La historia de Sara Schulz

26 Nov

Sara compartió el siguiente texto en su red social de Facebook.  Abrir esta habitación de sí misma a tanta gente es un acto generoso y lleno de valor. Su testimonio, alimentado de afecto, de inteligencia y de serenidad, debiera ser leído por las legisladoras y legisladores que toman decisiones sobre los cuerpos de las mujeres mexicanas sin haber escuchado jamás narraciones como la que hoy mi amiga pone sobre la mesa. Ha tensado una cuerda en donde ella mismo colgó su historia personal, como en tendedero de vecindad. Sara expone lo suyo a su comunidad para desmentir a quienes desdibujan el rostro de las mujeres. Su invitación es que a compartamos con ella el tendedero. Esta es Sara y este es su aporte:

Hablemos de nuestras historias

Mi historia

Si no hubiera abortado, hoy mi hijo o hija tendría once años; yo entonces tenía diecinueve.

Para mí ha habido pocos sentimientos en la vida que escapen a esa fluctuación constante a la que nos somete el paso del tiempo y que pueda calificar de certeros. Sentirme encinta fue precisamente uno de ellos. Era otoño. En el estacionamiento de la universidad me encontré a una amiga que obtuvo como respuesta a su “¿Cómo estás?” una palabra elemental —quizá la más elemental—: “Embarazada”.

Esos días tenía en el cuerpo la sensación de la satisfacción más absoluta, era como transportarme todo el día dentro del plácido sopor experimentado después de una comida abundante y deliciosa. Tener una temperatura corporal y un sabor especial de boca, como cuando entras a una habitación cálida después de caminar en la calle y soportar el viento frío, o cuando derrites en la boca una brizna de chocolate. Comer y dormir… “¿Por qué no podemos sólo comer y dormir durante todo el día?”

Me hice una prueba de farmacia… ¿rosa o azul? Salió en blanco, pero no era necesario intentarlo de nuevo, lo sabía. Estaba en la tercer semana cuando fui al ginecólogo y me hizo un ultrasonido. Vi en la pantalla la mancha diminuta que era en ese momento el embrión. Estremecimiento. Todavía hoy siento estirarse los bordes de mis ojos ante la emoción que me causó lo que veía, las ganas casi incontenibles de abrir la boca para dejar escapar el “oooooh” más espontáneo.

Qué difícil, qué duro y cuánta tristeza…

Fui al doctor con la seguridad de que no quería tener un hijo. Pensaba que no podría cuidarlo, que no quería criarlo sola, que no me gustaría que no tuviera papá o tuviera uno irresponsable como es el mío. Pensaba que afectaría negativamente la vida de todas las personas a mi alrededor. Desde entonces y a la fecha, criar a una persona me parece una tarea monumental, en ese entonces estaba convencida de que sería incapaz de ello.

Era viernes. Al salir de la consulta fui directo a casa de mi novio a darle la noticia. Lo encontré en la azotea donde tenía un jardín. Las hojas de los árboles estaban en el piso y él las juntaba con una escoba de vara, ras ras ras, en montones que formaban otro tipo de follaje: naturaleza muerta. Me preguntó qué quería hacer, le dije que quería abortar. Guardamos silencio, más ras ras ras. Había nubes aborregadas, hacía frío.

La cita para el aborto me la dieron para el lunes siguiente. Antes, el sábado debía tomar una pastilla que facilitaría el desprendimiento del embrión del sitio que había encontrado en mi útero. El domingo por la noche tomé un baño y en la regadera lloré desconsoladamente, quería tenerlo dentro de mí y guardarlo para siempre. Quería que todos los finitos y la realidad de la persona que era yo, no existieran; quería no sentir esa limitación, pero la sentía; quería ser capaz, pero no lo era.

Fui a la cita al Hospital Ángeles del Pedregal, acompañada de mi novio y una amiga. Pero a la consulta sólo entramos el doctor, él y yo. Salí sólo yo: yo sola.

No me arrepiento y no tengo sentimientos culposos, quizá porque no tengo una educación religiosa. Pero sí creo, y desde entonces lo hago, que embarazarme y abortar fue un atentado contra aquello que suele llamarse “lo sagrado” y eso me duele profundamente. Considero un acto de destrucción convocar a las fuerzas de la vida a un lugar, a un momento y un cuerpo determinados, y luego aniquilarlas. Aún así, en mi valoración de ese momento, mi convicción fue optar por cancelar la posibilidad de tener un hijo sin una pareja estable, sin recursos económicos, sin preparación profesional, sin un proyecto de vida.

Cuento todo esto porque recientemente algunos de nuestros legisladores han aprobado reformas de ley que castigan el aborto como un crimen y convierten a las mujeres que lo llevan a cabo en delincuentes, aún en los casos de violación y de riesgo para la madre. En estas circunstancias la frontera entre lo público y lo privado adquiere otros matices.

Estos legisladores tomaron sus decisiones sin siquiera justificar sus decisiones desde el punto de vista del bienestar social y las requerimientos de la población en torno a los servicios de salud, lo cual es su obligación. Ellos quizá creen que las leyes que promueven afectan a una masa anónima que es “la población femenina”; o que regulan la vida de “la mujer mexicana”, ese concepto vacío que tiene entre sus atributos el de la “concepción”. Pero eso no es así, las mujeres somos nosotras, las que vivimos en carne propia las consecuencias de dichas leyes, las que construimos nuestra vida y tomamos decisiones, las que a veces nos equivocamos, pero que como seres humanos y ciudadanas tenemos obligaciones y tenemos derechos.

Yo tuve la oportunidad de practicarme un aborto en un hospital privado en condiciones seguras, pero muchas mujeres no la tienen, y deberían tenerla, esa y no otra es la obligación del Estado; tanto como lo es brindar educación sexual y el apoyo psicológico, más en los casos de violación y en embarazos de alto riesgo.

Por eso invito a las mujeres y a los hombres a que le pongamos rostro a los genéricos vacíos que tal vez hacen olvidar a nuestros gobernantes que su obligación es con nosotras: las personas reales.

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