Sedientos

9 Jul


Hay exploradores, a últimas fechas convertidos en pepenadores, que buscan con desespero entre las grietas de vecindades, en los abarrotados estacionamientos de los centros comerciales, en los callejones y en medio del tráfico, resquicios de la belleza que les hizo algún día jurarle amor a esta Ciudad. Son los sedientos. Sufren cuando ven a sus vecinos elevar sus bardas, pelearse a golpes o sobar un arma a medianoche. Los sedientos iban a partirse como maderos secos, pero llegó a salvarlos el agua de un huracán.

No es insensible hablar de la belleza, casi hipnótica, de los ríos y arroyos colmados de agua que cantaban y lloraban por toda la ciudad. Hay que hablar de los destrozos, del desamparo y de las pérdidas, por supuesto, pero seríamos verdaderamente estúpidos si no reconocemos que la tormenta también dejó una estela de vida. Yo, por mi parte, cuidaré el recuerdo del rugido del indomable dragón oculto en la serranía y convertido en río Santa Catarina.

Lo primero que se nos ocurrió después fue ir a la Cruz Roja a descargar víveres y a catalogarlos. A mí me tocó ayudar a juntar los frijoles y las verduras enlatadas. Las donaciones llegaban como marejadas. Cada producto estaba cargado de energía solidaria. Levantar la vista y ver a un grupo de desconocidos trabajar apresuradamente, movidos por quién sabe qué pensamientos, me hizo creer que una ciudad moría para dar paso a una nueva.

Con esta idea fue que nos acercamos a algunas de las colonias afectadas. La dueña de la casa lloraba al ver a la cuadrilla de desconocidos armados de palas, jaladores y cubetas dispuestos a entrar a la zona de desastre que eran su cocina, sala y recámaras. El agua había dejado una marca a la altura del techo. Todo había quedado sepultado, salvo sus vidas, recogidas en lancha y resguardadas en la casa de otro vecino que los recibió con un plato de sopa caliente.

Arrastrar con el jalador las pertenencias de una familia transformadas ahora en lodo me generó una ristra igualmente interminable de debates interiores: ¿por qué acumulamos tanto? ¿De quién habrá sido este cepillo de dientes? ¿Cuántos secretos guardaba este diario? ¿Quién le rezaba a esta imagen? Mientras pensaba en todo esto veía cómo otros compañeros sacaban las teles, colchones, cómodas y sillones en donde aquella familia desconocida había construido su historia, todo se había transformado.

Historias de solidaridad y esperanza viajaban de boca en boca dejando una sensación extraña, tal vez ingenua, de que el equilibrio enfermo de la ciudad sufría un duro embate. De la Sierra de Santiago bajaron historias reparadoras: al romperse los caminos, los alimentos de unos se volvieron los de toda la comunidad. De las márgenes del río La Silla llegó la historia de un jardinero que perdió todo con el huracán, pero que contemplando los sabinos todavía tuvo voz para decir: “si viera qué bonitos se veían con el río crecido”.

Después vino el desencanto. Son pocos quienes ven en este caos la oportunidad de repensar la ciudad. Ahora que las avenidas se han convertido en auténticos estacionamientos es momento para exigir un modelo de movilidad urbana sustentable. Repetir el actual modelo basado en el uso del automóvil sería un error. Escuchar a las autoridades prometer una reconstrucción inmediata de las avenidas y puentes caídos me hace sospechar que no habrá análisis ni rediseño, sino tropezones con las mismas piedras.

El Gobernador debiera estar convocando a una evaluación pública sobre el fallido modelo de desarrollo urbano. La catástrofe de Anáhuac clama por un cambio de paradigma. “Alex” fue una tormenta categoría dos, pero la corrupción, la impunidad, la negligencia y la devastación como política pública son categoría cinco.

Días después del desastre, lo peor de los políticos ha salido a recorrer las calles. Ofrecen ayuda buscando extender sus redes clientelares. Nos quieren convencer que no son aquellos otros, los rebasados o coludidos con la delincuencia organizada. Pero lo son. No se nos olvida cuánta responsabilidad de la desgracia lleva su firma.

La tormenta nos ha dejado más sedientos.

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7 comentarios to “Sedientos”

  1. Arrako julio 9, 2010 a 4:11 pm #

    Precisamente… creo si es sed.

    ¿Por qué acumulamos tanto? Esa pregunta es la que más me ha rondado en los últimos meses y se ha agudizado sobremanera en el transcurso de las últimas dos semanas. Ansío que salga de mi cabeza y se establezca en otras, y eche raíces.

    Al igual con la valoración de los recursos, el hecho de que son de todos, entre otros pensamientos que no sé cómo sacar de mi cabeza (no para abandonarlos, sino para compartirlos) y que quizás ahora, ante la experiencia compartida por la ciudadanía, encuentren tierra fértil y no puro lodo hostil.

    ¿Los que no sufrieron daños y corrieron a terminarse el agua embotellada de los supermercados con cierta prepotencia, también les aumentó la misma sed de la que hablas?

    • ximenaperedo julio 15, 2010 a 2:53 pm #

      Creo que algunas reflexiones posteriores al Alex están rondando a grupos amplios de personas. Es decir, no creo que seamos los únicos que se preguntan por qué acumular tanto… qué son los bienes materiales… en qué se convierten cuando les entra lodo. Me consuelo pensando que en todas las épocas y en todos los espacios hay que gente que revisa constantemente su ser y su estar.

  2. Alfonso Teja julio 9, 2010 a 11:11 pm #

    Siempre será bueno recordar a Proudhon: “TODA PROPIEDAD ES ROBO”. Pero ¿qué podemos hacer para contrarrestar los miedos generalizados, sembrados y cultivados desde arriba, hasta tan adentro y tan abajo? Me repugna el rito de los muros. En ambos lados se respiran aires de prisión.

    • ximenaperedo julio 15, 2010 a 2:49 pm #

      Te acompaño en la reflexión y en el extravío, Teja. ¿Cómo hacer para contrarrestar los miedos generalizados? … En esa pregunta se pasan los días.

  3. jacob julio 15, 2010 a 2:12 pm #

    Mientras haya gente como Ximena todavia se aguantan mas huracanes. Le mando un poema, respetuosamente, claro.
    Un poema de Alvaro Pombo que me gusta mucho:
    Yo no soy de esta ciudad ni de ninguna
    He venido por casualidad y me ire por la noche
    aqui no tengo primos ni fatasmas.
    Ahora vere los arboles despacio, la calle entre
    dos casas neutras
    que conduce a un parque vacio.
    He visto ya en otros sitios como el viento
    hace huir un papel periodico
    y se que la lluvia sera hermosa desde esa
    taberna desierta.
    Cenare temprano y antes de que salgan del cine
    las parejas de novios
    habre dejado de ser en la mirada enumerativa
    de la estanquera
    Y habran fregado ya mi taza de cafe
    y mi tenedor y mi cuchillo y mi plato
    en la Fonda sustituible.

    • ximenaperedo julio 15, 2010 a 2:51 pm #

      Hermoso poema, Jacob. Gracias. Cambió el ritmo de mi mañana. Me acordé de Pessoa y de la Tabaquería. ¿Lo conoces? Igualmente poderoso. Gracias de nuevo por compartrlo.

  4. jacob julio 15, 2010 a 3:33 pm #

    Fijate que no lo conozco, voy a buscarlo. Es tu poeta preferido? Por el momento, para mi es Symborska!

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