Por supuesto que no estoy borracha

8 Dic

La luminosa mañana de domingo cuela sus dedos por la ventana para picarnos los ojos. Como vamos pudiendo, por pedazos, a mitades, aparecemos en la mesa de la cocina. Alguien más tendría que servir el café pero nadie se mueve. Resignada pregunto quién quiere y aunque nadie abre la boca, recojo, cual víctimas de guerra, cuatro agonizantes miradas. Tomo cinco tazas de la gaveta. La noche de ayer éramos otros. De ninguno de sus hijos desterrados, la noche recibió un solo reclamo y de los pincheszetas nos reímos con cierto retraso, como el espectador que apenas descubre que la película es de humor negro. Ataviados en nuestras armaduras y yelmos de lana salimos a explorar nuevos horizontes; prometimos no volver a pisar tierra firme sin regresar con la noticia de un pedazo de cobija reconquistado. Para evitar las corrientes del Barrio Antiguo navegamos con rumbo hacia el poniente, por la calle Isaac Garza, último puerto en donde quedaron registrados nuestros nombres. Encontramos a más viajeros en el camino, que nos recomiendan visitar El mexicano bar aunque, después de advertir nuestras coloridas bufandas y gorros, y la torpeza de nuestros pachonchos movimientos, titubean un poco. Yo, que soy la más sensible del grupo –o la más clavada, depende- pregunto si nuestra presencia (tan fresa) podría agredir al espíritu del lugar o a los parroquianos. Les da flojera contestarme, pero eso no me ofende, porque deciden acompañarnos. Cargan a Clòe y tomamos la calle Guerrero hacia el norte. Líbranos de los fresas como de las náuseas leo en voz alta y me detengo. Le digo a Diana que no la llego, pero en realidad prefiero no terminar de leer el último verso del Carta Blanca Nuestra que, junto a las calaveras y las llamas ardientes pintadas en el fondo del local, dan un siniestro toque místico al lugar. Hay más oraciones y odas a la carta, pero prefiero registrar por el rabillo del ojo el enorme mural que representa la evolución humana: del chango al hombre peludo, la cadena consta de tal vez seis o siete eslabones, todos, hasta el simio, presentan una panza cervecera y son chaparritos, como la mayor parte de la congregación. Soy elegida por un chico que se detiene a mi lado, me pregunta si formo parte del Colectivo Conciencia Activa, -por fortuna se perfectamente de lo que habla-, mi respuesta le interesa lo suficiente como para apadrinarme en esa, mi primera –y talvez última- noche en el anarco punk bar en donde Rotten me ofrece un trago de su caguama. Los mohawks arcoiris y de spikes se pasean por su lugar provocando que fabrique preguntas que, tengo claro, nunca debo formular. En el ambiente se cuela un tufillo a resistol que se mezcla con algunas rolas de Caifanes que no han dejado de sonar desde que llegamos. Los amigos encuentran conversaciones avivadas, los observo contentos, abrazando contra su pecho a sus gigantescas botellas –en El mexicano sólo hay caguamas-. En invierno, Ángel usa toallas femeninas como plantillas en sus zapatos pues, asegura, absorben la humedad y mantienen calientes sus pies. Se me ocurre que es un buen momento para recomendar los productos que ha comenzado a vender. Se descalza, inocente, y yo tomo una de sus botas, que efectivamente tiene adherido en el interior la toalla blanca con su banda azul ultra absorbente. Cuando he logrado captar la atención de los amigos, que no pueden creer que tanta hombría se sostenga sobre dos kotex decido realizar la prueba. Ángel grita desde su silla, que yo percibo muy lejos pero que en realidad está a poco más de un zarpazo, que no me atreva. Pero mi público espera, por eso derramo cerveza sobre la superficie de algodón para comprobar que, ¡Ohhhh! ¡la cheve ha desaparecido! Por primera vez