Sarahí, mi amor

2 Jul

Me la encontré caminando por la Avenida Cuauhtémoc, entre la calle Hidalgo y Ocampo. El contraste de su melena roja casi rosa mexicano contra la barda metálica me distrajo y,  como sucede cuando toca, nuestras miradas se cruzaron.  Aunque en ese momento no pude aceptarlo, segundos después, mientras la miraba sacar su espejo de bolsillo supe que la había encontrado. El camión se alejaba pero yo todavía llevaba la fotografía de su rostro en la mano. Nítida. Sus cejas tan recortadas como dos hilos violetas. Sombras azules, rubor rosado, pómulos hundidos, ojos pequeños y afilados: la hija de Lin May. También podría tratarse de un hombre, rebatí. Por supuesto, dije regresando mi vista al frente, mientras recordaba su figura por detrás, esbelta de piernas largas y redondas caderas. Podría haber sido un hombre que la gente un día dejó de llamar Moisés. Esta posibilidad me desanimó un poco pues tendría que regresar al principio de la historia, soltar amarras y esperar un rato en el pórtico de casa, padeciendo calores y sequedades. Por eso, al subir por la calle 2 de Abril decidí que ella nunca fue Moisés, sino Sarahí. Me llamo Sarahí, mucho gusto, saludaba mientras enseñaba sus dientes desengarzados.

Lalo trabajaba en el taller mecánico al que fueron a parar los restos del Chevy 98 en el que murió Evaristo. Yo caminaba por la calle Tapia hacia el oriente, a la altura de la calle Héroes del 47. Todas las mañanas tomaba en esa misma acera mi camión. Evaristo me saludaba de lejos, a veces con un ligero movimiento de cabeza pero siempre pendiente de los personajes de la banqueta.  Ese día esperaba yo mi camión como todas las mañanas, cuando la vi aparecer en la esquina de Julián Villarreal con Tapia. Era ella, pero sin maquillaje y con el cabello recogido. Se parecía menos a Lin May. Volteaba con desesperación hacia atrás para asegurarse de no tener que correr detrás de su camión. Yo sonreía, visiblemente sorprendido por este segundo encuentro con Sarahí. Metros antes de pararse junto a mi, segundos antes de limpiarse el sudor a mi lado para provocar una plática informal la vi desvanecerse frente al portón abierto del taller. No puedo borrar de mi mente la imagen de su caída, inesperada para todos. Parecía como si hubiese sido alcanzada en su costado derecho por una puñalada, por un disparo, por un choque eléctrico. La chica cayó y rodó un poco por la rampa de la banqueta. Su cabeza rozó el pavimento de la calle. Mucho antes que Lalo llegué yo. Me paré con los brazos en alto para llamar la atención de un auto que frenó unos centímetros antes de impactarme. Con el carro detenido, me hinqué a su lado para ver, desde el piso, cómo Lalo la cargaba en vilo, provocando en ella un enojo que la llevó de la agonía al mayor vigor jamás imaginado a las siete y media de la mañana.  Con las manos en jarras observé la discusión entre Sarahí y Lalo, hasta que vi pasar mi camión y no supe más que correr detrás de él.

Ya sentado, con mi boleto en la mano, sumé los números de mi folio que por primera vez sumaron 21.

A la mañana siguiente, pasé más temprano que de costumbre por el taller. Lalo me esperaba, o al menos esa fue la impresión que me dio cuando me lo encontré recargado sobre la barda del negocio, fumando un cigarro. Aquél fue nuestro primer saludo formal. Le pregunté por la chica, él levantó sus hombros fingiendo desgano por el tema, pero algo me dijo que mi anzuelo había ganchado a uno de esos peces mañosos que no jalan a la primera. ¿La conoces?, pregunté sin rodeos. Él lanzó una bocanada larga, sin mirarme. No la había reconocido, me dijo con sequedad, y arrojó la colilla a una mancha de aceite dando por terminada la plática. ¿Cómo se llama?, reviré. Se llama Sarahí pero aquí nunca la volverás a ver.

Camino al trabajo fui descartando versiones. Pasé de un viejo romance entre el mecánico y la chica hasta una rencilla familiar. Nunca imaginé que aquel chevy 98 removería tantos recuerdos en Sarahí hasta voltearla literalmente de cabeza. En ese carro Sarahí había cantado las baladas más populares de la radio, y también había hecho el amor al menos unas cinco veces, sobre todo a finales de mes, cuando no había dinero para más comodidad. Decir que un día antes de su boda Evaristo tuvo el accidente sería demasiado melodramático, lo descarté; sería mejor contar que la tarde del accidente, Sarahí puso sobre el mantel aterciopelado de Lucha los 200 pesos que costaba regresarlo a sus brazos. Esto a nadie se lo contó. Al enterarse que el embrujo había salido fatal, no volvió jamás con Lucha y no asistió al funeral ni apareció en casa de la mamá de Tito. Simplemente se resignó a la idea de que Evaristo terminó con ella para siempre. Por eso, al ver los restos del automóvil el recuerdo la mordió a la altura del hígado y cayó al piso fulminada.

No era para menos, pensé al día siguiente cuando vi que el carrito estaba más destrozado de lo que yo recordaba. Sólo la cajuela se salvó.

Después de saber lo que Sarahí le había hecho al pobre de Evaristo, perdí interés en seguir su historia. De no habérmela encontrado al poco tiempo hubiera dejado aquí la trama, sin embargo, como pocas veces sucede en la vida de un hombre como yo, la suerte trepó a mis hombros desde que salí de casa aquella mañana caliente y pisé una gigantesca goma de mascar. Hablo de fortuna porque a unos pasos del chicle encontré un tenedor. Mientras raspaba con los cuatro trinches la plasta rosácea de mi suela pensé en la suerte como un asunto de voluntad personal. El que un tenedor de metal estuviera tirado en la banqueta no podía llamarse suerte. La suerte era que yo lo necesitara en ese preciso instante.  Todas estas ideas se dispararon hacia fuera de mi cabeza cuando la vi caminar hacia mi. Tenía media cuadra para decidir cómo llamar su atención sin parecerle impertinente. Llevaba puesto un vestido amarillo y sendos tacones negros, bolsa color café. El cabello suelto, como aquella primera vez en que la vi caminar lentamente mientras verificaba algo en su rostro, frente a su espejo. “Sarahí”, la llamé. Ella no se detuvo y siguió andando, dejándome encapsulado en el aroma de su perfume. “¡Sarahí, mi amor!”, grité con los pies juntos y los brazos pegados a mis costados. Pero ella no quiso voltear.

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3 comentarios to “Sarahí, mi amor”

  1. OLivier julio 5, 2010 a 7:22 pm #

    Me gustó. Una vez sumé el 21 ; me sentí como dueño del destino, rey del porvenir convertido en calles fluyentes, como lo fue Sarahí 🙂

  2. Mayyy julio 14, 2010 a 7:05 am #

    Me gusta mucho la estructura del relato, escondida, no dando explicaciones de más, yendo al pasado y al presente, describiendo de forma compacta la historia… ME ENCANTÓ

    • ximenaperedo julio 14, 2010 a 2:47 pm #

      Gracias, Mayyy… levantas mi ánimo!

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