La sabrosura

8 Mar

Atacarlos con un bate de metal y aventarles el auto encima, son tan sólo dos ejemplos de las brutales propuestas con que reaccionó la ciudadanía en foros virtuales ante los bloqueos que jóvenes y señoras, denominados “los tapados”, realizaran en las avenidas más transitadas de la ciudad. Nacos, escoria y basura, fueron los apelativos más solicitados para referirse al grupo que desafió con gritos, pancartas, cohetes y cigarros de marihuana, al titubeante y temeroso Goliat. Ah, qué sabrosa revancha ver a los sádicos policías que ayer los asaltaban y tableaban, arremolinarse temerosos ante sus desnutridas figuras.

 

Al final, todo el evento se reduce a una cadena bien engarzada de odios. Los jóvenes y las señoras que participaron en los bloqueos tienen fundadas razones para odiar al Ejército y a las autoridades policíacas, que se divierten por las noches aterrorizando sus barrios, irrumpiendo ilegalmente en viviendas y golpeando a los amodorrados sospechosos. Las señoras detestan a la autoridad porque la han visto liberar al criminal y desquitarse con el consumidor. Los conocen mejor que nadie, pero su pobreza las hace callar su indignación y, peor que eso, ponerse la playera del candidato que ofrezca más apoyo.

 

También creo que tienen razones para odiar al grupo social representado por los automovilistas, para quienes lo único verdaderamente importante es lo suyo. Para ellos las manifestaciones sociales contra el Ejército o en defensa de los derechos de los animales son igualmente ociosas. Ignoran felizmente desde la simplicidad de sus vidas, la cotidiana injusticia de la que alimentan su rabia los miserables y pobres de este Estado de Progreso. 

 

Muchos políticos se indignaron públicamente ante lo que llamaron acarreo del crimen organizado. El mismo gobernador Natividad González Parás erigiéndose como autoridad judicial, dictaminó que los tapados eran operados por el grupo de Los Zetas, (¿y qué si se trataba también de una desesperada forma de denunciar los abusos de los soldados?). Sin embargo, para estos mismos políticos, que también se comportan como criminales organizados, estos ciudadanos marginados son seres intercambiables e idénticos. Su valor se reduce al espacio que ocupan en el mitin o en la protesta orquestada contra el oponente político.  Se les valora como cabeza de ganado en marchas, en mítines y en eventos supuestamente muy festivos, pero donde sus rostros denotan una seria y acumulada tristeza.  Se evita a toda costa tocarlos, olerlos, escucharlos. Sólo se les saca de su tejaban cuando hay que llenar el evento. Si alguno se niega al saco de cemento, no importa: hay muchos más, por eso son desechables (Los desechables, columna del 2 de Junio en El Norte).

 

¿Juzgar a estos grupos por el daño que hacen a la democracia al vender su voto o al plantarse en la Av. Constitución? La miseria es antisocial. La miseria no genera lazos de solidaridad, multiplica la injusticia y atrae a los cazadores de mercenarios, acarreados y sicarios. La pobreza urbana empuja a muchos jóvenes al crimen organizado, que no exige certificados de estudio, y que, hoy por hoy, es la más rápida y efectiva alternativa para salir de la pobreza.

 

Los tapados, paradójicamente, han revelado las fuertes carencias de la sociedad regiomontana.

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