En la fila del super

21 Ene

Ayer me fui en bici al supermercado más cerca de mi casa. Como iba sólo por dos productos, los puse dentro de mi casco mientras esperaba mi turno para pagar y ojeaba el último número de la revista Proceso, cuyo 80 por ciento del contenido hablaba sobre narcos y destrucción. Muy al estilo del Sorianita de Calzada Madero, sólo había dos cajas abiertas. Así que las filas eran largas y lentas. Adelante de mi un chico de no más de 15 años, estrenando bigote, con las extremidades más largas que su tronco,  traía un cloro Cloralex -parecía el típico encargo de la mamá: vas al super y me traes un cloro-, cascaba una moneda en la vista de plástico del manubrio de los carritos de super. Tac, tac, tac, tac… en eso, un hombre como de cincuenta años se para junto a él para agredirlo: “¿para qué haces eso? ¡no más para chingarnos!, ¿vedad? No más para pendejear, ¿no?”, de inmediato pienso que es su tío, o su padre, o algún familiar que pretende humillarlo frente a todos. Sobra decir que el ambiente quedó crispado, que se hizo un silencio sepulcral y que la música del super quedó en primer plano. Pero la gran sorpresa vino después. El adolescente no se quedó callado, como al menos lo esperaba yo. Le dijo: “¡Vas a chingar a tu madre, pinche viejo pendejo!”. Ay, güey, pensé. Me sentí completamente fuera de lugar con mis kotex dentro de mi casco, atestiguando una riña entre un adulto y un niño, enmedio de todos los colores y los plásticos, en un lugar aparentemente tan lleno de alegría -de caramelos , cocas, papas- como son los supers (yeah, right).  El señor, con sus canas y su pelo ondulado, se siguió de largo -tal vez fue el más sorprendido con la reacción de quien fuera su víctima-, pero el chavito no lo dejó irse sin gritarle: “¡te va a llevar la chingada! ¡te va a cargar un vergal!” y, quedándose solo, rodeado de señoras atónitas, como yo, comenzó a cascar su moneda con furia: TAC TAC TAC TAC TAC… el rijoso muchacho alzaba su cuello para ubicar al señor. En eso, tres empleadas de salchichonería, en su hora de comida, pasaron entre el muchacho y yo. Es decir, yo di dos pasos hacia atrás para no bloquearles el camino. El niño -porque eso es- detiene a una de ellas y le ordena que le diga al señor, que supongo los dos conocen, que le va a decir a su primo que se lo cargue. La señora, con su cofia y su tapabocas sobre el cuello lo mira sin entender a qué se refiere. Piensa que está jugando. Pero el chico remata: “dile que ya se chingó. Así le dices”. La señora escapa de la escena. Un empleado de Soriana me dice que puedo pasar a pagar a farmacia, así lo hago. Sin querer, tal vez por la turbación, también compré la revista. Pero de eso me di cuenta al final, cuando puse mi compra sobre la canastilla.

Parece que cada vez serán más constantes estos días de furia, pero prometo que nunca me acostumbraré a la idea.

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Una respuesta to “En la fila del super”

  1. David P. enero 22, 2010 a 2:41 am #

    Qué intenso! Una excelente descripción del momento.

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