Los estudiantes

9 Abr

En los últimos días un nuevo aire recorre los pasillos de muchas universidades mexicanas públicas y privadas. No sabemos a dónde se conduce, pero es de celebrarse que este viento genere preguntas e invite a discusiones.

Como nunca en los últimos 40 años, cientos de grupos se organizan, se montan en Facebook, en Twitter y abren blogs, se reúnen, generan convocatorias. Sin embargo, antes de celebrar el hecho habrá que preguntarnos cuántos de estos esfuerzos asumen un discurso humanista, multidisciplinario y creativo y cuántos optan, naturalmente, por la retórica del miedo.

Percibo una resistencia casi general de estos grupos a parecer insumisos. Temen protestar por el castigo social más que por una eventual represión policiaca. El desprestigio de la protesta se ha venido agravando mientras más tensa es la cuerda entre ciudadanía y gobierno, entre patrones y empleados, entre curas y feligreses. El éxito de esta manipulación ideológica es cuando la gente siente culpa por quejarse organizadamente.

Al rechazar la protesta como un medio de participación legítimo, muchos estudiantes se han volcado hacia un discurso “propositivo”. En esto veo yo algunas incongruencias que quiero compartir con el ánimo de sumarme al debate. La primera es que mientras no existan recursos de democracia participativa como el referéndum o la iniciativa popular, las propuestas no son vinculantes. No podemos ignorar que el Estado ha roto el contrato con la ciudadanía. Hacernos los olvidadizos y llegar con una cartera de propuestas bajo el brazo es un pecado de ingenuidad.

Pero el problema más grave es que a la política mexicana no le hacen falta reformas, sino una real transformación. Mientras algunos creen que cambiando algunas piezas el mecanismo funcionará mejor, otros están convencidos de que hay que realizar una verdadera renovación de la lógica y los fines del aparato entero: una nueva Constitución.

Como está el sistema político mexicano es capaz de corromper a toda persona decente que ingrese a sus laberintos. No es un problema de honradez, sino de estructura. Es un error pensar que las mafias al interior de la política se eliminarían enviando “gente buena”. En el colmo de la inocencia o de la ambición está pensar que lo que le hace falta a México “es un joven como yo”. Cada año cientos de chicos inician grupos políticos con el propósito de ser invitados a las filas de los partidos.

Desde la acera opuesta los vemos entrar al edificio del partido. Los primeros días entran juguetones, como cachorros. Van a cambiar al mundo, lo tienen decidido. Pero semana a semana vemos cómo el ánimo decae. Algo les pasa en el camino, se vuelven intolerantes, impositivos, rapaces. Realizan su primer rito de iniciación al sistema cuando hacen algún favor extraoficial al jefe. Demostrado su carácter dan un paso hacia adentro. Se sienten los muy fregones.

El incipiente movimiento estudiantil puede terminar formando parte de lo que ahora critica. Ése es el peligro más inminente. Por eso es importante que los grupos que hoy nacen se cuestionen sesudamente qué principios los rigen en lo personal y en lo colectivo. Si lo que desean en realidad es beneficiarse del monopolio del poder, entonces formarán parte de esa generación de juniors sobrados de sí mismos, que ignoran casi todo excepto su peinado.

Matar o morir por dinero o por poder son los síntomas más agudos de un Estado agonizante, saqueado por políticos y abusado por poderosos. En estas condiciones es difícil presentar una solución absoluta a un problema tan extendido y enraizado. Por eso no debemos endosar a los estudiantes una responsabilidad de todos.

El mejor mensaje que pueden liberar los estudiantes a la sociedad es que es posible organizarse desde la horizontalidad, dialogar desde el respeto y la tolerancia y consensuar con humildad e inteligencia. Eso daría señales verdaderas de que esta generación heredará un México mejor a quienes hoy son niños y niñas.

ximenaperedo@yahoo.com.mx

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