Todo comenzó cuando un perro me mordió

3 Feb

Sobre Avenida Colón escojo un parquímetro frente a un taller mecánico, a unos cuantos pasos de la entrada a la estación del Golfo. A él ataré mi bici. Es un experimento Nunca he dejado mi bici aparcada mientras yo viajo por la ciudad. Casi siempre me espera atada a un poste mientras yo estoy a unos metros de distancia. Por eso elegí el parquímetro frente al taller. Estoy hablando por teléfono con mi colega Arturo, con el celular sobre mi hombro, hago malavares para enroscar mi cadena al cuadro y a la llanta delantera para luego abrazar al parquímetro. En eso aparece un perro en escena. Pudo haber sido un bull dog pero en lugar de eso, era un perro con postura de bull dog y pelo largo, blanco, con motas negras. El perro se me planta. Yo estoy empinada literalmente, amarrando mi bici. El perro me gruñe, yo le digo a Arturo: “espera, un perro me la está haciendo cardiaca”. Pero no se qué hacer: perro contra mujer. No lo voy a amenazar, pienso, ni le voy a hacer un finta de patearlo, no, sólo me le quedo viendo. Cuando creo que nos hemos puesto de acuerdo: -mira, perro, yo nomás quiero dejar aquí mi bici, pero ya me voy- me doy la media vuelta para subir las escaleras del metro. Arrrmm, hinca sus dientes en mi chamorro izquierdo. “Ta, ya me mordió”, mi amigo en el teléfono se apura, piensa que estoy herida. Nos volvemos a encarar. Ahora sí que lo miro con odio. Con odio jarocho. Sigo en la idea de no gritarle, ni mucho menos pegarle. Pero eso sí, lo miro con rabia. El perro me ladra. Me invita a un duelo. Creo que las cosas se están poniendo peor. Mi amigo, como buen reportero, pide noticias. Creo que tengo todas las que perder, además tengo harta prisa. Voy tarde a una cita por la estación Aztlán. Un señor sale del taller. Cubre mi retaguardia en lo que yo me apuro a subir las escaleras.

Voy de observadora de un proyecto francamente encantador. Un grupo de sociólogos jóvenes estimula el juego y la lectura a los niños y niñas de una escuela en la colonia Lomas de Modelo. La escuela está sobre una calle sin pavimentar siquiera. En el salón, pese al frío, algunos niños no traen calcetines. Uno de los juegos que propone Joel para inciar las actividades es cambiarse de mesabanco a la cuenta de tres. Ellos y ellas, discretos, se cercioran de que sus mochilas queden bien cerradas. Me da un poco de tristeza que desconfíen premeditadamente del huésped que por unos minutos ocupe su lugar. Luego Joel nos lee un cuento que nos divierte. Se pasea por las filas asustándonos con gestos que al mismo Tin Tan haría reír. Después de corear juntos Colorín, colorado este cuenta ha terminado, jugamos de nuevo. En medio de la algarabía somos interrumpidos por una mujer que se parece a la ilustración del cuento La peor señora del mundo. Con cierta prepotencia se para frente al grupo para pedir los permisos firmados por los padres de familia para permitir a sus hijos vender boletos para la rifa de un MP4, a cambio de vender toda la planilla, el niño recibe un juego electrónico, la escuela, supuestamente, recibe 300 pesos para sus necesidades. Es decir, que los niños de primaria trabajan para que la escuela tenga un dinerito extra, que seguramente nunca sale de dirección. Los niños entregan 1275 pesos de su vendimia, a cambio reciben un PSS, la directora se clava 300 pesitos y el resto se los queda esa persona astuta, de la Fundación Mesco, que pone a trabajar a los niños para enriquecerse. La peor señora del mundo sale con sus permisos firmados. Yo le pregunto a la directora que dónde está invertido el dinero que los niños le han entregado. Ella sonríe, “es la primera vez que vamos a hacer esto”, “yo no voy a entregarles (a la fundación) su dinero hasta que me den lo que me toca”. Lo que me toca. Lo que me toca. Lo que me toca…

