Los gatos borrachos

29 May

Esta madrugada que llegué a casa encontré a mis dos gatos esperándome a uno y otro lado de la puerta. Por la tarde Eugenia me había mandado  a volar por lo que traía yo la resaca puesta y me estaba dando por cantar. ¡Ay, Changuita! ¡Ay, Changuita!, recitaba entre dientes sin poder recordar el siguiente verso de la canción. Busqué mis llaves aquí y allá mientras los gatos me miraban como con cierto acoso. Algo extraño se traían, lo advertí, cuando uno de ellos hipó y el otro no pudo contener su risa. Pero mi sorpresa fue mayor al ver que ninguno de los dos podían caminar sin tropezarse. ¡No podía creerlo! Levanté en vilo al viejo Crispín hasta poner sus ojos frente a los míos para preguntarle severamente: ¿Qué pedo, Crispín?, él viendo hacia otro lado eructó sin rastro de vergüenza. No me atreví a regañarlos como se merecían porque de hacerlo me habría resignado a creer lo que, francamente, no puede creerse. Por eso me quedé callado con los brazos en jarra viendo cómo Salomón se tiraba al piso panza arriba para rodar por la estancia. Pasé de largo y fui hacia la cocina. Ellos llegaron con cierto retardo y tomaron sus lugares en las sillas. Cruzaban sus miradas de vez en cuando y no quitaban su sonrisa tontona. Yo, en cambio, miraba al techo con cierto desamparo  pero pendiente de los movimientos del par de gatos oscilantes que parecían caerse de borrachos. Fue Salomón el que comenzó a decirme: Bájale, Matías, no es tan grave. Su voz prensó mis entrañas. Fui presa del pavor. Me paralicé. ¡Te dije que era bien culero!,  reclamó Crispín con una voz rasposa y burlona. Esto fue lo que me despabiló con ganas, ¿culero yo?, me indigné. ¡Culero tú, pinche Crispín, que te escondes cuando truena o cuando viene mi mamá! Así fue cómo, sin mucha meditación, comenzamos a discutir los tres.  Aunque trataba de defenderme reclamo por reclamo, no podía dejar de paladear el sabor de la traición, ¿cuánto tiempo llevaban ocultando sus disgustos, hipócritas gatos ronrroneadores? Nomás no empieces a chillar, me exigió Crispín con la mirada torva, negándome la oportunidad de llorar a moco tendido.  Lo bueno fue que después de los reclamos vinieron las adulaciones. Me dijeron que preferían estar conmigo que con las vecinas porque yo los sábados y domingos cuando me curaba la cruda les regalaba un poco de cerveza. Por mi parte les dije que me parecían dos gatos muy guapos, aunque maduros. A Salomón le chuleé su esponjosa cola y a Crispín lo felicité porque la pérdida de su primer diente no lo había tumbado en la depresión. Mientras hablaba noté que ya los gatos se querían dormir, así que me acomodé en la esquina de mi brazo sobre la mesa y me quedé jetón. Amanecí con una pelota de plomo rodando en el hueco de mi cabeza. El primero en aparecer fue el chimuelo de Crispín que olfateó sus croquetas rancias y me regañó con un maullido. Salomón apareció detrás, se sentó y se me quedó mirando fijamente. No quise preguntarles nada, me pareció ridículo, pero tuve la impresión de que a ellos también les dolía la cabeza. Quise pararme pero mejor me acosté en el piso. Los gatos se me untaron en los cachetes y en los hombros; luego Crispín subió a mi pecho y se acostó. Al despertar vi cómo de su hocico salían las palabras: no te sordees, cabrón.

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2 comentarios to “Los gatos borrachos”

  1. OLivier mayo 31, 2010 a 7:35 pm #

    Que bonito blog!! cambiaste tu corteza… vendré más seguido 🙂

  2. manuel junio 2, 2010 a 5:45 am #

    Ta chido el cuento, ¿va para el sanmillano?, saludos

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