Abandonar la cancha

2 Jul

Reloj, no marques las horas. El domingo se asoma en el calendario como un día sin retorno. En los 14 estados que celebrarán pasado mañana elecciones se escucharán sonar las campanadas del narco. Una parodia cruel del cura Hidalgo. No quedarán palabras en el diccionario de eufemismos presidenciales para matizar lo que a los ojos de la ciudadanía habrán sido las primeras narcoelecciones mexicanas.

Del 4 de julio en adelante los cárteles funcionarán como partidos políticos. La bandera de México cambiará el significado de sus colores: verde de mariguana, blanco de cocaína, rojo de sangre. Pero no se preocupe, los mexicanos tenemos un callo internacionalmente reconocido. Otros, en países nórdicos por ejemplo, hubieran caído pasmados ante la posibilidad de que un Fidel Herrera, un Mario Marín o un Ulises Ruiz los gobernara y, ya ven, están por terminar su sexenio.

Tal como lo hicieran las cúpulas empresariales en los años 70, los narcos han decidido reemplazar a los políticos en quienes, como todos sabemos, no se puede confiar. Nos repugna la idea, pero al cuarto para las 12 es poco lo que podemos hacer. El hubiera es nuestra conjugación nacional y, aunque podemos jugar con ella, creo que más vale asumir que los cárteles entrarán al negocio de la política en una clara preparación para el 2012.

La violencia desatada, la resignación cómplice de los medios de comunicación y el silencio marchito de la ciudadanía que suceden en Sinaloa, Durango, Chihuahua, Hidalgo, Aguascalientes, Oaxaca y Tamaulipas, principalmente, son el anuncio de un cambio de paradigma político. ¿Quién en su sano juicio querría ser un candidato incómodo al narco-establishment? Ésta es una pregunta que quisiéramos no formular, pues convierte en sospechosos a todos los candidatos reales, no accesorios.

El asesinato del virtual Gobernador de Tamaulipas, Rodolfo Torre, confirma esta sospecha. Para ser candidato primero hay que estar bien con los cárteles, y firmar contrato con los dos o tres. La retórica del heroísmo priista, que se desgarra las vestiduras por haber perdido a un hombre honesto, valiente y ejemplar es una parodia de lo que quisieran ser.

El asesinato de Torre obligó a todos los actores políticos a ponerle “play” al casete para repudiar la violencia y comprometerse con el esclarecimiento de los hechos. Antes de que la Procuraduría de Justicia estatal o la PGR deslindaran a Rodolfo Torre de nexos con el narcotráfico -porque por una muerte así 22 mil mexicanos han sido juzgados como sicarios o capos-, el PRI oficializó el discurso del mártir que murió por su patria. ¿Quién se atrevería a contradecir a la furia priista que exigía “respeten nuestro dolor”?

En este cambio de sillas, la ciudadanía debe replantear su posición. Debe asumir que los partidos políticos han fracasado y que la democracia electoral llegó a su límite en el año 2000. Es imposible recuperar al País votando por el menos peor. Nos la hemos pasado cantando de generación en generación ese verso del bolerito de Armando Domínguez que reza: miénteme más, que me hace tu maldad feliz.

Lo peor que podríamos hacer es calderonizarnos y repetir con las orejas y los ojos tapados que le vamos ganando al narco, que goleamos a Argentina. Mientras la educación pública básica siga estando dominada por Elba Esther Gordillo cualquier intento de erradicar la pobreza, la impunidad y la corrupción debe ser considerado dilapidación de recursos públicos. La sociedad mexicana puede ir generando significativos cambios, pero debe de juntar valor para despreciar el atole que nos ofrecen con el dedo.

La clase política nos convoca a firmar un acuerdo de complicidad. Dicen que no podemos abandonar la cancha, pero también dicen otras mentiras.

Adendo: Como regalando la justicia sin concederla del todo, la Suprema Corte ordenó la libertad de los 12 presos políticos de Atenco aludiendo a irregularidades en el proceso mas no exonerándolos de los delitos que les imputó la venganza foxista por negarse a regalar sus tierras. Justicia a medias.

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