Adela, Ícara y Selma

10 Ago

para Eva Nájera

Aunque este es uno de esos temas en los que apenas veo todo lo que falta sensibilizarme y aprender, creo que en los últimos dos años he madurado mi relación con los animales no humanos. Desde que Ícara y Selma llegaron a casa, con el misterio de sus miradas, la cadencia felina de sus pasos y su ternura involuntaria, se abrió un nuevo espacio de reflexiones que al principio creí bizarras y que ahora me resultan naturales: un misterio nos hermana. El misterio inasible de estar vivas. 

Hace un mes y medio nos encontramos a Adela llorando abandonada en la caja de una camioneta. En lugar de ojos tenía dos costras negras y, dando tumbos por todo el espacio se había ya embarrado en su propio excremento. Adela era una gatita recién nacida, que buscaba desesperadamente a su mamá. Decidimos darle auxilio y velar por su sobrevivencia mientras le encontrábamos casa. Cuando pasé por sus costras un algodón remojado en te de manzanilla vi con horror cómo de las cavidades brotaba una pus verdosa, dos mocos infinitos chorreaban por el rostro de la gatita. Pensé que no tenía ojos, pero al final, después de limpiar y limpiar, aparecieron dos pequeñas lucecitas. Adela nos miró por primera vez. 

Desde entonces no hemos dejado de admirar su decisión de vivir. Cuando corre a toda velocidad de un lado a otro de la casa parece dejar una estela de vida tras de sí. Cuando sube a la Anacahuita y salta planeando hasta el suelo, cuando mendiga un poco de atención a sus hermanastras, cuando juega con una hoja, me está hablando de la Fuerza que lo mueve todo. Del Poder de Poderes. De ese Dios que maté y que estoy reconstruyendo.

Estas compañeras felinas me han acercado como jamás lo sospeché a gozar del misterio de la vitalidad.

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Una respuesta to “Adela, Ícara y Selma”

  1. Dra. Lewis septiembre 23, 2009 a 8:53 pm #

    Hola Ximena.
    Apenas estoy descubriendo tu blog. Me ha conmovido mucho esta historia de la gatita Adela. Será porque los gatos me encantan. Lástima que en mi casa no podemos tener uno, pues mi mamá se opone. Dice que son muy difíciles y caprichosos. En lo particular, admiro a la gente que se preocupa por los seres desvalidos. Y los gatitos callejeros son un claro ejemplo de la indiferencia de los humanos hacia las otras especies.
    Te felicito por tu empeño en ayudar a los demás. He visto tus participaciones en la lucha por la conservación del Cerro de la Silla y en la promoción del voto por el Papanatas. Sigue adelante, Ximena. Ojalá hubiera muchas personas que actuaran como tú.

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