Home interiors

15 Jul

A ella nadie la invita. Nació para codiciar.  Lo que otros saborean, ella lo observa a través de un ventanal. Así la conocí. Todavía sin nombre, ni historia, escondida en los gruesos muros de sillar de la casa de la esquina, ella, -bauticémosla ya-, se rascaba las muñecas frenética, una contra otra, con las uñas, frotándolas en sus costados mientras observaba con grave atención lo que sucedía sobre la calle Espinosa, a la altura de Miguel Nieto: una mujer, cuya presencia recordaba al aroma de un irritante perfume dominical, recogía del asiento trasero de la camioneta a su bebe. El papá, aturdido por el futuro que cayó tan repente, esforzado en parecer adulto, se revisa de pies a cabeza mientras espera que su esposa y su pequeña hija suban con él a la banqueta para tocar el timbre de la casa de sus padres. Ella, la que mira desde su escondite, mendiga un pedacito de él. Acaso quiere verle triste y defraudado, pero en lugar de eso observa cómo abraza a su mujer por la cintura. Olguita, como habremos de llamarla, y Romualdo, su ex vecino,  se conocen desde hace más de treinta años. Crecieron en la misma calle. Ella se enamoró de él casi inmediatamente, por eso su rostro está invadido de vitiligo y al ver el cursi recibimiento de los abuelos al bebé es presa de un ataque de comezón en sus muñecas.

La puerta se cierra. Adentro seguramente nuera y suegra platican de los avatares de la maternidad, y el padre y el hijo caminan sin detenerse hasta el cuarto de tele.

Olga, sin embargo, no deja su parapeto. Yo me inconformo.  Me molesta verla ahí, detenida. Husmeando en las ventanas. Suplicando un poquito de algo, lo que sea, para bordar y desbordar sobre él toda la semana, esperando el próximo domingo.   Por eso intervine. Olguita no se daba cuenta que yo me acercaba a ella. Pudo haber pensado que pasaría por ahí, caminando por Miguel Nieto, hacia La Purísima, pero me detuve a verla. Cachetes y pechos grandes y colgados, pestañas de aguacero, blanca de tez con manchas rosadas. Dedos regordetes. Ojitos de sabueso. Estaba tan aturdida con lo que suponía estaba sucediendo en la casa de sus vecinos, que no quiso siquiera perder tiempo en moverse de la banqueta para dejarme pasar. Con permiso, le dije. Ella sin descongelar su rostro, movió sus pies poco a poco. Viendo sus mocasines deformados por unos pies hinchados, fue que advertí que la historia era cada vez más difícil de sostener.

¿Le sucede algo, señorita?, ¿puedo ayudarla? Pareció que por primera vez percibía mi cuerpo cuando ya llevaba yo un par de minutos pidiendo audiencia. ¿Usted conoce a la señora González? Me preguntó. ¿La del bebé? No, la abuela. No, no la conozco. No se preocupe, me dijo cerrando el breve voleo. No tuve más remedio que desaparecer. Unos pasos adelante, volteé pero ya no estaba en su esquina. Olguita caminaba apresuradamente hacia la casa de sus vecinos, pero ya no quise regresar a ver en qué paraba la cosa.

Al principio llamé sólo a los vagones del despecho y la envidia. Olguita quería llamar la atención de alguna manera en pleno domingo familiar, quería que Romualdo se sintiera incómodo, que recordara las promesas detrás del frondoso ficus que ha sobrevivido todos estos años en un clima tan ajeno. Pero luego rectifiqué. También querría cobrarle a su esposa por las velas aromáticas que el domingo pasado la obligó a comprar. Olguita vende productos Home Interiors y se reúne con catorce señoras los martes a levantar pedido y los viernes a entregarlo. El domingo pasado abordó a las visitas de sus vecinos con estas velas que Brenda creyó regalo, por eso las tomó en sus manos. Luego Olguita le dijo el precio y terminó el negocio diciendo que por el dinero no se preocupara, que el próximo domingo se las cobraba. Por eso estaba ahí, esperando el silbatazo de salida para correr a interceptar a los dueños de esa camioneta guinda.

O tal vez Olguita y la Señora González estén enamoradas. Esa sería otra historia.

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