El rugido que esperábamos

3 May

¿El inicio del fin?

El 23 de Abril, según los católicos: día de San Jorge, nos encontramos más de 400 personas en la Plaza del Colegio Civil. Eran las cuatro de la tarde, las palomas mataban el tiempo volando en círculos obsesivos sobre nuestras coronillas. Los organizadores nos daban instrucciones y repartían entre la multitud bandas de color blanco para usarlas como tapabocas. Marcharíamos en silencio absoluto en la primer parte del recorrido para luego destapar nuestras bocas en un solo grito escalofriante.

Salimos caminando por la calle Washington, hacia el poniente. Era tan contundente nuestro silencio que ni siquiera nuestras pisadas alertaban a los peatones. ¡Cuántos rostros de asombro conté en las esquinas! Nadie nos sentía llegar y, sin embargo, nos estacionábamos en cada gesto congelado de sorpresa. ¿Quiénes éramos?, ¿qué queríamos? Eran preguntas que parecían leerse en cada uno de aquellos labios ligeramente abiertos.

Yo que he participado en el relajo y buen cotorreo de las marchas de la diversidad sexual, que he gritando ¡sin maíz, no hay país!, que he coreado junto a otros por la Sierra Cerro de la Silla, por la Pastora, por los niños desaparecidos de CAIFAC, por los despojados de lo suyo en Nueva Castilla, en Tierra Libertad y en Atenco, nunca había experimentado la contundencia del silencio para llevar un mensaje a la ciudad.

Era como si al andar fuéramos silenciándolo todo. Las esquinas más ruidosas que conozco perfectamente, el paso por Aramberri a la altura del Mesón Estrella, Juárez, la Alameda, todo ruido parecía apagarse con nuestro paso. Creo que el silencio fue también nuestro escudo protector porque la gente aguardaba pacientemente a que pasara el contingente sin agredirnos ni burlarse de nosotros. Tal vez si hubiéramos estado gritando consignas el pueblo que esperaba su camión o su turno para cruzar nos hubiera tachado de burgueses sin qué hacer. Pero el silencio nos hermanó. El silencio de las muertes que esta Ciudad carga a cuestas fue el puente entre nosotros.

Un mismo silencio

Si pudiera elegir sólo me quedaría con los mitos y las leyendas católicas, entre tantas la de San Jorge y el Dragón. Cuenta la historia que un dragón había hecho su nido justo en el pozo de agua que utilizaba el pueblo. Sacrificaban diariamente a una persona de la comunidad para que mientras el dragón devoraba a su víctima el pueblo recogiera el agua necesaria para curar su sed. Un día la princesa del pueblo fue elegida para el sacrificio. Su padre, el Rey, imploró clemencia pero de poco sirvió. Cuando la princesa se encontraba a punto de ser asaltada por la bestia, apareció Jorge, un soldado romano, montado en su caballo. Jorge libera al pueblo del yugo del dragón y salva la vida de la princesa.

La Ciudad ha sido asaltada por varios dragones que impiden que tomemos el agua que da paz. El pueblo decide que algunos miembros de la comunidad deben ser sacrificados y esta táctica inhumana y cruel seguirá realizándose hasta que llegue una nueva voz a ponerle fin. ¡Ni una muerte más! gritó el contingente al destapar sus bocas. El grito fue un rugido que desbordó en lágrimas a varios. Fue el clamor guardado durante todos estos años en los que hemos visto a nuestra Ciudad desaparecer. Creo que es el grito que estábamos esperando.

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