Cien dias con Rodrigo

15 Ene

En el patio central del Palacio de Gobierno se arremolinan los grupos políticos del Estado. Hace frío. Desde lejos, observo cómo el recién llegado es recibido o bateado por los integrantes de esas tribus que han olvidado cómo se enciende un fuego. Los machos alfa sobresalen. Se buscan unos a otros; están aburridos de escuchar al aprendiz de grillo decirle al oído quién sabe cuántas barrabasadas. Ahí están Mauricio Fernández, Eloy Cantú, Rogelio Cerda y casi todos -más les vale- los diputados y alcaldes del Estado, así, en masculino.

Entramos. Todas las sillas están reservadas -así se toma lista de asistencia. La sala es tan pequeña que parece planeado adrede para el pie de foto: “una multitud lo espera de pie, leal”. Yo también estoy de pie, pero molesta. A mi lado tengo a un hombre que mira con inconformidad su reloj. El señor Medina está por cumplir media hora de retraso. Como cualquier estrella pop, le digo de reojo a mi trajeado compañero, sólo saldrá cuando empecemos a aplaudir. El tipo me sonríe nervioso.

Una voz en off presenta al reciclado gabinete y lo más interesante: menciona y agradece a los directivos de TV Azteca, Multimedios, Televisa y Radio Alegría por su presencia en la sala -sin ustedes, muchachos, estaríamos perdidos-, luego, como en cualquier show de televisión, una voz femenina y entusiasta quisiera gritar: ¡Con ustedes Roooooooodri…Gooooooo!, pero en lugar de eso anuncia la presencia del Gobernador Constitucional del Estado de Nuevo León Licenciado Rodrigo Medina de la Cruz.

Nuestro acicalado protagonista sale al escenario a saludar a los personajes de la primera fila. Sorprende que al terminar de estrechar todas esas manos no le falte algún dedo y aún conserve su anillo y reloj. Con gran agilidad, Rodrigo sube los dos escalones que lo separan de su público. En el mismo set, sentados, como los concursantes de “Cien Mexicanos Dijeron”, están los integrantes de su gabinete, que llevan ahí, callados, más de media hora de plantón. Sólo dos están expectantes, los jóvenes, el resto presenta un rostro desencajado, pero aplaude disciplinadamente. “Son de otra época”, se quejará el asesor de imagen.

RodriGo comienza. No es tan bueno con el teleprompter como Peña Nieto, pero tampoco lo hace mal. Así, el Gobernador comienza a leer y a leer, y a leer. No nos mira, no se distrae un segundo. Salta su mirada de uno al otro atril para sumirnos en un discurso plagado de lugares comunes, de frases hechas que caen, sin querer, en la comedia, aunque nadie ríe. La diferencia entre éste y la demagogia anterior es el caramelo y el tono forzado de héroe. El discurso de Medina es una mezcla desafortunada entre Obama y Paulo Coelho.

Éste es el club de los calculadores. El público no viene a emocionarse, aunque recibirá una estrellita si aparenta hacerlo. Las palabras, en boca del Gobernador, pierden sus significados vertiginosamente. Muecas de envidia o de reclamo por doquier. Sólo hay una persona que asiente y se entusiasma en todo el auditorio, una mujer de morado, la diputada Mary Huerta, que hace todo lo posible por llamar la atención de su Gobernador. Incluso lo interrumpe con su aplauso, que es seguido lenta y apesadumbradamente por el resto de la concurrencia.

En las dos pantallas que flanquean al escenario observamos imágenes de las hazañas de RodriGo que se reducen a la detención de la mujer que robó a una recién nacida en el inicio de su administración. El rostro de la delincuente aparece detrás de RodriGo, como hada madrina -gracias, chatitita, de no ser por ti y por la tele estaría perdido. El resto de las imágenes muestra al Gobernador saludando personas en diferentes escenarios, como si ése fuera su trabajo. Cuando termina de leer los presentes le aplauden de pie.

Todos quieren felicitarlo -¿de qué, por qué? Parecen actores felicitando al estelar por las primeras 100 representaciones de la obra de teatro. Pero, hay que decirlo, ha sido una pésima actuación.

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