El codo de la muñeca

3 Ago

Pasas por tus labios la servilleta y aclaras tu garganta. Las crispadas aguas de tu mirada amenazan con desbordarse en gritos e improperios. Todo tu rencor baja hasta tus dedos, que trenzas dolorosamente, sin que tu postura de bailarina sufra el menor cambio. Me otorgas por última vez el beneficio de una mala broma que, por supuesto, no perdonarás. Cuánto quisieras regresar dos horas atrás, cuando tu único problema era trazar un maquillaje perfecto y encontrar esa pulsera verde olivo, conseguir frente al espejo ese manoteo suave y seductor. Me culpas de tu descompostura con un desprecio mudo. Yo te acerco la cuenta y te lo digo de nuevo: muñeca, vas. Ahora te toca a ti.

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