Tengo vida

8 Ene
La cosecha levantada es mucho más que estas lánguidas verduras terrosas. Aquí en el pocillo de mis manos se ven muy poca cosa pero están alimentadas con el desgaste de esta vida que tengo. Si Usted supiera lo que les he contado mientras dormían bajo la tierra. Si pudiera escuchar las contadas gotas de lluvia que cayeron sobre la labor, ahora mismo las vería Usted con otros ojos, los ojos del cariño que yo les guardo, por aguantadoras. Por eso, aunque el precio lo pone Usted, su significado lo guardo yo.

Ya sumamos varios años de cosecha pobre. La Tierra está cansada y el agua es poca. Podríamos sentarnos a inventariar los daños, las pérdidas, las enfermedades. Ha sido otro mal año, concluiríamos sin más y acaso apuntaríamos con cierto rencor hacia las artríticas zanahorias para maldecir su mendicidad. Así nos hallaría la luz del siguiente día, desvelados y contando aún los males que, de tantos, se pegan contra las paredes, como espectros.

Pero la vida debe estar en otro lado porque si tan sólo se trata de acumular y de vencer, la multitud está perdida. No tengo zapatos, ni dinero, ni amigos, ni morada, ni madre, ni padre, ni hijos, ni fe, ni iglesias, ni dios, ni cigarros, ni país, ni nada. No tengo nada. Ni ropa, ni trabajo, ni tierra.

Éste fue el himno de la pobreza que entonó Nina Simone en 1968, pero que convirtió también en una oda a la riqueza en los siguientes versos. Pero te diré lo que tengo: tengo mi cabello, mi cabeza, mi cerebro, mis oídos, mis ojos, mi boca y mi sonrisa. Mi lengua, mi barbilla, mi cuello, mis pechos, mi corazón, mi alma, mi espalda y mi sexo. También dolores de cabeza y malos ratos como tú. Me tengo a mí misma. Tengo mi sangre. Tengo vida.

Hay un tiempo para cada cosa bajo el sol. Hay uno para planear, para esbozar proyectos, para crear, para trabajar hasta el cansancio. Hay otro para analizar, para revisarse a uno mismo, para señalar el rededor, para nombrar las cosas. Hay otro para guardar silencio. Pero propongo que hoy sea un día de reconocer lo intangible que nos rodea, la belleza inasible de las mañanas soleadas de invierno. Al amigo que nos busca para contarnos -con gran misterio- lo que le ha pasado. Las buenas noticias que acontecen en la vida de las personas que amamos.

¿Para qué lamentarnos por lo que no tenemos? Propongo que hoy observemos lo que es verdaderamente nuestro. No los muros, que se caerán en unos años, ni las ropas que mañana amanecerán enmohecidas, sino lo propio, nuestros afectos.

Este año no gané más dinero que el pasado, pero más amigos llegaron a mi vida. No puedo contar épicas historias protagonizadas por mí, pero he sentido la solidaridad de los cercanos. A pesar del fuego, de la confusión y la estupidez, conservo mis creencias personales. Sigo creyendo que lo mejor está por venir, que aún no conozco a todas las personas que amaré en mi vida y que el desconocido es una buena persona hasta que demuestre lo contrario.

Las crisis, económica, climática, de confianza, de ética, han sembrado sobre nuestras tierras preguntas y deseos, que bien cuidados se convertirán en los frutos que comerán las siguientes generaciones. Me desilusioné hasta el agotamiento de la clase política, pero recuperé mi fe con lecturas y con los destellos de ciudadanía que ya comienzan a brillar en la Ciudad.

Este año vi a mi País empobrecerse más. Vi multiplicarse al número de personas en situación de calle, pero también fui testigo de la caridad de los barrios que siguen compartiendo lo poquito que hay.

Despido al 2009 ambicionando una transformación. Que nadie muera sumido en amargura, prepotencia o egolatría. Que el rigor con que el mercado nos juzga no alcance para lanzarnos al miedo, ni revuelva nuestros principios, ni despierte nuestra paranoia y frustración.

Que en el 2010 nos concentremos en los pequeños placeres gratuitos, que nos pertenecen a todos, sin distingos, por el simple hecho de estar vivos.

Y que nos vaya bien.

(Columna publicada el viernes 1 de Enero de 2010 en el periódico El Norte, de Monterrey, N.L)

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