Regreso en el metro. Tomo la bici. No hay perro. Vuelo a comer con mi amigo Víctor. Una tostada de ceviche es suficiente. Me voy masticando el último bocado al Congreso Local, en donde los panistas muestran los resultados de una encuesta que no sirve más que para evidenciar que nadie conoce a cabalidad el proyecto del estadio del Club Rayados. Los noto confundidos. Les hubiera encantado que la consulta les diera alguna posibilidad de maniobra, pero no es así. “Tienen que hacer su chamba, diputados”, les digo al final. Tienen que allegarse de información científica. Su responsabilidad es velar por la ciudad que tendremos en veinte años. El estadio acabaría por secar el río la Silla, qué decir del destino de un bosque rico en flora y fauna. Casi al despedirnos, Alfonso Robledo me pregunta que cómo le hago para andar en bici cuando llueve. Muy oronda le digo, “pues ahorita no llueve”.

Me empapo. Voy a trabajar un comunicado y a entrevistarme con otra colega en el Starbucks de Constitución. Llego echa una sopa. En el camino, pedaleando, me encuentro a tres amigos. Por fortuna me topo a Churros, quien desde su carro rojo me ofrece diseñar el logo de nuestra campaña “Sí al estadio, pero en otro lado”, estupendo.

Antes de que oscurezca cierro mi compu. Debo volar a mi clase de inglés. Está lloviendo. El asiento de mi bici está empapado. Aún así lo monto, ¿qué podría hacer? Mientras pedaleo los autos me salpican de agua lodosa. Llego con el pantalón enlodado. Doy pena. Pero mi orgullo está intacto, así que me presento a mi salón de clases a iniciar mi curso. El profesor aparece. Se presenta como Engineer. Insiste en que le llamemos así, sobre todo en los pasillos de la escuela porque, dice, es importante mantener la distancia de autoridad. Yo no me la creo. Lo siguiente es escucharlo hablar de sí mismo larga y abundamentemente. Así pudimos saber que tiene dos títulos académicos, que es doctor en nanotecnología por Princeton, que fue traductor de la ONU, que fue militar, que estuvo en Irak, que lo que más le gusta de México son los gansitos, que estuvo a punto de ser cura, que tiene tres tatuajes, que viva George Bush. Yo, con mi trasero empapatado y mis botas chorreantes, quiero salir de ese salón. No soporto escuchar las cosas que dice este profesor. Su discruso es un hilo conocido, del que sólo cuelgan prejuicios raciales, de género, culturales. El resto de la clase es escucharlo regañarnos -a nosotros, mexicanos- por ser tan agachones, tan mentirosos, tan tramposos. No lo aguanto. No puedo más. Me siento mal por ser tan intolerante. Me preocupo. Lo peor es que muerdo el último anzuelo que lanza y soy presa de un acto que hoy me avergüenza. Nos echa en cara que no somos exigentes con nuestros profesores, lo interrumpo. Le digo que yo sí lo soy: que quisiera volver a la universidad para decirle a uno de mis profesores que dejara de hablar de sí mismo y que su clase era aburrida . El profesor me mira impávido. Baja su mirada y dice en inglés: “página 165, de tarea”. Cierra el libro, nos despacha 15 minutos antes de la hora. Insiste en que le llamemos Engineer, yo le digo que no comprendo por qué. Lo repite. Al final mi ego es nuevamente atrapado en una red: ” si yo tengo que llamarlo así, entonces usted llámeme Licenciada”. Hoy tengo esa tristeza extraña, como cruda, de haber entrado en una discusión por el sólo hecho de ver amenazado mi confort ideológico. Lo comparto como una confesión. Así no me gusto.

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3 comentarios to “Todo comenzó cuando un perro me mordió”

  1. luis febrero 3, 2010 a 10:33 pm #

    “El profesor aparece. Se presenta como Engineer…” fabuloso!!!

  2. Bertha febrero 4, 2010 a 11:09 pm #

    Na Xime, no estoy de acuerdo. Creo que el ejercicio del diálogo y la cordura en las relaciones de cualquier tipo son indispensables para ir entablando buenas relaciones: que tu profe crea que puede tener hacia ustedes una mirada tan vertical les hubiera hecho daño igual a ti que a él. Chido por el escalón que pusiste.

  3. carlitos febrero 14, 2012 a 3:07 am #

    LO SIENTO ESTO ES UNA PORQUERIA! SORPRENDENTE TANTA DESINFORMACION QUE MANEJAS! MMMMHHH PERO SOBRE TODO IGNORANCIA.

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