervención del cobrador, oficio que don Fermín realizaba sin exceso de palabras y con suavidad. Guardando las monedas en un sobre, ya montado en su bicicleta, los deudores lo observan confundidos, dudando si el viejo habría sido capaz de hipnotizarlos porque, francamente, no tenían intención de abonar.

Tomamos la calle que cruza los dos parques más románticos de la Ciudad, Isaac Garza. Ningún amante levantó su cabeza para vernos pasar. Tan silencioso vas, Fermín, que tus deudores no alcanzan a cerrar las ventanas. Pero la muerte tampoco escucha que la llamas. Sin verlo de frente le dije quedito que sus arrugas me parecían los rayos de ese sol que era su rostro.  La fuerza de mi verso surcó su piel.  Cruzábamos el barrio del mesón Estrella.  Dos perros lamían de la banqueta los jugos que escurrían por debajo de la cortina metálica de un local. Afuera del Chac Mol, un grupo de cuerpos flacos, sedientos, esperan a que el dueño los reconociera y los dejara pasar. No hay nada más certero que un mercado cerrado. Son tan claras sus ausencias que me da por temer que no amanezca y que no vuelva a montarse ahí el tío vivo de la batalla diaria. Don Fermín va pensando en la hija del juguero gordo. Es un buen trato, piensa al pasar por la cantina “El catarrito”, que tiene un cuarto que sólo los parroquianos asiduos conocen. Por desgracia hoy viernes la chica no tiene deudas que saldar, suspira Fermín contra mi pecho, ufano en sus recuerdos pues cree ser quien estrena la corsetería que Malenita va pagando como va pudiendo.

Nos detenemos.  Fermín amarra su bici al poste de la esquina. Con su paliacate seca sus sienes, luego lo sacude y lo vuelve a anudar a su garganta. Eres guapo, le digo dando unos pasos hacia atrás, revisándolo de pies a cabeza.  Al caminar conserva el ritmo de su pedaleo, quiero reírme pero no lo hago

Hemos llegado a los mariscos Charly´s en Ruperto Martínez, casi esquina con Venustiano Carranza, muy cerca de los panteones. El lugar tiene fama de intoxicar hasta a los gatos, pero don Fermín está dispuesto a morir; verse la muerte es uno de sus anhelos más acariciados. Morir por una mujer es la mejor carta de presentación en el infierno, dijo alguna vez con su cerveza al aire, aprovechando desde la barra un silencio general en la cantina. Todos en la marisquería, y los vecinos de esa esquina que lo conocen de todos los viernes, saben que el viejo va a visitar a Celia, la mesera, que lo saluda desde la ventana de la cocina con un guiño de ojo. La historia comienza a entusiasmarme. Ahora sé que Fermín está buscando una muerte, no exige sabores de victoria, sino una muerte que pueda paladear. Teme ser sorprendido y no ser cortésmente invitado. Besar la mano huesuda y partir en su bicicleta, morir erguido, recién peinado, es el último de sus anhelos. Don Fermín pasa al baño y de pronto, todo cambia, la historia que me planteaba se dobla y se desdobla siendo otra, porque Celia se ríe con la cocinera y  yo sospecho que se burlan del viejo Fermín. La cocinera le desabrocha a Celia el último botón de su blusa para reírse tapándose los dientes, en una carcajada que me hiere.   El giro de esta trama me indigesta. Por eso decido que Celia termine llorando.  Ahora reír, llorar después, amenazaba mi abuela a mis primas. Sale el caballero de la puerta metálica y camina lenta pero contundentemente hacia su mesa de siempre. Parece que se dirige a sacar a bailar a una dama. Celia camina detrás de él. Piruja, le digo mientras la veo limpiar con su trapo sucio la mesa.  Fermín piensa si en el último de sus días morirá con las uñas sucias de Celia encajadas a su camisa.