Ángel se enoja conmigo, pero el público aplaude. Me hubiera entretenido en elaborar mejores disculpas pero un hombre en la barra roba mi atención. ¿Qué diablos está haciendo? Me acerco para confirmar que acaricia y besa a una perrita poodle que porta una sudadera afelpada rosa, con estampados de ositos. ¡Es Clòe! Busco con la mirada a Lili y a Julio, pero ellos están en otra cosa. Siento que debo prevenirlos y me pregunto si mi indignación es justificada o es producto del alcohol. El dilema se cancela cuando Julio, de la nada, me escoge para platicar un rato. Voy al grano: ¿con quién está Clòe?, ¿es de confianza?, ¿ya viste como la acaricia? Julio despega sus labios pero no dice nada. Escruta mi rostro con cierta desconfianza, esperando que me ría en los siguientes segundos, de lo contrario, lo asume, tendrá que responder como si me tomara enserio. No me río, al contrario, le digo: no está bien, Julio. Me da la razón y desaparece de mi vista. Pero yo, que he empezado mi labor, no me dejo desanimar. Así que voy con Lili, que muestra un poco más de empatía pero que igual me dice que va al baño y que ahorita vuelve. Descartadas las primeras instancias, no me queda otro remedio que enfrentarme al “cariñoso tío de Clòe”. Envalentonada con unos lentes humeados que le quito a Pulido con extraordinaria facilidad, abordo al presunto corruptor disfrazada de niña tonta: ¡Qué bonita perrita! ¿es tuya? Sí, me contesta el desgraciado. Ay, qué linda, ¿cómo se llama? El tipo musita un nombre inaudible –que por supuesto no es Clòe-, ¿cómo dijiste, Curriqué? Curricuarri, me contesta y para entonces creo que lo he descubierto. Curricuarri no es nombre para un perro, no lo puedes llamar: Curricuarri-curricuarri-ven-. No, le digo, no queda. Así que comienzo de nuevo, aunque en otro tono: ¿Cómo se llama tu perro? El tipo piensa, -estúpido-, que le estoy coqueteando. Por eso, en lugar de responder a mi pregunta me dice que tengo una mirada blablablá y que mis ojos… Lo detengo: no me has contestado, vaquero –no se porqué lo llamo vaquero, pero en ese momento me sonó muy adhoc-: ¿cómo(diablos)-se-llama-tu-perrita? Descontrolado ante mi insistencia me contesta hiriente: ¡Curricuarri! Entonces me enciendo de veras: ¡Mientes!, se llama Clòe y es camarada mía. El tipo me mira con cara de parabromitayaestuvo, pinche vieja, pero no me dejo intimidar, así que le digo, ¿por qué no la sueltas? Su mirada se transforma, como si rompiera su cascarón. Vencido me dice, mientras besa la peluda mollera de la perrita, está bien, pero prométeme que la vas a cuidar. A punto está de entregarme a Clòe cuando hago conciencia de que yo, en realidad, no quiero terminar la noche cargando un perro, por más simpático que sea. Aprovecha mi titubeo para pedirme que le tenga confianza. Con esto me desarma porque siento que me habla desde su fuero más interno, así que no me queda más remedio que otorgarle mi voto y despedirme de él y de Clòe. Lo siguiente lo tengo un poco revuelto. No se cómo todo cambia pero mis amigos comienzan a movilizarse de manera muy sospechosa. Se quieren ir ya, con urgencia. Vámonos, me dicen. Fuga, me toman del brazo. Aléalé. ¿Quién te mentó la madre? me enfrenta Rodolfo, consternado. ¿Qué qué? Lo siguiente es caminar por un trazo que marcan los de adelante y los de atrás, mientras el tío de Clóe me pinta permanentemente un dedo y grita ¡Son unas mierdas!, ¡lárguense!, ¡Son unas mierdas! Sus gritos me persiguen hasta la calle. No lo comento con nadie en esa caminata hacia el Chacmol, pero me siento muy triste y me dan ganas de llorar por haber causado la expulsión del grupo. Mi consuelo es ver a Clòe trotar victoriosa al frente del pequeño contingente.

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