Don Fermín la saluda sorprendido, como si no la hubiera visto aventar su trapo a la mesa, ni sintiera repulsión al color amarillento, de aceite quemado, que recubre cada rincón de ese lugar. Ella pasea el percudido paño mientras se abotona con la mano izquierda el botón de su blusa. La alarma de un auto que no ha dejado de sonar desde que llegamos es suprimida por las primeras notas de Abeja Reina que retumba para consentir al único cliente de esa noche. Celia regresa a la cocina con la comanda en la boca, jugando con su amiga, que la espera con los dedos grasosos extendidos.  Pulpo a la diabla, lee Carmela, levanta los hombros y saca del refrigerador un puñado de camarones pegajosos. Don Fermín espera su cerveza revisando cuentas pendientes. Es la historia de su vida. Anota series de números y fechas, acompañadas de palabras ilegibles. Celia posa la cerveza frente a él, sacude su melena y espera a que el comensal de algún acuse de recibo.  Yo todavía no sé cómo hacerla sufrir. Piruja, le digo otra vez, mientras veo cómo pone su pie desnudo sobre el empeine del otro,  dejando una chancla libre bajo la mesa.

¿Cuánto dinero le deben, Fermín? Pregunta la mesera con sorna. Don Fermín clava sus ojos en el techo y murmura una serie de números que parece estar sumando: según mis cálculos, ahora que me paguen todo los que me deben, querrás casarte conmigo. Celia echa su carcajada hacia atrás y regresa a la cocina moviendo exageradamente su cadera, adivinando en qué curva está detenido don Fermín. Recoge de la barra un plato de arroz con camarones y regresa cantando desayunas caviar, con champagne todas las mañanas pensando, como siempre que escucha esa canción, que el caviar debe ser un pan dulce con mucha mantequilla. Mientras Celia  coloca el plato y el tenedor, Fermín pone sus manos sobre el lomo de la mesa y la mira trabajar. No agradece, al contrario, la mira buscando sus ojos, pero ella finge estar entretenida en atenderlo. Ahora que la canción termina, Fermín le toma una mano y sin hablarle, le pregunta.  Celia no quiere contestar. Sabe que se comprometió, pero le horroriza que alguien la necesite de esa manera. El silencio que ambos levantan, me deja fuera. Discuten: él con un gesto que raya en el chantaje, ella con una sonrisa falsa, que oculta el temor que le infundan esos ojos grisáceos, que subrayan: como me ves te verás. El viejo decide soltarla y regresar a su papel de comensal. Ella agradece la tregua y acerca el servilletero. La escena es tan doméstica que me los imagino en la cama, y me parece que contra algunas apuestas, a ella le iría mejor, pues don Fermín come despacio y mastica bien.

No termina su plato, escoge en su billetera dos billetes y los deja debajo del salero. Por primera vez su ceño se frunce, alguna tristeza lo ha mordido. Pienso que se trata del desprecio de la muerte, que no lo corteja, ni escribe en las palmas de sus manos acertijos. Celia lo despide a lo lejos, mientras barre los baños. Él contesta con una mueca de caballerosidad desganada. No entiendo por qué salimos así, con el plato a medio terminar, la cerveza todavía fría y la rokola tocando gratis y, todavía peor, sin que mi pluma haya podido hacer llorar a Celia. Ni Fermín encontró lo que buscaba, ni yo logré recuperar el control del cuento. Por eso es que salimos con los labios sellados.  No pude hacerla llorar, me recrimino. A penas voy a borrarlo casi todo, cuando la veo con el mentón recargado sobre el mango de la escoba derramando lágrimas calladas. Ya sólo tengo que agregar que llora por él, mientras busca en las bolsas de su mandil el frasquito que debió rociar en su comida.

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2 comentarios to “El protagonista no consigue morir”

  1. Denise Alamillo julio 30, 2010 a 4:45 pm #

    WoW! Me has hecho soñar!

  2. jacob julio 30, 2010 a 6:22 pm #

    Muy bonita foto, espero comprarme una bici asi, pero que sea ligera, esas debieron estar muy pesadas.

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